20
Me agaché junto al arroyo y sumergí los dedos en el agua fría. y Evren y Jorah estaban recogiendo nuestro campamento y apagando lo que quedaba de las brasas de la hoguera.
Me pasé las manos mojados por la cara e intenté aclarar mis pensamientos acelerados. El agua me goteaba por el cuello y me pasé los dedos por la piel sensible mientras los recuerdos de lo que Evren me había hecho la noche anterior me daban vueltas en la mente.
Hubo un movimiento repentino al otro lado del arroyo, y abrí los ojos de golpe para escudriñar entre los árboles con las marcas quemándome la piel. No vi nada, pero de alguna manera sabía que había algo allí.
—Evren —dije su nombre en voz baja mientras me ponía de pie, pero no aparté la vista de los árboles.
—-¿Sí? — me preguntó sonriendo por algo que Jorah le había dicho—. ¿Qué pasa, princesa?
Una daga voló por el aire antes de que pudiera responderle, y grité de dolor cuando me rasgó la piel del brazo izquierdo antes de clavarse en el árbol que tenía detrás.
—¡Princesa! —Evren gritó mi nombre, pero yo estaba demasiado ocupada mirando al frente. Un grupo de diez hombres apareció entre los árboles, todos con las armas en ristre.
—Princesa suena bien, ¿verdad? —El que había lanzado la daga ladeó la cabeza, y yo no supe si se estaba dirigiendo a mí o a otra persona. Di un paso atrás, me agaché y saqué la daga de la bota—. Una princesa luchadora, además. Mejor aún.
—¿Qué coño estás haciendo? —rugió Evren a mis espaldas; tiró de mí e hizo que me pusiera detrás de él para protegerme con su propio cuerpo.
—A la reina le gustaría conocerla.
—Eso no va a pasar, joder. —Evren negó con la cabeza y yo fijé la vista en el humo negro que se arremolinaba alrededor de sus dedos—. Hoy no.
—No respondo ante ti, príncipe. —El hombre miró por encima del hombro de Evren, hacia mí—. Me la llevaré, sea por voluntad propia o no.
Yo eché un vistazo tras de mí en busca de Jorah, pero no lo encontré por ninguna parte. No conocía a esos hombres, pero no vestían los colores de la guardia de Citlali: iban vestidos de forma similar a Evren. Oscuros, discretos, letales.
—¿Era eso lo que estaban haciendo tus hombres en el Bosque de Ónix? ¿Habían ido a llevarse a la Astraluz?
Entonces, eran de la Corte de la Sangre. La misma Corte que la de la madre de Evren.
—¿Mis hombres? —El hombre se echó a reír y pasó los dedos por la hoja que tenía en la mano—. Si esos fueran mis hombres, no estaríamos teniendo esta conversación ahora mismo.
—No dejaré que te la lleves, Calix. —Evren enderezó los hombros como si se preparara para un ataque, y yo di un pequeño paso atrás.
—No tienes elección. —Calix no levantó la espada; en vez de eso, el poder brotó de sus dedos. Un poder como el de Evren. Negro como la noche y teñido de fatalidad; se abalanzó sobre Evren antes de que pudiera pestañear, pero él lo contrarrestó con el suyo.
Sus poderes chocaron entre sí y un estruendo retumbó a nuestro alrededor.
Di un paso atrás, sobresaltada por el poder que fluía de los dos, y vi a Jorah moverse entre los árboles frente a nosotros. Levantó la espada y echó a correr hacia uno de los hombres que miraba el espectáculo. Jadeé cuando le cortó el cuello como si nada.
Eso captó la atención de Calix, que se distrajo momentáneamente, y el poder de Evren se abalanzó sobre él.
—Jorah —lo reprendió Calix, aunque su voz sonaba ahora entrecortada—. Ya veo dónde radica tu lealtad.
Jorah se rio entre dientes, con un sonido enloquecido y cruel.
—Mi lealtad siempre ha estado con el príncipe, Calix. Que lo pongas en duda solo es una prueba de tu propia falta de criterio.
Calix seguía mirando a Jorah cuando su poder volvió a dispararse, aunque esa vez Evren no estaba preparado. La magia lo golpeó salvajemente, como si su objetivo fuera matarlo, y Evren gimió de dolor.
—Atrapad a Jorah —ordenó Calix a los demás guardias, que se abalanzaron sobre él tan rápido que no tuvo ninguna oportunidad. Levantó la espada ante sí, pero se encontraba en clara inferioridad numérica.
—¡Jorah! —La voz de Evren retumbó por el bosque, y Calix aprovechó la oportunidad para lanzar otra ráfaga en su dirección.
Evren la detuvo con el suyo, y mis marcas ardieron como fuego contra mi piel.
