Este amor no es viral Capítulo 12
28%

Capítulo 12

Me levanto con la cabeza embotada, como si alguien hubiera decidido dejar un programa de radio encendido dentro de mi cráneo toda la noche.

He dormido poco, mal y a trompicones. Demasiado pensar para tan pocas horas de sueño.

Me siento cansada y ligeramente decepcionada conmigo misma, que es una combinación bastante fea para empezar el día.

No entiendo muy bien por qué ayer mi cabeza decidió jugarme esa mala pasada. Por qué me importó algo que, en teoría, no debería importarme. Por qué permití que una escena mínima se colara tan adentro. Pero no tengo tiempo para analizarlo ahora. No hoy.

Tengo que escribir.

Y escribir, afortunadamente, sigue siendo lo único que no me falla cuando todo lo demás se tambalea.

Me preparo un café en casa. Cumple su función, pero no tiene alma. Lo dejo a un lado, abro el portátil todavía en pijama, con el pelo recogido de cualquier manera y la mente a medio gas. No me siento especialmente inspirada, pero sí dispuesta. Que, en mi caso, suele ser suficiente.

Hoy no voy a escribir sobre mí. Hoy no toca.

Hoy toca Martina.

Abro un documento nuevo y escribo el título casi sin pensar:

El rata de la gaseosa

Sonrío. Eso ya promete.

Empiezo a escribir y mis dedos se deslizan por el teclado como si alguien hubiera pisado el acelerador. Rápido. Sin pausa. Como si la historia llevara días esperando salir. Me meto dentro con una facilidad que me sorprende. Demasiada.

Martina no soy yo… pero podría serlo.

Mientras escribo, a ratos se me eriza la piel.

No porque la historia sea mía, sino porque la reconozco.

Ese chico sin nombre —porque así me lo ha pedido Martina y yo respeto eso— es pueblerino, un poco agarrado y encantador solo cuando le conviene.

El tipo que calcula más de lo que siente. El que no invita y es muy radical.

No exagero nada. No hace falta. La historia ya tiene chispa. Ironía natural. Situaciones que se cuentan solas. El lector va a sonreír primero… y luego va a pensar espera, esto también me pasó .

Y ahí, en ese punto exacto, me doy cuenta de algo incómodo: yo podría haber salido con ese chico. Podría haberlo defendido.

Podría haberle buscado excusas.

Es la antítesis perfecta del taxista.

Otro envoltorio. El mismo fondo.

Sigo escribiendo. Absorbida. Concentrada. Durante un rato, el mundo desaparece. El bar. Lucas. Mi noche absurda. Todo queda fuera. Solo existe Martina y una historia que se escribe casi sola.

Cuando termino, la releo una vez. Luego otra. Corrijo poco. Muy poco. No añado picante artificial. No exagero conclusiones. No lo necesita.

Suspiro.

Adjunto el archivo al correo que Martina me ha facilitado.

Asunto: Tu historia

Dudo medio segundo antes de enviar. Luego pulso.

Enviar.

Me recuesto en la silla y, por fin, pruebo el café. No sabe igual. Nunca sabe igual. Pero hoy no me importa tanto.

He hecho lo que mejor sé hacer. He contado una historia que no es mía… pero podría serlo. Y, por primera vez desde ayer, me siento un poco más en paz.

Ahora solo queda esperar.

Y, curiosamente, esa parte siempre es la más difícil.

La espera, sorprendentemente, no se hace esperar. La respuesta de Martina llega rápido. Demasiado rápido para alguien que, en teoría, iba a leer con lupa su propia historia convertida en columna nacional.

Abro el correo con prevención innecesaria.

“Me encanta.”

Así. Sin anestesia. Acompañado de un gracias, has sabido plasmar con facilidad y perfectamente la esencia de esta historia que me deja un poco descolocada. Me esperaba más matices, más correcciones, algún esto no lo diría así . Pero no. Nada.

« Qué fácil ha sido complacerla », pienso. « Quizá me estaba acostumbrando a sufrir » .

Así que ahora toca el siguiente paso lógico: mandárselo a Clara.

Adjunto el archivo. Asunto neutro. Profesional. Aunque, últimamente, Clara está tan complaciente que debería sospechar. Y sospecho. No sé por qué, pero algo me dice que hoy no va a ser uno de esos días fáciles.

No me equivoco.

No pasan ni cinco minutos cuando llega su respuesta. Clara no escribe correos, envía listas de tareas con forma de comentario editorial. Abro el archivo y ahí están: las correcciones. Las sugerencias. Los aquí podríamos apretar más y los esto necesita un poco más de punch .

Suspiro.

Hago lo que considero justo: reenvío las correcciones a Martina. Yo no soy quién para cambiar parte de su vida, ni suavizarla, ni exagerarla sin su consentimiento. Bastante delicado es ya ver tu historia expuesta como para que alguien decida por ti.

La respuesta de Martina es inmediata. Y clara.

No quiere cambiar nada. No quiere exagerar nada.

Perfecto.

El problema es que Clara tampoco quiere cambiar nada… excepto todo .

Y así me encuentro, en mitad de una batalla absurda de correos cruzados. Clara pidiendo más impacto. Martina defendiendo su verdad. Y yo, atrapada en medio, intentando que ninguna se sienta traicionada.

Empiezo a sentir ese estrés fino, elegante, silencioso, que no se nota por fuera, pero te va comiendo por dentro.

« Genial, Vera », pienso. « Has pasado de escribir historias a gestionar egos » .

Cierro el portátil con un golpe suave, pero significativo. Respiro hondo. Esto no se va a arreglar a base de correos.

Así que hago lo único sensato que se me ocurre.

Levanto el teléfono.

Si vamos a discutir sobre una vida ajena, al menos que sea con todas presentes.

Pulso llamar. A tres.

Que sea lo que tenga que ser.