24. LA MESA #2
Aquella noche bajó a la Cúpula, porque el poder que se decide vestido en una mesa y el poder que se ejerce desnudo en un cuarto sin ventanas eran para Esteban Armand la misma cosa mirada desde dos alturas, y llevaba ocho años sin poder dormir la noche de una decisión grande sin bajar a la otra cúpula, la de verdad, la del ala norte.
La llamó con una palabra por el interfono interno, y colgó, y bajó las escaleras que no llevaban a ninguna parte.
Cuando entró, Rosaria ya estaba.
Estaba en el centro, sobre la piedra oscura, desnuda, en la postura que le habían corregido durante siete semanas ocho años antes y que ahora era su cuerpo y no un aprendizaje: espalda recta sin rigidez, mentón alto, hombros abiertos hacia atrás, las manos sueltas a los costados, el cuerpo diciendo “estoy disponible” sin que la boca dijera nada.
Treinta y un años. La piel espesa del color de la miel oscura vista a contraluz, brillando apenas con la luz baja e indirecta.
Las caderas anchas, los muslos gruesos tocándose, los pechos grandes y llenos por abajo.
La cicatriz blanca de doce centímetros bajo la última costilla.
Y en la garganta, oculto y presente, el aro de metal blanco que no se quitaba nunca.
—¿Estás aquí por obediencia o por deseo? —dijo Esteban, que era la pregunta con la que empezaba siempre, la que había nacido en un patio con jazmín pasado de temporada y que ahora abría la puerta de aquel cuarto.
—Por deseo, señor.
—De rodillas.
Se arrodilló bien, que ya lo hacía todo bien: rodillas separadas, espalda recta, las manos abiertas sobre los muslos con las palmas hacia arriba. Levantó la cara y pidió permiso con la mirada, y él bajó la barbilla un grado.
—¿Puedo servirle, señor?
—Todavía no. —Esteban se quitó la chaqueta y la dejó doblada sobre la única silla del cuarto—.
Esta noche vamos a trabajar. Llevas ocho años haciendo bien lo que sabes hacer, y un instrumento que hace bien lo que sabe se oxida.
Así que hoy no vas a hacer lo que sabes. Vas a hacer lo que no sabes todavía.
Rosaria tragó saliva, y no bajó los ojos por miedo, sino esa fracción justa que era entrega.
—Sí, señor.
Empezó por las manos, que era por donde ella se defendía sin saberlo.
—Detrás de la espalda —dijo—. Las muñecas juntas.
Ella se las llevó atrás, y Esteban sacó del bolsillo interior de la chaqueta una tira de cuero fino, negro, blando de tan usado —aunque no lo había usado con ella nunca—, y le ató las muñecas una contra otra, ni flojo ni apretado, con la precisión de un hombre que ataba nudos de camarero desde los diecisiete años.
Le quedaron los hombros abiertos a la fuerza, el pecho hacia delante, los dos pezones oscuros expuestos y sin defensa, y las manos —las manos que sabían todo lo que sabía su boca— fuera de servicio.
—Con esto —dijo— se te va la palma abierta.
Y era verdad, y los dos lo sabían: ocho años antes, la primera noche, él le había enseñado un aviso.
Palma abierta y un golpe en el muslo de él, y salía en menos de un segundo, todas las veces.
Con las manos atadas a la espalda, aquel aviso desaparecía, y sin aviso no había trabajo, porque en aquel cuarto la única regla por encima de todas las demás era que la puerta se cruzaba en los dos sentidos.
—Abre la mano —dijo Esteban.
Le puso en la mano derecha, atada a la espalda, una bola de metal pequeña, pesada, fría, del tamaño de una nuez.
—La tienes cerrada todo el tiempo. El día que quieras salir, la sueltas.
Cae al suelo, yo la oigo, y salgo antes de que rebote.
—Le cerró él mismo los dedos alrededor—.
Es lo mismo que la palma. Solo que ahora tienes que decidirlo tú soltando, en vez de dándome.
Cuesta más soltar que golpear. Por eso lo hacemos así esta noche.
—¿Por qué cuesta más?
—Porque para golpear solo hace falta miedo, y para soltar hace falta reconocer que tienes miedo. —Le levantó el mentón—. Aprende la diferencia. Es la misma que hay entre las dos cúpulas de esta torre.
Ella cerró la mano en torno a la bola fría, y él comprobó que la sostenía, y le dio un golpe de prueba en el pie para que la soltara, y la soltó, y la bola cayó y rodó y él la recogió y se la volvió a poner en la mano. Dos veces. A la tercera, sin que se lo pidiera, la sostuvo entera y esperó.
—Bien —dijo Esteban—. Eso ya lo sabes hacer.
El hielo estaba en un cuenco de cristal que había hecho subir por la tarde, sobre la silla, junto a la chaqueta.
Sacó un trozo con dos dedos, del tamaño de un dado, y se quedó de pie delante de ella, mirándola, sin tocarla todavía, dejando que lo viera derretirse un poco entre sus dedos, porque la espera era la mitad del trabajo y siempre lo había sido.
—Tú tardas —dijo—. Es lo único de tu cuerpo que no me obedece ni te obedece: tardas en ponerte dura. Ocho años y sigues tardando, y te sigues avergonzando de que tardes. —Bajó el trozo de hielo hasta la altura del pecho, sin tocar aún—. Hoy no vamos a esperar a tu cuerpo. Se lo vamos a sacar.