—Sabes que ella va a irse con nosotros, Evren. Solo estás retrasando lo inevitable.
—Te mataré antes de permitir que te la lleves. —Evren mostró los dientes y el miedo recorrió mis venas.
—Te has vuelto blando, príncipe. —Calix dirigió su poder hacia mí y Evren se puso delante para interceptarlo. El pánico se apoderó de sus ojos cuando la ráfaga de magia le golpeó en la espalda y lo dejó sin aliento.
—¡Evren! —Corrí hacia él al ver que la sangre le goteaba de los labios, pero Calix fue más rápido.
Pude ver la derrota en los ojos de Evren mientras intentaba ponerse de rodillas. Mis marcas ardían en mi piel, más que nunca, y sentí que una parte de mí se quebraba en mil pedazos.
—Este es tu compañero —rio Calix; agarró a Evren por la nuca y lo obligó a mirarme—. El príncipe bastardo atrapado entre dos reinos.
Él seguía hablando, pero lo único en lo que podía concentrarme era en la palabra «compañero», que retumbaba en mi mente, cabalgando mis venas; cuando miré los ojos cansados de Evren supe que era cierto.
Este hombre que estaba de rodillas ante mí, el que luchaba por mi vida con la suya, era mi compañero. Unas llamas se formaron en mis entrañas y sentí como si mis marcas estuvieran carbonizando mi piel.
—Déjalo ir —le exigí con un gruñido.
Calix se rio de nuevo y apretó con más fuerza el cuello de Evren.
—Lo llevaremos ante mi reina, igual que a ti, princesa. — Escupió el título como si fuera un insulto.
No conocía a su reina ni sabía qué quería de ninguno de las dos, pero tenía claro que no iba a permitir que se lo llevaran.
Busqué en mi interior y me aferré a ese fuego que ardía con furia en mis entrañas.
—Te he dicho que lo sueltes.
Evren negó con la cabeza, aunque apenas podía moverse por culpa de la presa de Calix sobre su cuello, pero yo ya no estaba dispuesta a acatar órdenes de nadie.
El poder se despertó dentro de mí, la ira y la rabia crecieron y crecieron hasta que pude sentirlas en la punta de mis dedos.
—Tienes suerte de que no vaya a matar a este cabrón — se burló Calix, y la magia brotó de mi interior.
No sabía de dónde salía, y no tenía control sobre ella, pero golpeó a Calix de forma inesperada.
El aire se le escapó del pecho y aflojó la mano que tenía sobre la cabeza de Evren.
Yo liberé el poder una vez más; cuando golpeó a Calix estaba más preparado, pero aun así lo tiró de espaldas.
Sus hombres se movieron a su alrededor, pero ni uno solo se acercó a mí.
—No vuelvas a tocarlo. —Me acerqué a Evren y vi el miedo en los ojos de Calix.
—La reina quiere que vuelva a la Corte de la Sangre.
—Me importa un comino tu reina —le gruñí, y otra oleada de brujería brotó de mí. Algunos de sus hombres cayeron al suelo, pero yo mantuve mi atención en él.
—Debería importarte. —Levanté la vista de golpe al oír la voz de una mujer y me interpuse entre ella y Evren.
Ella rodeó el árbol tras el que se ocultaba y sus largas uñas rozaron perezosamente la corteza.
Era hermosa, con unos ojos que me recordaban al mar y a mi padre.
Llevaba unas botas negras hasta las rodillas, por fuera de los pantalones.
No parecía una reina, pero sabía en lo más profundo de mi ser que sí lo era.
Evren gimió al intentar alcanzarme y le tembló la mano al rodearme la espinilla.
—La reina Veda, supongo…
—En persona. —Ladeó la cabeza al ver cómo Evren se acercaba a mí—. Y yo que pensaba que te importaba un comino.
—Y no me importas. —Mis dedos vibraban con mi poder y apreté los dientes para intentar controlarlo.
—Sin embargo, proteges a mi hijo como si te importara muchísimo.
Sus palabras me ahogaron y me robaron el aliento; la mano de Evren se ciñó contra mí; mis marcas me suplicaban que dejara que la magia fluyera a través de mí.
—¿Qué? —Fue la única palabra que pude articular mientras intentaba entender lo que estaba diciendo.
—Puede que sea el hijo bastardo del rey Riven, pero es el primogénito de la Corte de la Sangre.
Es nuestro futuro y nuestro destino. —Me zafé de la mano de Evren y trastabillé—.
Es un excelente espía y un traidor a la corona de las hadas.
Al parecer, también se ha convertido en un excelente traidor para su compañera.
—Adara —susurró mi nombre; me volví para mirar al hombre al que creía amar y la realidad me cayó encima.
