¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 1
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¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2)

¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2)

Por Eleanor Rigby

© inepub.com

Capítulo 1

Cesc

Estamos a un par de añitos de scrolling compulsivo de que los seguidores del lamarckismo propongan que para el siglo que viene el ser humano habrá heredado este nuevo rasgo genético: un pulgar con la habilidad de deslizar tiktoks hacia arriba a una velocidad supersónica.

¿Sería este un atributo necesario para evitar la extinción, como lo fue para los primeros primates disponer de un pulgar oponible para manipular objetos?

No lo creo.

Pero sí podría ser obligatorio para participar en la sociedad contemporánea.

Que conste que no he dedicado los últimos cinco años a sacarme la carrera de Antropología, Historia o la que sea en la que se estudien las distintas teorías evolutivas.

Digamos que todavía conservo adheridas a las áreas encendidas del cerebro las lecciones que se me impartieron en Conocimiento del Medio.

Pero a nadie le sorprendería que le dijera que aprendí las diferencias entre lamarckismo y darwinismo gracias a un divulgador de TikTok que utilizaba cancioncitas de moda, sonidos infantiles y cortes efectistas para mantener mi atención en su vídeo de cuarenta segundos.

Añadiendo uno más me habría exasperado y lo habría pasado.

Aunque esté culturalmente aceptada la grosería de sacar el móvil del bolsillo en un acto reflejo en cuanto el aburrimiento te muerde la oreja y es innegable que esta descortesía se te perdona, sobre todo, en ambientes donde se te conoce como el hijo de Jaume Montseny, acostumbro a tomarme muy en serio mi trabajo, así que no he roto mi compromiso de celibato digital en pleno horario laboral por placer, sino por obligación.

En breves empezaré a recibir a los influencers de moda que la empresa hotelera Siroco Collective ha contratado para que estrenen y promocionen el nuevo resort de bungalós que se erige en la costa de Es Cubells, y como se me ha encomendado a mí la carismática tarea de entretenerlos a lo largo de la semana, se me ha ocurrido que sería una idea de pelotas aprenderme, como mínimo, sus nombres y sus caras.

Ese era mi objetivo al meterme en TikTok. Estudiar. Por desgracia, he sido enseguida absorbido por una vorágine de audios virales, labios pinchados de ácido hialurónico y gente de ambos sexos teniendo orgasmos con los postres prefabricados de un famoso supermercado de Hawái.

Ha sido un viaje de ida, pero no de vuelta.

¿Qué le pasa a la gente con Hawái, a todo esto?

Ibiza es más bonita.

—¡Oye, Mar!

Tengo que alzar la voz para que mi secretaria se entere de que la requiero en el despacho.

Solo una lámina de cristal separa mi oficina de su modesto pero cálido escritorio, que, a diferencia del mío —inserte el clásico leitmotiv del cine del oeste y bolas de heno rodando sobre la mesa—, está a un portarretratos familiar de hundirse en vertical como el Titanic.

Pero entre que dicha lámina es lo bastante gruesa para amortiguar el sonido y que a Margalida le encanta fingirse sorda cuando anda demasiado ocupada para «atender mis tonterías», esto en sus palabras textuales, vociferarnos los unos a los otros es un mal inevitable al que me consta que ella, a falta de desahogarse con un profesional mediante la moderna terapia de diálogo, ha terminado cogiendo el gusto.

Se levanta con esa solicitud teatral que solo yo entiendo como una mofa, se arregla las arrugas que se le hayan podido formar en la falda de tubo azul marino y hace entonar a sus zapatos de tacón grueso en su camino a mis regios aposentos.

Ahí se detiene con una pose informal: hombro contra el marco inexistente —de nuevo, cristal grueso, sin nada que lo revista—, mano en la cintura, barbilla erguida.

—¿Sí?

Mar ni siquiera se esfuerza por disimular lo que opina de que haya dedicado una hora y media a ver tiktoks. Me sonríe desde la entrada con una especie de compasión burlona, el único tipo de compasión que es capaz de dirigirnos a sus superiores y compañeros durante el horario laboral.

También en sus palabras, «no le pagan lo suficiente para forzar un sentimiento real».

—¿A ti te interesa cómo es... —echo hacia atrás la barrita de la duración del último vídeo. Leo el texto que el editor o editora ha destacado en unas letras minimalistas muy en línea con el contenido lifestyle — un día en la vida de una instructora de yoga de veintiocho años?

—Por lo que sea, Francesc, hace mucho tiempo desde que no miro en la dirección de las mujeres de veintiocho años.

Pues mira, ya denota una madurez mental de la que mi padre carece.

—¿Y sientes curiosidad por... —deslizo hacia abajo y espero a que la siguiente pieza de cinematografía sin rival me revele el sentido de su difusión en redes— los mejores sándwiches del 7/11 de Japón?

—¿Japón? —repite, y exagera su pasmo parpadeando dos veces—. Llevo sin irme de vacaciones desde antes del covid. Y antes de eso, Lola y yo nos quedábamos las dos semanas en Ibiza.

—¿Cuál es tu opinión sobre las mujeres de alto valor?

—A ver si adivino. El tema lo ha sacado a colación un tipejo musculado que aparenta haber sido invitado a un podcast cuando está hablando solo en su habitación.

