27. EL CONSEJO #3
Cuando la subió, ella robó el aire por la nariz en dos golpes cortos, con los ojos llenos y las lágrimas cayéndole limpias por las mejillas sin nada de llanto por debajo, y lo primero que hizo con el aire recién recuperado no fue quejarse ni pedir tregua.
—Otra vez, señor.
—¿Otra vez qué?
—Otra vez hasta el fondo. Por favor.
Y ahí estaba, entera, la diferencia entre una mujer que aguanta y una mujer en posesión: la primera cuenta los segundos que faltan para que termine; la segunda pide el siguiente antes de haber recuperado el aire del anterior.
Se lo dio. Y se lo dio otra vez, y otra, alternando el fondo sostenido con series rápidas y superficiales que la obligaban a un ritmo que no era suyo, tomándola a veces por el amarre del cuello como se toma una rienda para marcarle él la profundidad, y ella no se cerró ni una sola vez, ni protestó, ni buscó con las manos atadas nada a lo que agarrarse, sostenida entera por la cuerda que él le había puesto y por una obediencia que a esas alturas ya no se distinguía de su carácter.
—Por favor, señor.
—Todavía no.
—Por favor.
—Cuando esté completo. No antes.
La tuvo así mucho rato, alternando el fondo sostenido con las bajadas que él marcaba, llevándose a sí mismo al borde y retirándose de él con el mismo control frío con que esa misma tarde había medido cuánto le daba a Moreau y cuánto le quitaba, porque para Esteban Armand las dos cosas eran el mismo músculo: gobernar arriba, vestido, y gobernar abajo, con las dos manos en una cabeza atada, eran la misma disciplina mirada desde dos alturas.
Y ella lo aguantó todo, atada, marcada, con la garganta trabajada hasta el fondo y sin soltar la bola una sola vez, rogando entre bajada y bajada por lo que él no le daba todavía.
Hasta que estuvo completo. Hasta que él supo que ella lo había hecho todo, entero y perfecto, y que ya se lo había ganado.
—Ahora sí —dijo, con la voz apenas tensa—. Pídemelo otra vez. Y ábrete.
—Por favor, señor —dijo Rosaria, la cara empapada, los ojos limpios, la boca abierta y esperando—. En mi boca. Por favor.
—Porque te lo has ganado —dijo él—. No porque lo pidieras. Porque hiciste la sesión entera y la hiciste bien. Eso es un premio, y un premio se da por lo que se hace, no por lo que se ruega. Apréndetelo una vez más.
La bajó una última vez, hasta el fondo, con las dos manos cerradas en el pelo, y no la sacó, y se corrió en su boca, hondo, sujetándole la cabeza contra sí mientras terminaba, y ella se quedó, sin cerrarse, sin apartarse, sin soltar la bola, recibiéndolo como se recibe una cosa que se pidió muchas veces y por fin se concede.
—No lo tragues todavía —dijo él, subiéndole la cara por el mentón para tenerla de frente—. Enséñamelo. Que vea lo que pediste.
Rosaria, de rodillas, atada, marcada, abrió la boca y le enseñó lo que él le había dado, que era exactamente lo que había rogado toda la noche, y él la miró un momento largo con una satisfacción fría y entera, la del hombre que ve una cosa suya funcionando a la perfección.
—Ahora —dijo.
Y ella tragó, despacio, sin apartar los ojos de los de él, y después bajó la mirada dos tercios en la reverencia sin rodillas, por entrega, y dijo lo que se decía al final, con la voz rota y agradecida:
—Gracias, señor.
La desató él mismo, sin prisa, deshaciendo la cuerda en el orden inverso al que la había puesto: primero el cuello, después el pecho, después las muñecas, pasándole los dedos por cada surco que el cáñamo le había dejado en la piel para comprobar que no había apretado de más, que la marca fuera memoria y no daño.
Le abrió el puño y sacó la bola de metal, entera, sostenida toda la noche.
—No la soltaste.
—No hacía falta, señor.
Le puso su propia chaqueta sobre los hombros desnudos, sobre las marcas de la cuerda y el calor que todavía le subía de las nalgas, y no dijo nada más, porque lo que se hacía después de la Cúpula no se contaba y no se explicaba, y era, de toda la torre, lo único que no figuraba en ninguna parte.
Subió las escaleras que no llevaban a ninguna parte con la calma del hombre que ha gobernado bien en las dos alturas de su casa el mismo día: arriba, sentando a un francés peligroso en una silla que iba a vigilar de por vida; abajo, usando despacio y entero lo único que poseía sin reservas.
Tenía cuarenta y ocho años. Tenía una torre, un Consejo de cuatro, un método vuelto sistema, y una sola mujer en la Cúpula, que era como él había decidido tenerlo, porque un hombre que se basta con una es un hombre al que no se le puede quitar mucho.
No sabía —no tenía por qué saberlo todavía— que la casa que había terminado de construir aquellos años, entera, cerrada, madura, perfecta, estaba lista para una sola cosa más.
Le faltaba una pieza que no sabía que le faltaba, y la pieza venía en camino desde muy lejos, por una línea larga de trenes, y su llegada le iba a costar, con el tiempo, lo único que él creía que ya no se podía permitir el lujo de arriesgar.
Pero aquella noche durmió bien. Los hombres que han gobernado bien en los dos sitios el mismo día duermen bien.