—Me mentiste.
—No lo hice. —Sacudió la cabeza frenéticamente mientras intentaba ponerse de rodillas—. Te dije que había nacido de la magia y de la sangre. Te dije que mi madre era una vampira.
—¡Pero no me dijiste que era la reina! —grité, y mi magia se desató en mi interior.
Todas las miradas se posaron en mí mientras un tenue resplandor brotaba de mis marcas estelares.
—No podía decirte la verdad, princesa. No sabía a quién le debías lealtad.
Las lágrimas inundaron mis ojos y un sollozo se escapó de mi garganta.
—¿Es eso lo que te repetías a ti mismo cuando estabas entre mis muslos? ¿Qué estabas buscando dónde estaba mi lealtad?
Evren se levantó con las piernas temblorosas, pero cuando dio un paso hacia mí, yo di otro hacia atrás.
—Adara, por favor.
—No. —Extendí la mano y los sortilegios gotearon de mis dedos en un humo oscuro que encajaba a la perfección con el suyo—. No te atrevas a tocarme.
La reina Veda se echó a reír; ese sonido me hizo estremecer, y rechiné los dientes con tanta fuerza que temí que se me rompieran.
—Me parece que vosotros dos tenéis un par de cosas que resolver… Pero aun así la Astraluz será una reina maravillosa.
Me sobresalté ante sus palabras y me volví de nuevo hacia Evren. En su rostro había una expresión suplicante y nos quedamos quietos, midiéndonos con la mirada mientras los demás nos observaban.
—Princesa —susurró, y eso casi me rompió el corazón.
—Nunca me casaré contigo, Evren —dije con brusquedad, y esas palabras se deslizaron entre nosotros con la fuerza de una promesa.
Él dio un pequeño paso hacia delante y, de alguna manera, eso pareció succionar todo el aire de mis pulmones. Su mirada ya no era suplicante, ya no me rogaba que lo entendiera. Al contrario: sus ojos se oscurecieron y su mueca me abrumó.
—Claro que lo harás.
—Tendrás que atarme. Tendrás que obligarme, igual que hizo tu hermano.
El poder de Evren manó de él y un humo negro me envolvió como la caricia de un amante. No estaba preparada ni tenía la destreza suficiente para defenderme con mis propios embrujos, pero aun así brillé, más intensa y reluciente con cada centímetro que él tocaba.
Entonces se acercó a mí y, cuando ya no tenía ninguna posibilidad de escapar, se cernió sobre mí y su poder vibró contra mi piel.
—Eso se puede arreglar, princesa.
Su magia me recorrió la muñeca y cerré los ojos con fuerza para obligarme a ignorar el placer que sentía bajo su tacto.
No. Evren no era el hombre que creía conocer. Era tan enemigo mío como me había convencido de que lo era su hermano, y lamenté lo estúpida que había sido.
—¡Calix, levántate! —le gritó la reina Veda a su guardia, y este se puso en pie con un gemido mientras se pasaba la mano por el pecho. Justo donde mi ataque lo había golpeado—. Debemos irnos antes de que la reina Kaida descubra la traición de Evren.
—Gavril se alimentó de ella —le dijo Evren a su madre, y mi espalda se tensó ante sus palabras—. Antes de ordenarle que se marchara, se alimentó.
—¿Y qué hay de sus poderes?
—No lo sé. —Evren negó con la cabeza, y su magia tembló a mi alrededor, inmovilizándome los brazos a los costados.
—¿Y tú? —La reina lo señaló con la cabeza—. ¿Te has alimentado de tu compañera?
Evren dudó durante un largo momento; me horrorizaba la facilidad con la que hablaban de algo que había sido tan íntimo entre nosotros.
—Sí.
—¿Y?
—Es poderosa. —Evren se volvió hacia mí y, por primera vez desde que lo encontré en Sinluz, parecía que no veía nada más que mi marca—. Pude sentir su poder en el momento en que probé su sangre en mi lengua.
—Traed a la Astraluz. —La reina les hizo una señal a sus guardias y dos de ellos se dirigieron hacia mí. Luché contra el hechizo de Evren, que ni siquiera pareció darse cuenta— . Debemos mantenerla a salvo hasta que crucemos la frontera.
Los guardias se acercaron; el corazón me latió con fuerza en mi pecho al volverme hacia Jorah para descubrir que me observaba con tanta atención como cualquier otro guardia de la reina de la Corte de la Sangre. Era uno de ellos tanto como lo era Evren.
—No la toquéis, joder —gruñó Evren, y sentí la fuerza de su magia—. La Astraluz me pertenece.
Pero el príncipe que pertenecía a los dos reinos se equivocaba: yo no le pertenecía a nadie.