27. EL CONSEJO #2
La levantó y le juntó las muñecas a la espalda, una contra la otra, y empezó a atar.
No de cualquier manera. Le dio dos vueltas a las muñecas, firmes y parejas, sin apretar la carne, y pasó la cuerda por el hueco para que el nudo no cerrara sobre la piel sino sobre sí mismo —el detalle que separa a un hombre que sabe atar de uno que solo aprieta—.
Después subió la cuerda por la espalda, se la cruzó por los hombros, y bajó las dos vueltas por delante, por encima y por debajo de los pechos, ciñéndolos sin cubrirlos, de manera que las dos vueltas de cuerda los enmarcaban y los levantaban y los ofrecían, más llenos y más oscuros los pezones por la presión justa que la cuerda ejercía alrededor sin tocarlos.
Le pasó una última vuelta por detrás del cuello, floja, y la ancló al amarre de las muñecas, de modo que si ella dejaba caer los hombros la cuerda del cuello tiraba, y para no ahogarse tenía que mantener el pecho alto y la espalda recta: la postura del altar, ya no sostenida por su voluntad sino por el nudo. La disciplina hecha cáñamo.
Le puso la bola de metal fría en la mano derecha, atada a la espalda, y le cerró los dedos alrededor.
—Lo de siempre —dijo—. La sueltas y salgo antes de que rebote. Es lo único tuyo que sigue funcionando esta noche.
Rosaria, atada, enmarcada, con los pechos ofrecidos por la cuerda y la espalda obligada a la línea perfecta, respiró hondo por la nariz y no dijo nada, porque el cuerpo ya estaba diciendo “estoy disponible” de una manera que la boca no habría sabido mejorar.
Esteban se apartó un paso y la miró un rato largo, despacio, porque mirar lo que es de uno y está bien atado es la mitad del placer y él nunca había tenido prisa por la otra mitad.
La rodeó una vez, despacio, comprobando el trabajo desde los cuatro lados como se comprueba una pieza montada. Le metió dos dedos por debajo de cada vuelta y tiró apenas, uno por uno, verificando el hueco: el de las muñecas, el del pecho, el del cuello. Todos daban lo justo. Ninguno mordía.
—Respira hondo —dijo.
Ella tomó aire entero, y el pecho subió, y la cuerda lo consintió y lo devolvió a su sitio al soltarlo, que era exactamente lo que él quería comprobar: que el amarre acompañara y no encerrara, porque un nudo que no deja respirar no obliga a nada, solo asusta, y el miedo era la única herramienta que Esteban Armand despreciaba por ineficaz.
Después le puso una mano abierta en el esternón, entre las dos vueltas, y la dejó ahí, quieta, sin apretar, sintiéndole el corazón por debajo del hueso.
Lo tenía rápido. Muy rápido, para una mujer que llevaba diecisiete años haciendo aquello y que por fuera no había movido un músculo.
—Estás acelerada —dijo.
—Sí, señor.
—¿Por qué?
—Porque me ató usted mirándome —dijo Rosaria, con la voz perfectamente serena y el corazón golpeando bajo la palma de él—. Y porque no me preguntó nada al bajar. Cuando no me pregunta nada es que va a tomarse su tiempo.
Esteban no contestó a eso. Le bajó la mano por el vientre, despacio, con el dorso de los dedos, hasta el arranque del pubis, y ahí se detuvo, sin llegar, y la dejó quieta el tiempo suficiente para que ella entendiera lo que estaba pasando: que la iba a tener toda la noche a un centímetro de todo.
Le vio la garganta moverse una vez, tragando.
—Eso también me lo has pedido tú —dijo él, retirando la mano—. Con el cuerpo, al bajar. Yo solo lo cumplo.
Después le enseñó la correa.
Era una tira de cuero ancha, plana, gastada de años, ni rígida ni blanda, de las que dan un golpe que suena mucho y daña poco si la maneja alguien que sabe dónde y cómo, y Esteban sabía exactamente dónde y cómo.
—Doce —dijo, poniéndose detrás de ella—.
No como corrección, que ya no tienes nada que corregir.
Como parte de lo que te voy a dar. Cada uno te acerca a lo del final.
Los cuentas, y me das las gracias, no porque te castigue, sino porque cada uno es una cosa que te estoy dando y que tú me pediste con el cuerpo al bajar aquí.
Si sueltas la bola, se acaba la noche y te quedas sin el premio. ¿Lista?
—Sí, señor.
El primero cayó plano sobre la parte baja y llena, la carnosa, donde el cuero no encuentra nada que dañar, y sonó seco y enorme en aquel cuarto construido para que ni un sonido entrara ni saliera.
La carne tembló entera y volvió a su sitio, y una franja rosada subió despacio bajo la piel oscura, y Rosaria tomó el aire por la nariz y mantuvo la línea que la cuerda le exigía.
—Uno —dijo—. Gracias, señor.
El segundo, en el otro lado, gemelo, un punto más fuerte.
—Dos. Gracias, señor.
Los fue dando despacio, sin prisa ninguna, dejando entre uno y otro el tiempo justo para que el calor del anterior floreciera del todo antes de sumar el siguiente, alternando los lados con la simetría de un hombre que hacía las cosas bien por el gusto de hacerlas bien.
