Este amor no es viral Capítulo 6
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Capítulo 6

Lucas me mira un segundo de más, no con ironía, ni con esa media sonrisa burlona que siempre le trae problemas, sino casi como si estuviera genuinamente interesado. Hoy no comenta nada. Hoy no provoca. Asiente una vez y gira la cabeza.

Me siento en mi rincón. Abro la laptop por reflejo, sin pensarlo. Se ilumina, los comentarios empiezan a llegar, lo sé, pero no los miro. Hoy no. Hoy no quiero ver a nadie reflejado en algo que me deja sin aliento.

Llega el café. Humeante. En mi taza de siempre. Sin espuma sospechosa. Sin explicaciones. Lo pruebo. Está perfecto. Levanto la vista asombrada.

—No voy a decir nada —digo.

—Me parece bien —dice Lucas—. Yo tampoco tengo ganas de pelear hoy.

Se apoya en la barra, me deja espacio; no se acerca demasiado. Es casi otra persona.

—Un día largo —dice, sin preguntarme.

—Sí.

—Se te nota en los hombros —añade—. Los llevas más altos de lo normal.

Los bajo un poco como si me hubiera pillado haciendo algo mal.

—¿Siempre analizas a la gente así? —pregunto porque me ha quedado muy sorprendida su afirmación.

—Solo cuando no quieren hablar —responde—. Suelen necesitar lo contrario.

Tomo otro sorbo de café. Quema un poco. Lo agradezco.

—¿Quieres que te cuente algo totalmente irrelevante? —pregunta. Lo miro con recelo.

—Depende de lo que consideres irrelevante.

—Esta mañana discutí con el repartidor porque no para de traernos leche desnatada cuando pedimos semidesnatada. “Es prácticamente lo mismo”, dijo.

—No lo es— respondo sin pensarlo.

—Gracias. Por fin alguien sensato.

Sonrío, y él sonríe un poco. Casi me sonrojo.

—¿Y ganaste? —pregunto.

—No —admite— Pero tuve dignidad. Eso siempre ayuda mucho.

—A veces es todo lo que te queda.

Se hace el silencio. Ese tipo de silencio con el que la mayoría solo puede soñar. Ese que no te exige nada.

—¿Y tú? —pregunta tras esa pausa —¿Siempre escribes, o hoy solo estás ahí sentada mirando fijamente la pantalla para aterrorizarla?

—Hoy la estoy intimidando —digo—. Ya veremos mañana.

Él asiente, como si fuera una respuesta perfectamente lógica.

—Si necesitas más café —dice—, avísame.

—Gracias.

Y se vuelve hacia la barra, no sin antes dejarme aquí con una réplica mordaz, no sin provocarme para que reaccione. Así, sin más. Con calma.

Observo mi portátil pensativa. La cierro despacio y me relajo un poco. Es raro no sentirme observada, interpretada o convertida en noticia. Solo una chica en un bar con un buen café y una conversación sin pretensiones.

Y eso, hoy, es más de lo que esperaba.

***

Estoy a mitad de mi café —del bueno, del correcto, del milagrosamente bien hecho— cuando mi teléfono vibra sobre la mesa. No suena. Vibra. Como si supiera que interrumpir este momento debería ser un crimen.

Miro la pantalla. Clara. Cierro los ojos para respirar hondo, esperando que desaparezca si no miro. No desaparece.

—Vera—expone en cuanto contesto al teléfono—No te asustes...

—Demasiado tarde. Ya lo estoy—le digo— Cuando alguien empieza así, siempre hay una trampa.

Lucas levanta la vista desde detrás de la barra. Le hago un vago gesto de saludo, como si todo estuviera bien, aunque claramente no lo está.

—Los jefes quieren verte mañana —continúa Clara—. En la sede central.

El café deja de saber a café de repente.

«Genial. Los jefes. En plural. Eso nunca es casualidad» .

—¿Los jefes... jefes? —pregunto.

—Los de verdad —confirma—. En Madrid.

«Estupendo. Capital, jefes de verdad y urgencia. ¿Qué podría salir mal?» , pienso con ironía.

—No es nada malo —balbucea—. Al contrario, están encantados.

«Otra frase que debería venir con una advertencia sanitaria».

—He estado haciendo los preparativos toda la tarde—continúa— Mañana te enviaré un taxi. Te recogerá en tu casa y te llevará a Madrid. No tendrás que preocuparte de nada.

«Odio esa frase. Siempre significa que te vas a preocupar mucho».

—Te estarán esperando allí. Cuando termines, el mismo taxi te traerá de vuelta.

No dice cuánto durará. No dice quién estará allí. No dice por qué mañana y no pasado mañana.

—Clara… —digo, pero me interrumpe antes de que pueda terminar.

—No puedo ir contigo —explica—. Tengo entrevistas programadas, pero confía en mí. Lo estás haciendo de maravilla, Vera. De verdad.

«Clic».

Cuelga el teléfono. Me quedo mirando la pantalla con la extraña sensación de haber dicho que sí a algo sin entender qué es. Como decir que sí a algo y luego comprobar quién era.

Lucas aparece en silencio a mi lado con esa extraña habilidad que parece tener para saber cuándo alguien está perdiendo el equilibrio.

—¿Todo bien? —pregunta.

—Tengo que ir a Madrid mañana —le respondo.

—Suena importante —apunta.

—Parece que alguien ha decidido algo por mí y espera que esté contenta.

Se apoya en la mesa con semblante serio.

—¿Quieres otro café?

—Ojalá el mañana no existiera.

—Eso no está en el menú —dice—. Pero puedo ofrecerte otro buen café.

Asiento. No voy a discutir sobre eso hoy. Mientras se aleja, mi cerebro hace lo que mejor sabe hacer: empieza a imaginar todos los escenarios posibles. Todos malos. Todos tienen habitaciones blancas, trajes y frases como « esta es una gran oportunidad ».

No hace mucho estaba aquí escribiendo, solo en este bar, sin nada que perder salvo un café mal hecho; ahora me mandan a Madrid, en taxi, como si fuera una persona importante.

Lucas vuelve con el café justo a tiempo. Caliente. De verdad. Lo abrazo con las manos.

No sé qué quieren de mí. No sé por qué tanta prisa. Pero sé una cosa: cuando todo esto me explote en la cara, volveré aquí, a mi rincón. Al café mal hecho.

Y, aunque me duela admitirlo, por razones que no logro comprender, cuando todo esto me estalle volveré aquí al café mal hecho, al camarero insolente que hoy me está inquietando un poco por esta situación de amabilidad tan sorprendente.