10. EL PRIMER COLLAR #2
Le había enseñado a mandar durante dos años.
Le había puesto el arma en la mano. Había esperado a que la usara en octubre, y había esperado cinco meses más a que el desorden le quitara el sueño, y había sacado el collar del cajón el día exacto en que él estaba lo bastante cansado para agradecer una decisión.
Le había dado a elegir entre tres puertas y le había explicado con toda honestidad, sin mentir ni una vez, que la única con salida era la que él iba a tomar.
Y ahora lo llevaba puesto ella. Y él no podía devolverlo, porque devolverlo también sería obedecer.
—Usted lo tenía comprado desde hace tiempo —dijo.
—Desde hace catorce meses —contestó Viktoria, sin volverse.
—¿Y si esta noche lo hubiera tomado para dárselo?
—Le habría durado seis semanas en la garganta. —Se levantó y se giró por fin, y el aro le quedaba justo en la base del cuello, apenas visible, blanco sobre la piel muy blanca—. Y en seis semanas usted habría venido a quitárselo, y esa noche habría sido mucho más fea que esta.
La habitación del fondo la había visto cincuenta veces y aquella noche la vio por primera vez.
Era grande, cuadrada, con el suelo de tarima oscura y una alfombra clara de lana espesa que ocupaba el centro y en la que se hundía el pie hasta el tobillo.
La cama, baja, con cuatro barrotes de latón mate en el cabecero.
La cómoda de nogal contra la pared izquierda, con tres cajones y un espejo alto encima, inclinado, que devolvía media habitación.
En el rincón, la lámpara de pantalla ámbar que dejaba el techo en penumbra y encendía en cambio todo lo que estuviera a menos de un metro del suelo.
Y la pared del fondo, que era de cristal de arriba abajo.
Ginebra en marzo, a la una de la mañana, era una línea de luces quietas al otro lado de un agua negra que no se movía.
El doble vidrio dejaba fuera todo el ruido del mundo.
En aquella casa no se oía nada: ni tráfico, ni vecinos, ni agua en las cañerías.
Se oía la respiración de la gente, y por eso la respiración era, en aquel dormitorio, un instrumento de precisión.
Olía a cera de la tarima, y a algo frío y limpio que era el jabón de ella, y desde octubre olía también, tenuemente, a los dos.
Esteban encendió la lámpara del rincón. Cerró la puerta.
—Desnúdese —dijo—. Despacio. Y no mire al suelo mientras lo hace.
Ella se desabrochó el vestido gris por el costado, dejó caer los tirantes, se lo bajó por las caderas y salió de la lana levantando un pie y después el otro.
Lo dobló sobre el respaldo. Después la seda: primero lo de arriba, que se soltó por delante, después lo de abajo, que se bajó con las dos manos sin doblarse por la cintura, doblando en cambio las rodillas, con la espalda recta.
Cuando terminó se quedó de pie en el centro de la alfombra, con las manos a lo largo del cuerpo y la barbilla alta, como le habían mandado.
Tenía treinta y seis años y aquel cuerpo era lo mejor que Esteban había visto en su vida, y no por juventud, que no tenía, sino por gobierno.
La piel muy blanca del norte, casi sin color, con las venas azules dibujándose en el interior de los brazos y en el nacimiento de los pechos.
Los hombros firmes y algo anchos, de nadadora, con el músculo del deltoides marcándose cuando movía el brazo.
La clavícula muy dibujada, y en el hueco de encima, ahora, el aro de metal blanco, tan discreto que costaba verlo y que sin embargo reorganizaba el cuerpo entero, como una firma en la esquina de un cuadro.
Los pechos pequeños y altos, separados, con los pezones pálidos, rosados apenas, ya endurecidos y contraídos en su base de una manera que la delataba.
La caja torácica estrecha, con las costillas insinuándose al respirar hondo.
La cintura corta y marcada, el vientre plano con una línea vertical de músculo que se le tensaba cuando contenía el aire, el ombligo pequeño, las caderas más anchas de lo que prometía el resto, y ahí, en el arranque de los muslos, dos huecos de sombra donde la carne se recogía.
Los muslos eran largos y sólidos, de piscina, sin una fisura de celulitis, y en el interior del derecho, donde una noche de septiembre la fusta había dejado una marca que hacía mucho que se había ido, la piel volvía a estar intacta, y solo él sabía dónde mirar.
Completamente depilada. Y ya brillante, en el pliegue, con la luz baja de la lámpara ámbar dándole de lado.
Esteban la rodeó despacio, una vuelta entera, sin tocarla.
De espaldas la espalda era una línea limpia con dos hoyuelos justo encima de las nalgas, que eran altas y duras y por las que Esteban pasó la mirada dos veces. El pelo blanco le caía hasta media espalda. El cierre del aro se veía ahí, en la nuca, mínimo, plano, sin brillo.
—¿Ha terminado de mirar? —dijo ella.
—No —contestó Esteban, y dio otra vuelta entera, más despacio.
Cuando volvió a ponerse delante, a ella le había cambiado la respiración.
Fue a la cómoda y abrió el cajón alto.
Sacó la fusta.