La franja rosada se volvió roja, y la roja se volvió caliente, y a la mitad Rosaria ya tenía la voz rota por debajo, pero no perdió la cuenta, y no soltó la bola, y con cada número el cuerpo entero se le apretaba contra la cuerda buscando una firmeza que solo la cuerda le daba, de modo que cuanto más la golpeaba más la sostenía el amarre, y el dolor y el sostén le venían de las dos direcciones a la vez.
—Doce —dijo al final, con un hilo de voz, las nalgas ardiendo rojas y la respiración entrando entera por la boca abierta—. Gracias, señor.
Esteban dejó la correa sobre la silla y le puso la mano abierta y quieta sobre la carne caliente, sin golpear, solo apoyada, un momento largo, sintiendo el calor que él mismo había levantado subirle por la palma.
Después le pasó la mano por delante, entre los muslos, sin aviso.
La encontró empapada. No húmeda: empapada, hasta la cara interna de los muslos, de una manera que no admitía ninguna interpretación ni ninguna cortesía, y él se tomó su tiempo para comprobarlo entero, con dos dedos, despacio, entrando lo justo y saliendo, midiéndola como medía todo, sin darle ni una vez el ángulo ni la presión que ella necesitaba.
Rosaria dejó escapar el primer sonido de la noche, uno solo, por la nariz.
—Dilo —ordenó él.
—Estoy empapada, señor.
—¿Desde cuándo?
—Desde el interfono.
Esteban se detuvo un segundo, porque aquello era verdad y porque nunca dejó de resultarle notable: que una palabra suya por un aparato, a cuatro plantas de distancia, le pusiera el cuerpo así a una mujer de cuarenta años que había visto de todo y que ya no se impresionaba con nada.
—Los doce te los di en la carne —dijo, sacando los dedos y limpiándoselos sin ninguna ceremonia en la cara interna del muslo de ella, que fue el gesto más despectivo y más íntimo de la noche—. Esto no te lo voy a dar. Ni ahora ni al final. Esta noche no te corres, Rosaria.
Ella cerró los ojos un instante. Un instante nada más.
—Sí, señor.
—¿Te parece injusto?
—No, señor.
—Contesta bien.
—Me parece suyo —dijo ella, y abrió los ojos, y lo miró desde el suelo por encima del hombro con las nalgas ardiendo y el cuerpo pidiendo a gritos una cosa que no iba a llegar—. Y lo suyo no tiene que parecerme nada.
Esteban Armand, que llevaba diecisiete años puliendo aquella respuesta sin haberla pedido nunca con esas palabras, se quedó mirándola un momento más largo de la cuenta.
—Bien —dijo—. Muy bien. Ahora pídeme lo que quieres, para que quede dicho, aunque todavía no te lo dé.
Rosaria, de rodillas, atada, marcada, con la cara vuelta hacia él por encima del hombro, lo dijo:
—Por favor, señor. Al final… quiero que se venga en mi boca. Se lo estoy pidiendo. Por favor.
—Lo sé —dijo él, sin dárselo—. Y te lo vas a ganar entero primero. Baja.
Bajó, y bajó como sabía bajar, que era lo único en el mundo en lo que nadie la superó nunca.
Sin manos, atada, sostenida solo por las rodillas y por la cuerda que la obligaba a la línea, tomó el aire entero por la nariz, soltó la mandíbula, se abrió de arriba abajo y se lo tomó hasta el fondo de una sola vez, la nariz contra el vientre de él, la garganta abierta en línea recta y sin cerrarse.
Diecisiete años de aquello y todavía le arrancó a Esteban un golpe de aire por los dientes, porque un instrumento terminado no aburre: al contrario, cada vez sabe hacerlo con menos esfuerzo y más hondo, y lo que al principio era proeza al final es naturaleza.
Le puso las dos manos en la cabeza, en el pelo negro y espeso con el remolino de la sien que diecisiete años no habían conseguido peinar, y la usó despacio, marcándole él el ritmo, disfrutándola con la calma de un hombre que no tiene nada que probar y todo el tiempo del mundo.
La llevó hasta el fondo y la dejó ahí, sostenida, contando por dentro, y la subió a robar aire por la nariz, y la volvió a hundir, una y otra vez, sin prisa, sintiéndola trabajar la garganta con una obediencia que ya no era técnica sino entrega pura.
Y cada vez que la sacaba, ella, con la voz destrozada, volvía a pedirlo.
La sacó una vez entera, del todo, y le sostuvo la cara alzada por el mentón para verla: la boca abierta, brillante, la barbilla mojada, un hilo tendido de ella a él que no se rompió hasta que la movió, y los ojos —eso era lo que él bajaba a ver— sin una sola gota de resistencia y con toda la cabeza intacta detrás.
—Otra vez —dijo—. Y esta la sostienes hasta que yo cuente.
La hundió hasta el fondo y la mantuvo ahí, con las dos manos abiertas en la cabeza, sin dejarla subir, contando por dentro, sintiendo cómo la garganta se le cerraba alrededor en oleadas involuntarias y volvía a abrirse cada vez porque ella se lo ordenaba desde algún sitio de sí misma al que él nunca había tenido acceso.
La tuvo así mucho más de lo que un cuerpo aguanta cómodamente y bastante menos de lo que un cuerpo aguanta de verdad, que era la distancia exacta que llevaba diecisiete años midiendo en ella y que no había errado ni una sola vez.