Le puso el hielo sobre el pezón izquierdo.
Rosaria tomó aire de golpe por la nariz —bien, por la nariz, lo tenía metido en el cuerpo— y no se movió, aunque los hombros le pidieron encogerse y no la dejó la atadura.
Esteban le pasó el trozo alrededor del pezón, despacio, por toda la areola ancha y granulada, y la piel oscura reaccionó de la única manera que sabía: la areola se le contrajo entera, arrugándose alrededor, oscureciéndose hasta parecer casi negra en aquella luz, y en el centro el pezón grueso y perezoso que tardaba siempre se le levantó por fin, duro del todo, hacia fuera, en cuarenta segundos en vez de en diez minutos, sacado por el frío en lugar de por el deseo.
—Ahí está —dijo Esteban—. Lo que tú tardas media hora en dar, el hielo lo saca en menos de un minuto. Aprende también eso: casi todo lo que un cuerpo no quiere dar, se le puede sacar. La cuestión no es si se puede. La cuestión es si se debe, y eso lo decido yo, no tú, y no tu cuerpo.
Pasó al pezón derecho, que era el de la areola más ancha, y repitió, y ella aguantó, respirando por la nariz, con la bola fría cerrada en el puño a la espalda y los dos pechos brillándole ahora de agua derretida, los dos pezones oscuros hinchados y duros y erizados, la piel de gallina subiéndole desde los pechos por el cuello.
Después le pasó el hielo por la garganta, justo por encima del aro de metal, y bajó por el esternón, por el vientre, por la cicatriz blanca —ahí se detuvo un cuarto de segundo, como se detenía siempre en aquella cicatriz, y no dijo nada, como no decía nunca nada—, y siguió bajando, y ella empezó a temblar de frío de verdad, y él lo vio y no paró.
—Estás temblando.
—Sí, señor.
—¿De frío o de miedo?
—De frío. —Y después, porque no mentía en aquel cuarto—: De las dos cosas, señor.
—Eso es la respuesta correcta —dijo Esteban—. La primera vez en la noche que dices las dos cosas. Guárdalo.
Le quedaba un trozo de hielo en la mano, medio derretido, y lo usó para lo último antes de empezar de verdad.
—Abre la boca.
Le puso el hielo dentro, sobre la lengua.
—No lo tragues. No lo escupas. Se te deshace ahí. Cuando esté frío del todo por dentro, empezamos. —Se desabrochó el cinturón con las dos manos, sin prisa—. Quiero la boca helada. Lo caliente lo pones tú luego, con la garganta. Primero frío, después calor. Como el metal, que se templa así.
Ella sostuvo el hielo en la boca, con los labios entreabiertos, la mandíbula floja, dejándolo deshacerse, y el agua fría le corría por la barbilla y le caía en gotas sobre los pechos erizados.
Cuando el último trozo se disolvió, tenía la boca entera fría, la lengua fría, el paladar frío, y él lo comprobó metiéndole el pulgar y notando la temperatura, y asintió.
—Ahora sí. Pide.
—¿Puedo servirle, señor? —Y lo dijo con la boca helada, la voz un punto temblorosa por el frío, y aun así entera y bien, sin el acento torpe de ocho años atrás.
—Sí.
Bajó.
Y bajó como sabía bajar, que era la única cosa que Viktoria se había negado a enseñarle porque ahí Rosaria ya era mejor que ella: tomando el aire entero por la nariz antes, soltando la mandíbula, sin tragar, abriéndose de arriba abajo.
Con la boca fría del hielo se lo tomó hasta el fondo de una sola vez, y el contraste —el frío de ella contra el calor de él— le arrancó a Esteban un golpe de aire por los dientes que no pudo controlar, y esa fue la primera victoria de ella en toda la noche, y ella lo supo, y él supo que lo sabía, y no dijo nada.
Se quedó abajo, con la nariz contra el vientre de él, la garganta abierta en línea recta, las manos atadas a la espalda inútiles y la bola fría cerrada en el puño.
Sin manos no había apoyo, no había medida, no había nada que hacer con el cuerpo salvo estar y aguantar, y aguantó, y subió tres centímetros a tomar aire por la nariz en un jadeo corto, y volvió a bajar sin que nadie se lo pidiera.
Esteban le puso las dos manos en la cabeza, en el pelo negro y espeso, con el remolino de la sien derecha que no había manera de peinar, y esta vez no la sostuvo suave.
Marcó él el ritmo. Despacio primero, hasta el fondo y arriba, hasta el fondo y arriba, contándolo por dentro como contaba siempre, y ella lo siguió sin cerrarse, con las lágrimas cayéndole por las mejillas sin que hubiera nada parecido al llanto en aquella cara.
Y entonces se cerró.
Fue en la bajada octava o novena, cuando el cuerpo se acordó del miedo antiguo y se anticipó: la garganta se le cerró en un espasmo antes de tiempo, le vino la arcada, y en vez de sostener la bola y esperar, hizo lo que tenía prohibido, lo que llevaba ocho años sin hacer: apartó la cara, por instinto, subiendo sola sin aviso.
Esteban la dejó apartarse. No la retuvo. Esperó a que tosiera, a que recuperara el aire, y cuando ella levantó la cara con los ojos llenos de agua a decir “perdón”, él ya se lo había quitado de la boca.