Caña negra, empuñadura de cuero trenzado, la pala rectangular gastada por el uso. La había tenido delante seis meses antes desde el otro lado, atado a los barrotes de latón con dos tiras de seda y las piernas abiertas por orden.
Viktoria la vio y no dijo nada, pero se le movió la garganta.
—Al pie de la cama —dijo Esteban—. De espaldas a mí. Las manos en el barrote de arriba. Los pies separados.
Ella cruzó la alfombra y lo hizo. Se sujetó al latón con las dos manos, separó los pies, se dobló ligeramente por la cintura de manera que las caderas quedaran hacia atrás.
—Yo no sé hacer esto —dijo Esteban.
—No.
—Va a doler mal las primeras veces.
—Sí —dijo Viktoria—. Empiece por abajo, en la parte carnosa. No suba de los riñones y no baje de la mitad del muslo. Muñeca, no brazo. Y mire dónde ha dado antes de volver a dar.
—¿Alguna palabra?
—Marsella —dijo ella—. La suya. Es la que se acuerda usted.
El primero fue flojo y sonó a nada. El segundo, torcido, agarró el lateral y le hizo daño mal, del malo, y ella soltó el aire de golpe entre los dientes.
—Muñeca —dijo, sin volverse—. Otra vez.
El tercero fue bueno.
Fue un chasquido seco y limpio en una habitación donde no se oía nada más, plano contra la nalga derecha, y la marca apareció en aquella piel blanquísima en dos segundos: una franja rosa que se fue oscureciendo hasta quedarse de un rojo mate perfectamente rectangular.
Ella empujó las caderas hacia atrás medio centímetro en lugar de apartarlas.
—Otra vez —dijo, y la voz le salió más baja.
Esteban aprendió deprisa, porque aprendía deprisa todo.
Aprendió que el segundo golpe en el mismo sitio duele el doble y que el cuarto ya no duele igual.
Aprendió que hay que esperar entre uno y otro, y que la espera es la mitad del asunto: que si daba tres seguidos ella los encajaba con el cuerpo apretado, y que si daba uno y esperaba veinte segundos, el cuerpo se le abría solo, buscando, y el que llegaba después la atravesaba entera.
Aprendió sobre todo a mirar lo que pasaba después de cada golpe.
Cómo se le tensaban los muslos y se soltaban.
Cómo se le movía la espalda. Cómo, hacia el golpe undécimo o duodécimo, empezó a subírsele la piel de gallina por los brazos y a bajarle un hilo brillante por el interior del muslo izquierdo, sin que nadie la hubiera tocado con la mano ni una sola vez.
Le dio veinte, quizá veintidós. Fuertes. Los últimos cinco muy fuertes, con el brazo entero pesando en la muñeca, y ella no dijo Marsella ni una vez; lo que hizo fue apoyar la frente en el barrote de latón, entre las dos manos, y dejar de contener el ruido a partir del decimoquinto.
Cuando Esteban dejó la fusta en la cómoda, tenía las dos nalgas de un rojo uniforme, oscuro, ardiendo, con dos franjas más marcadas cruzándose en el lado derecho.
Le puso la palma abierta encima, sin apretar.
Ella gimió al contacto y se le doblaron las rodillas dos centímetros.
—Suélteme del barrote —dijo, con una voz que no era la suya—. No aguanto de pie.
—Aguanta usted perfectamente —dijo Esteban—. Y no la he atado.
La llevó a la cama y la puso boca arriba en el centro, y ella, al apoyar la espalda, siseó por el contacto de la piel castigada contra la colcha y no se movió.
No la ató. Fue una decisión, y fue la mejor de la noche.
—Las manos en los barrotes —dijo—. Sin seda. Si se sueltan, paro y nos vestimos.
Ella subió los brazos y cerró las manos en el latón.
Esteban se quitó la ropa, sin prisa, mirándola, y ella lo miró a él desde abajo por primera vez en dos años.
Y después se sentó a su lado y empezó, y la hizo esperar veinte minutos antes de tocarla donde importaba.
Le recorrió el cuerpo entero con las yemas de los dedos y con la boca, despacio, en un orden que no tenía ninguna lógica y que precisamente por eso era imposible de anticipar: el interior del codo, el hueco de la clavícula, el costado por debajo de las costillas, el pliegue de la ingle sin llegar a nada, la cara interna de la rodilla.
Le pasó la lengua por un pezón hasta que se le arrugó del todo y la areola se le contrajo en un círculo pequeño y duro, y después lo dejó y se fue al otro, y después dejó los dos y bajó por la línea del vientre y se paró en las caderas.
Ella tenía la respiración rota a los seis minutos.
A los doce empezó a moverse: las caderas buscando arriba, en el aire, una y otra vez, un movimiento que no controlaba y que se repetía cada vez que él pasaba a menos de diez centímetros.
A los quince, la piel de todo el pecho y del cuello se le había puesto de un rosa moteado, irregular, que le subía hasta la mandíbula, y el metal blanco del aro quedaba encima de aquello como una línea de nieve.
A los dieciocho, con el pelo blanco desparramado sobre la almohada y los nudillos blancos en el latón, dijo:
—Por favor.
—Todavía no.
Cuando por fin bajó la cabeza, ella estaba tan abierta y tan resbaladiza que el primer contacto de la lengua le arrancó un grito corto.