—Bingo.

—A mí me gustan más las mujeres de bajo valor —reconoce con un encogimiento de hombros, y recalca el toque de humor picante con un guiño—. Las mujeres sin ningún valor, de hecho.

Levanto el teléfono móvil hacia ella y subo el volumen para que escuche lo que recita la siguiente influencer : «¡Vístete conmigo para la cena de mi vigésimo cumpleaños!».

—Tiene más de ciento cincuenta mil «me gusta». ¿Qué te parece?

—A lo mejor a mí también me gusta. Dependerá de lo que se haya puesto para ir a cenar. El vídeo va de eso, ¿no?

—Creo que también hace una reflexión espiritual sobre haber cumplido una edad tan avanzada. ¿Quieres que lo deje hasta el final?

—Por favor. A no ser que pretendas hacerme alguna otra pregunta.

Paso al siguiente fragmento audiovisual por simple curiosidad y los dos nos sobresaltamos cuando un hombre exclama a voz en grito: « ME TIRO DOS HORAS Y MEDIA EN LA MÁQUINA ESCALADORA DEL GIMNASIO Y ESTE ES EL RESULTADO ».

Mar y yo intercambiamos una mirada rápida, los dos sin atrevernos a mover una pestaña.

Es ella quien rompe el silencio.

—¿Y bien? ¿Cuál es el resultado? ¿Morirse del asco o de un infarto?

Sin poder aguantarlo más, suelto una carcajada a la que ella se une enseguida sacudiendo la cabeza.

No puedo evitar dedicarle un vistazo apreciativo.

—Sabes que te adoro, ¿verdad? Y sabes también que si no estuvieras por aquí me habría comido la mierda hace muchísimo tiempo.

—Qué curioso. Desde que tú estás aquí, la mierda no ha hecho otra cosa que comerme a mí. Eres una pésima influencia.

—Menos mal que soy tu jefe y voy a mantenerte en plantilla aunque te dediques a jugar a Los Sims en el ordenador y a fumar canutos en la azotea... ¡para luego tirarlos a la piscina! —añado con los ojos muy abiertos.

El jardinero del hotel, Omar, no soporta que los fumadores arrojen las colillas desde las alturas sin saber dónde van a aterrizar.

Es una queja muy legítima, sobre todo porque a menudo caen en las copas de sus queridos olivos e higueras, pero siempre es divertido ver a un hombre de mediana edad, alto y robusto como un toro de lidia, refunfuñando porque «le estamos maltratando las buganvillas».

Alguna que otra vez lo he cazado hablándoles en voz baja en su lengua materna.

No entiendo árabe, pero el lenguaje del amor es universal.

—Lo tendré en consideración. Por desgracia, entre que me aficiono a los juegos de ordenador y a la maría, para lo que te adelanto que queda un rato, procuraré dar un palo al agua.

¿Necesitas que te recuerde tu agenda de compromisos, o puedo volver a mi puesto a revisar por decimoctava vez la lista de invitados de la fiesta de esta noche?

En el último vídeo que alcanzo a ver antes de bloquear la pantalla del teléfono, una chica te recomienda novelas en función de lo queer que seas —«Si eres lesbiana, ¡tienes que leer sí o sí Nada de Carmen Laforet!

¡Y si eres gay no puedes perderte a Ocean Vuong!

»—, porque, como dice mi hermana con su inmensa sabiduría post-adolescente, la mejor sabiduría que hay por su fuerte poso revolucionario, «no quiera Dios que la gente se saque la cabeza del culo y lea sobre personajes con los que no se identifica para aprender algo nuevo, ¡aunque sea a empatizar! ».

Desde que tiene un novio macarra se ha vuelto una malhablada y no siente compasión por nadie.

El chaval me cae genial a pesar de ser inglés y del Real Madrid, por cierto.

Pero, oye, al menos esta pequeña hada virtual encerradita en mi iPhone desempeña una labor cultural recomendando libros, ¿no?

Claro que, volviendo a citar a mi hermana, que — cómo no — está cursando un año de Literatura en la Universidad de Oxford, «¿es realmente una labor cultural recomendar los cuatro libros que estarán los próximos cinco minutos en el circuito de librerías gracias a la editorial más comercial del mercado? ».

Cómo son las mujeres, ¿no? Nunca se puede ganar con ellas. Todo les parece fatal.

Labor cultural o no, a esta influencer en concreto yo le perdono que perpetúe el consumo masivo porque es muy mona.

O a lo mejor solo me parece atractiva porque el afilado eyeliner le llega casi a la sien y se ha teñido el pelo como la cola de un mapache, alternando líneas horizontales rubias con líneas horizontales de un tono castaño oscuro.

Hubo un tiempo en el que me llamaban la atención las chicas con gusto por experimentar con su piel y su melena.

Ya no me llaman la atención porque no me las cruzo en ninguna parte, y por razones de supervivencia uno se tiene que pirrar por lo que le quede a la mano o de lo contrario se morirá de hambre.

Puedo adelantar que no acostumbran a acudir señoritas con esas fachas ni a mi departamento de la empresa ni a ninguno de los hoteles que visito por compromiso.

¿Y qué? No es como si me hubiera podido dejar ver en público con alguna de ellas.

—¿No quieres oír mi conclusión antes de volver al trabajo?