Esteban, El Origen del Dominio (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 3) 10. EL PRIMER COLLAR #3
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10. EL PRIMER COLLAR #3

Esteban trabajó como le habían enseñado en aquella misma casa, en aquella misma alfombra, de rodillas y sin permiso: leyendo, no improvisando.

Ritmo constante. Dos dedos dentro, curvados hacia arriba, quietos al principio.

La lengua plana y ancha, siempre igual, sin acelerar ni cuando ella empezó a apretar los muslos alrededor de su cabeza.

Notó la primera contracción bajo los dedos, la que ya no se detiene.

Y no paró.

La dejó llegar entera. Fue larguísima. La espalda se le levantó del colchón entera, se quedó arqueada tres segundos con solo los omóplatos y los talones apoyados, y las contracciones le llegaron en oleadas apretadas alrededor de los dedos, cuatro, cinco, seis, cada vez más profundas, mientras un sonido larguísimo se le rompía en mitad de la garganta contra el metal del aro.

Se le cerraron los muslos sobre las orejas de Esteban con una fuerza brutal y él siguió, más suave, sosteniéndola en el descenso, hasta el último temblor.

Después le apoyó la mejilla en el interior del muslo y esperó.

Ella tenía todo el cuerpo brillante de sudor, el pecho subiendo y bajando, las manos todavía cerradas en los barrotes, y le temblaban los músculos del vientre en pequeñas sacudidas involuntarias que fueron espaciándose durante un minuto entero.

—No se ha soltado —dijo Esteban.

—No.

—Otra vez.

—No puedo.

—Sí puede —dijo él, y volvió a bajar la cabeza.

La segunda la sacó a los cuatro minutos, con el cuerpo todavía sensible, y fue más corta y más violenta y ella le suplicó dos veces en el medio, sin saber si estaba pidiendo que parara o que siguiera.

La tercera tardó veinte minutos y hubo que trabajarla, y cuando llegó, Viktoria se dobló hacia delante por la cintura, se soltó el barrote con la mano derecha, se agarró al pelo de Esteban y volvió a subir la mano al latón inmediatamente, con un gesto de pánico, y él lo vio y decidió no haberlo visto.

Fue lo único generoso que hizo en toda la noche.

Se subió encima a las tres.

Le separó las rodillas con las manos, se colocó y entró de una sola vez, entero, y ella soltó todo el aire y echó la cabeza hacia atrás y se le marcaron los tendones del cuello alrededor del aro blanco.

Y ahí, por fin, ninguno de los dos estaba enseñando nada.

Empezó despacio, hasta el fondo, sosteniéndose en los antebrazos con la cara a diez centímetros de la suya.

La cama no hacía ruido. En aquella habitación no había nada que oír salvo lo que hacían ellos, y por eso se oía todo: la respiración de ella deshecha, el sonido de los cuerpos, las palabras que ella empezó a decir a partir del quinto minuto y que no eran órdenes.

—Míreme —dijo Esteban.

Ella lo miró.

—Y no se corra hasta que yo se lo diga.

Viktoria cerró los ojos un segundo, y aquello —una mujer que llevaba quince años sin recibir una orden, encajando una— fue lo que él recordaría veinte años más tarde con más precisión que ninguna otra cosa de aquella noche.

—Sí —dijo.

Aumentó el ritmo. Le puso una mano abierta en la garganta, no apretando: apoyada, con el pulgar y el índice rozando el metal, y notó bajo la palma cómo se le disparaba el pulso y cómo tragaba saliva.

Ella aguantó cuatro minutos. Le empezaron a temblar los muslos, y después el vientre, y después la barbilla.

—Esteban.

—Todavía no.

—Por favor.

—Todavía no.

Aguantó dos minutos más. Y cuando ya estaba llorando de rabia, sin dejar de mirarlo, con las manos agarrotadas en los barrotes de latón y las nalgas ardiendo contra la colcha y el aro de metal blanco marcándosele en la garganta bajo la mano de él, Esteban se inclinó y le dijo al oído, con toda la calma del mundo, exactamente con el mismo tono administrativo con el que ella se lo había dicho a él seis meses antes:

—Ahora.

Y el cuerpo entero de Viktoria Petrova se rompió debajo de él.

Fue larga, sucia, absolutamente descompuesta: se le abrieron las piernas y se le cerraron alrededor de la cintura, arqueó la espalda hasta levantarlo a él con ella, se le contrajo todo de una manera que él sintió en toda la longitud, en oleadas que no acababan, y siguió y siguió mientras Esteban se vaciaba dentro, y al final, cuando ya no quedaba aire, se soltó de los barrotes por fin y le clavó las diez uñas en la espalda con una fuerza que le dejó marcas durante dos semanas.

Se quedaron mucho rato así, sin separarse, con el peso encima y la respiración deshaciéndose despacio en aquella habitación silenciosa.

Cuando por fin él se apartó y se tumbó a su lado, Viktoria se llevó la mano al cuello y tocó el aro con dos dedos, como quien comprueba que sigue puesto.

—No se lo puede quitar usted —dijo Esteban.

—Ya lo sé. Lo compré yo.

Se quedaron los dos mirando el techo. Fuera, al otro lado del cristal, las luces de la otra orilla seguían quietas sobre el agua negra.

—Una condición —dijo ella, al cabo de un rato largo.

—Ahora no le toca poner condiciones.

—Esta sí. —Giró la cabeza y lo miró—. Y es la última que le pongo en la vida, así que escúchela bien.

Esteban esperó.

—Todo lo demás es suyo a partir de esta noche —dijo Viktoria—. La casa, las horas, las reglas, el cuerpo. No voy a discutirle nada, no voy a corregirle nada y no voy a volver a decirle lo que tiene que hacer. Me guardo una sola cosa.

—¿Cuál?

—El final. —Se llevó otra vez los dedos al metal—. El día que esto se acabe, lo digo yo. No usted. No los dos. Yo. Y usted no me lo va a discutir, ni me lo va a preguntar, ni va a intentar averiguar cuándo.

Esteban se incorporó sobre un codo.

—¿Y si no acepto?

—Entonces tendrá que quitarme el collar esta noche —dijo ella, con una tranquilidad absoluta—, y ya sabe lo que pasa si me lo quita.

Él se quedó mirándola en la penumbra ámbar: el pelo blanco desparramado, la piel todavía moteada, el aro exacto en la base del cuello.

Le había entregado todo el poder de aquella casa en una sola noche y se había guardado el único que importaba.

—De acuerdo —dijo Esteban.

—No diga “de acuerdo” tan rápido.

—No lo he dicho rápido —contestó—. Llevo cinco meses aprendiendo a perder con usted.

Viktoria sonrió por segunda vez en dos años, muy brevemente, en la oscuridad, donde él no pudo verla.