32 Un final perfecto
Tras la detención de Jason y el vídeo de mi abuelo, solo me apetece cenar en familia, con mi madre, Graham y Sam, porque su locura es lo que nos hace falta en este instante.
Ver y escuchar a mi abuelo me ha hecho replantearme muchas cosas; y ahora, estar aquí, sentada en el restaurante del casino, sabiendo que por fin esta absurda guerra ha acabado y viendo a todo el mundo feliz y tranquilo, me hace sentir en calma.
Sé que he arriesgado mucho, pero no podía tomar decisiones que jamás tomaría sin presión. Y, aunque Liam ha sido una persona importante en mi vida, nunca le ha quitado el lugar a Graham.
Mientras estamos pidiendo, Sam suelta una bomba —porque ella es así—, pero eso es lo que hace que la ame con locura y que no solo sea mi mejor amiga, sino también mi hermana.
—Tu abuelo siempre ha sido el mejor, no veas cómo se lo ha montado todo. Incluso estando enfermo ha querido jugar con vosotros. —Comienza a reír como una loca—. Juro que no puedo admirarlo más.
—Ya, pero sus jueguecitos me lo han hecho pasar muy mal —digo, algo indignada.
—Mira, sus juegos solo han hecho que te des cuenta de lo evidente.
—¿Qué es…?
—Que siempre has estado enamorada de Graham, que nunca lo habrías olvidado.
Pero lo mejor es que no solo han tenido efecto en ti, sino en él —y ahora lo mira directamente—, porque, chicos, os lo dije un día en el despacho y lo reitero: solo os hacía falta un buen revolcón para solucionar vuestros problemas.
Ambos nos hacemos los ofendidos, pero por debajo de la mesa apretamos nuestras manos más fuerte, porque sabemos que, aunque nos fastidie admitirlo, tiene razón.
—Chicos —interrumpe mi madre—, vamos a hacer un brindis.
Todos la miramos y siento que ahora estamos unidas, que mi abuelo nos ha regalado a ambas una familia perfecta.
—Por Álvaro Alister, para que, allá donde esté, sea feliz, nos cuide y vuele alto.
—Por Álvaro Alister, ese abuelo postizo que nos acogió bajo su ala protectora y nos dio una familia llena de amor. —Graham choca su copa con la de mi madre.
—Por Álvaro Alister… —dice Sam, levantando la copa—, el único abuelo capaz de manipular una herencia como si fuera una telenovela turca.
Todos se ríen.
—Sam… —la regaño.
—¿Qué? Si hasta muerto ha seguido haciendo de las suyas.
—Por mi abuelo, el mejor del mundo. El que me enseñó que no hay que mostrar jamás todas tus cartas y que siempre hay que guardar un as bajo la manga. —Y, en ese momento, junto mi copa con la de ellos. Bebemos y, tras ello, la elevo al cielo, tirando un beso.
La cena transcurre tranquila entre risas, chismes y recuerdos graciosos de situaciones que hemos vivido en el casino de pequeños.
—¿Te acuerdas de cuando Graham se peleó con un cliente porque te guiñó un ojo?
Graham casi escupe la bebida.
—Teníamos diecisiete años.
—Y ya eras un cavernícola —añade Sam.
Todos nos reímos, incluso mi madre; y me encanta verla así, lo que me hace tomar una decisión.
Tras una noche intensa de sexo con Graham que no te voy a explicar, me levanto a regañadientes para dirigirme al casino, donde he citado a todos los empleados para hacer una reunión.
Miro mi armario y me decido por un traje de chaqueta color rosa palo, una camisa blanca y zapatos negros.
Decido recoger mi pelo en un moño algo desenfadado, pero que me da cierto aire sofisticado. Graham me observa y me besa la frente.
—Estás preciosa. Siento no poder acompañarte, pero necesito ir a hablar con mi jefe.
—¿Estás seguro de la decisión que vas a tomar?
Graham va a dejar su trabajo para dirigir conmigo el casino, no porque así lo quisiera mi abuelo, sino porque es lo que él quiere hacer.
—Quiero estar contigo siempre, Judith, en cada paso, en cada decisión; y si ese lugar es nuestro hogar, quiero estar en él junto a ti, de la mano, viendo cómo crece y haciéndolo nuestro.
Nos besamos de forma lenta y cariñosa, con calma y sin prisa, sabiendo que ya nada de lo que pase en el mundo nos va a afectar si estamos juntos. Y es en ese momento cuando lo tengo claro, porque no podría vivir sin él.
—Graham, te quiero y quiero pasar contigo el resto de mi vida.
Él me abraza. Lo ha entendido perfectamente. Sale corriendo de la habitación en busca de algo que he rechazado unas cuantas veces, pero que ahora ha encontrado su lugar.
Escucho un golpe seco en el pasillo, seguido de un insulto ahogado.
—¿Te acabas de dar contra la cómoda?
—No…
Será mentiroso. Si lleva toda la marca en la espalda…
Aunque todo eso deja de importar cuando saca mi anillo de compromiso y me lo pone; los dos lo miramos y nos volvemos a besar.
Y, sin que lo espere, me coge en volandas y comienza a saltar feliz hasta que nos caemos al suelo y nos reímos a carcajadas.
—A ver si me vas a romper una pierna antes de casarnos.
Volvemos a reír sin parar.
Cuando llego al casino, un poco más tarde de lo previsto —porque tú ya sabes que aceptar una petición de matrimonio entretiene—, me voy a la sala de actos. Tras pedir disculpas por mi retraso e inventarme un tráfico que no había, me dispongo a explicarles todo lo acontecido.
La gente alucina cuando se entera de todo lo que ha hecho Jason, de que está detenido, y me felicitan tras la noticia de mi próximo enlace con Graham.
—Mi abuelo siempre ha querido que este lugar sea un hogar para todos, y espero que tanto Graham como yo seamos esos jefes que a todo el mundo le gustaría tener.
Quiero que nuestra relación sea cercana, que los problemas del pasado queden atrás y confiéis en nosotros.
Y, aunque obviamente hay unas normas que cumplir, como en cualquier trabajo, espero que bajo nuestro mando os sintáis orgullosos de pertenecer a este lugar.
Todos aplauden contentos y, aunque les he adelantado que haremos una reestructuración del personal, nadie tiene miedo.
No vamos a despedir a nadie, pero evidentemente el puesto de Jason se tiene que cubrir, y necesito ver a quién dejo al mando de algunas cosas, ya que, para mi desgracia, algunas personas —seguidoras acérrimas de Jason— han presentado su dimisión.
Hoy, por primera vez en mucho tiempo, entro en el despacho de mi abuelo sin miedo; y mientras me dejo caer sobre la silla, respirando tranquila, Graham aparece por la puerta con dos cafés.
—¿Señorita Alister? —pregunta con un tono de lo más sugerente.
—¿Sí? —digo, coqueta.
—Creo que deberíamos inaugurar oficialmente esta nueva etapa.
—¿Y cómo piensas hacerlo? —pregunto de forma muy sensual.
Sonríe de esa forma peligrosa que ya conozco demasiado bien, mientras cierra la puerta con pestillo.
—Ensuciando otra vez tu escritorio.
Y entonces entiendo que, después de todo el caos, por fin estamos exactamente donde siempre tuvimos que estar.