24. LA MESA #3
—No pidas perdón. Eso no lo corrige el perdón.
—La voz sin un grado de enfado, administrativa, la de un hombre que audita—.
Te has apartado sin soltar la bola. Tienes un aviso para salir, y no lo has usado; te has salido por tu cuenta, con miedo, como una mujer de una casa de la vía Carducci y no como una mujer con collar. Eso se corrige.
—¿Cómo, señor?
—Levántate.
La levantó, con las manos todavía atadas a la espalda, y la llevó dos pasos hasta la pared, y le puso el pecho y la mejilla contra el hormigón frío, con las caderas hacia atrás, en el ángulo exacto, y le abrió los pies con el suyo hasta dejarla abierta y sostenida solo por la pared, sin manos para protegerse, la espalda arqueada y las nalgas anchas y bajas de mujer del sur ofrecidas por la postura y no por ella.
—Doce —dijo—. Los cuentas tú, en voz alta, y me das las gracias al final de cada uno, porque cada uno es una corrección y no un castigo, y en esta casa se agradece que a uno lo corrijan.
Si pierdes la cuenta, empezamos otra vez.
Si sueltas la bola, paro y no hay más esta noche, y te quedas sin terminar lo que empezaste, que es la única cosa que de verdad no quieres.
Rosaria apoyó la frente en el hormigón.
—Sí, señor.
El primero fue plano, abierto, con la mano entera, en la parte baja y carnosa donde no hay nada que dañar, y sonó seco en aquel cuarto que se había construido para que no saliera ni entrara un sonido.
La carne le tembló y volvió a su sitio, y le subió una marca roja despacio, y ella tomó aire por la nariz.
—Uno —dijo—. Gracias, señor.
El segundo, en el otro lado, igual de plano y un punto más fuerte. La marca hermana subió en el lado izquierdo.
—Dos. Gracias, señor.
Fue subiendo la fuerza de tres en tres, alternando los lados, sin saltarse ninguno, sin dos seguidos en el mismo sitio, con la exactitud de quien no golpea por rabia sino por método.
A la mitad, Rosaria ya no tenía la voz entera —le salía rota, con un temblor por debajo—, pero no perdió la cuenta ni una vez, y no soltó la bola, y agradeció los doce, uno por uno, con la cara pegada al hormigón y las nalgas ardiéndole rojas y calientes contra el frío de la pared, y el frío y el calor mezclados en la misma piel, que era exactamente lo que él había buscado toda la noche.
—Doce —dijo al final, con un hilo de voz—. Gracias, señor.
Esteban le puso la mano abierta y quieta sobre la carne caliente, sin golpear, solo apoyada, un momento largo, que era la otra mitad de la corrección: el contacto que dice que ya está, que la cuenta se cerró, que la deuda quedó saldada y no queda debe.
—Ya está —dijo—. No queda nada pendiente. Se te ha borrado el error. ¿Lo entiendes?
—Sí, señor.
—Dime qué has aprendido.
Rosaria tragó saliva, con la frente todavía en la pared.
—A salir con la bola y no con el miedo —dijo—. A avisar en vez de huir.
—Eso es. —Le apartó el pelo mojado de la cara—. Ahora vuelve, y esta vez, si te tienes que salir, sueltas. No huyes. Sueltas. Es la diferencia entre una mujer que se protege y una mujer que confía en que la saquen. Aquí se hace lo segundo.
La llevó de vuelta al centro, la puso otra vez de rodillas, con las manos atadas y la bola fría en el puño, y ella pidió sin que se lo mandara, con la voz rota y los ojos limpios:
—¿Puedo servirle, señor?
—Sí.
Y esta vez fue distinto, porque el miedo estaba corregido y el cuerpo lo sabía.
Bajó, y se abrió, y aguantó, y cuando en la bajada larga la garganta le pidió cerrarse, no se apartó: dejó de pelear.
Se le soltaron los hombros lo que le dejó la atadura, la mandíbula se le aflojó de golpe, el cuello se le abrió en línea recta, y bajó ella sola los últimos dos centímetros, hasta el fondo del todo, con la nariz contra el vientre de él, sin cerrarse ni una vez.
Esteban notó el cambio con la precisión brutal de siempre —el paso de un músculo que resiste a un conducto que acepta— y tuvo que quedarse absolutamente quieto y respirar hondo para no terminar en ese segundo.
—Ahí —dijo—. Eso. No tragues. Quédate.
Ella se quedó. Sin manos, sin apoyo, sostenida solo por las rodillas y por la voluntad, con la bola fría cerrada en el puño a la espalda y sin soltarla, subiendo tres o cuatro centímetros cada quince o veinte segundos a tomar aire por la nariz en un jadeo corto y volviendo a hundirse hasta abajo sin que nadie se lo mandara, y en toda la maniobra la garganta no se le cerró una sola vez.
La tuvo así mucho rato, más del que la había tenido nunca, alternando la permanencia con bajadas marcadas por él, con las dos manos cerradas en aquel pelo negro y espeso, sin empujar más de lo que ella aceptaba y sin dejarla subir cuando no tocaba.
Y ella lo aguantó entero, atada, helada por dentro por el hielo y ardiendo por detrás por los doce, temblando y abierta y sin huir, hasta que él supo que ya no lo iba a poder sostener, y no la sacó.
Se quedó abajo cuando se corrió, hasta el fondo, con las dos manos cerradas en su pelo, y ella se quedó, y tragó dos veces sin cerrarse, y no se apartó ni soltó la bola hasta que él le soltó la cabeza.
Cuando subió, tenía la barbilla, el cuello y los dos pechos brillantes, los pezones oscuros todavía duros del hielo y de todo lo demás, la cara empapada y los ojos limpios, y las nalgas rojas contra los talones. Respiró tres veces por la boca.
Después, sin que se lo pidieran, con las manos aún atadas a la espalda, volvió a componer la postura de rodillas lo mejor que pudo sin manos —espalda recta, mentón alto, la cara hecha un desastre y la mirada serena— y dijo lo que se decía.
—Gracias, señor.
Esteban se agachó, le abrió el puño, sacó la bola fría —la había sostenido toda la noche, entera, sin soltarla ni una vez, ni siquiera cuando tenía todos los motivos— y se la enseñó en la palma.
—No la has soltado.
—No, señor.
—Podías. En cualquier momento. Y no lo has hecho.
—No hacía falta, señor.
Y esa —que no hiciera falta— fue la única frase de toda la noche que Esteban Armand se llevó consigo cuando subió las escaleras que no llevaban a ninguna parte, de vuelta al Piso 31, a la mesa de tres sillas que acababa de fundar y a la tercera que había dejado vacía a propósito.
Le desató las muñecas él mismo antes de irse, le pasó los dedos por las marcas del cuero para comprobar que no había apretado de más, le puso la chaqueta suya sobre los hombros desnudos, y no dijo nada más, porque en aquella casa lo que se hacía después de la Cúpula no se contaba y no se explicaba, y era, de todo lo que ocurría en la torre, lo único que no figuraba en ninguna parte.
Aquella noche, ya arriba, con la ciudad apagándose a ciento diecisiete metros por debajo, Esteban Armand escribió una última línea en la cuartilla del protocolo, debajo del nombre de la Cúpula y de la regla del asiento, con la letra pequeña de siempre:
Un instrumento no se termina nunca. Se pule hasta el día en que uno se muere, y después lo pule otro.
No sabía todavía a quién estaba citando.
Se lo había enseñado, ocho años antes, una mujer de cabello blanco que se había ido de frente a un piso sobre un lago, con el collar puesto, para no quedarse nunca en un sitio donde ya no se pulía nada.