Capítulo 23
Marc lleva una semana sin dormir.
Lo sabe, pero ni siquiera le preocupa.
Es más, está dispuesto a aceptar su mote de zombi con absoluta deportividad. Todo con tal de que el insomnio lo abandone.
Lo malo es que sabe que eso no va a suceder hasta que tome una decisión. Porque lo que le impide conciliar el sueño son sus dudas sobre si debe decir sí o no a la propuesta de Regina.
Ha probado con todo tipo de métodos para resolver el dilema, pero ni siquiera la lista de pros y contras en la que tanto confiaba lo ha ayudado a decidirse. Porque hay un pro gigante (recuperaría su pódcast) y un contra igualmente enorme (traicionaría sus principios).
Necesita, o eso se dice cada mañana al llegar al instituto, una señal. Un indicio. Cualquier acción, por pequeña que sea, que le marque el camino que debería seguir.
Y lo necesita pronto, porque ya no se le ocurren más modos de esquivar la pregunta cada vez que se cruza con Regina o, peor, cada vez que evita cruzarse con Yassir.
No está preparado.
No, no lo está.
Ni para decirle si acepta ni para mirarlo a los ojos y confirmar que ya no tiene ni la más remota posibilidad con él (si es que alguna vez la tuvo, claro).
No sabe cómo debe ser esa señal. Ni en qué tendría que consistir. Pero lo cierto es que, a lo largo de su vida, ha recibido más de una.
A su ex, del que prefiere no hablar (así que seremos buenos y ni siquiera mencionaremos su nombre), le parecía una estupidez eso de las señales. Que si menuda bobada, que si ya era mayorcito para creer en rollos sobrenaturales, que si a ver si ahora iba a resultar que era astrólogo o algo…
Pero no es nada eso.
Ni es magia, ni es una cuestión de horóscopos (aunque, siendo cáncer con ascendente cáncer, es imposible que no le interesen), ni tampoco de superstición.
Es, o eso piensa Marc, cuestión de observación.
Él mira. Ve. Atiende a lo que sucede a su alrededor. Y en algún momento, que casi siempre suele coincidir con el más inesperado, ocurre algo que le indica el camino.
Algo que significa. Y eso, justo eso, es lo que nunca entendió el ********* de su ex (sí, Marc también usa palabras muy parecidas a las de Martín para la gente que le cae mal o que, por motivos que ahora no vienen al caso, le ha dejado de caer bien).
Pero una semana sin dormir empieza a ser demasiado tiempo de espera, así que, antes de que su nueva alma de zombi se apodere por completo de él, se propone tomar una decisión hoy antes de que suene el último timbre de la mañana.
Haya o no haya señal.
Agudiza, por si acaso, el radar y se pasea por el patio durante el recreo, evitando la cafetería y la sala de profesores, para tratar de dar con ese indicio entre su alumnado.
Pero qué va… Ni una pista.
Todo es igual que cualquier otro día.
Con los del fútbol comiéndose tres cuartos del patio.
Con el resto tratando de sobrevivir entre balonazo y balonazo.
Con Martín dibujando solo en una esquin…
Un momento.
Marc retrocede y se da cuenta de que hay un cambio en la foto fija de los recreos.
Martín está dibujando, sí.
Y sentado en una esquina lejos de las porterías, también.
Pero no está solo.
Dany está sentada con él, leyendo y con los auriculares puestos.
No hablan, pero están juntos.
Y, por su actitud, parece que se encuentran a gusto.
La foto habitual cambia todavía más cuando Iago pasa delante de ellos para ir a por un balón que se ha salido del campo.
Marc se fija en que Martín le hace un gesto con la mano al que Iago responde con otro similar y, aunque a esa distancia no lo ve con total nitidez, juraría que se han sonreído.
Iago vuelve al campo y, al poco, Valeria y Fang se acercan para decirle algo a Dany mientras Martín, tras saludarlas, sigue dibujando.
No, la foto de hoy no es la de los primeros días del curso.
Ni es la que habría sido si no hubiese puesto en marcha ese taller.
Al fin la tiene delante: su señal. Más tardía y perezosa que en otras ocasiones, pero igual de nítida.
Así que, sin pensárselo más, acude al despacho de Regina, a quien encuentra hablando con Yassir.
–Tengo una condición.
Ni hola, ni cómo estáis, ni la más miserable introducción.
Marc dispara lo que ha venido a decir casi sin respirar, porque si no lo hace así corre el riesgo de arrepentirse.
–Me parece bien que escuchéis el pódcast antes de subirlo…
Vaya, ya ha metido la pata.
¿No era solo Regina la que quería controlarlo? ¿Por qué ha incluido entonces a Yassir? ¿No acaba de convertirlo en parte del frente enemigo? Y él no quiere que esté en ese frente, precisamente…
Da igual, Marc, da igual, en serio, tienes que continuar, por favor.
–Estoy de acuerdo, OK, vale, sí, no problem…
Y tras agotar su listado de sinónimos de aceptación, plantea por fin la que será su única condición:
–Pero, si alguna vez queréis cambiar o suprimir algo, tendréis que discutirlo conmigo. Y si no estoy de acuerdo, abandonaré el proyecto sin que podáis recriminarme nada. ¿Está claro?
–Creo que estás sobredimensionando la situación –le responde Regina–. Solo te hemos pedido que nos dejes supervisarte, nada más.
–No, Regina, lo que me habéis pedido no es eso. Y lo sabes… Pero estoy dispuesto a aceptar. Mientras tenga la libertad de irme, estoy dispuesto.
–Por mí no hay ningún inconveniente.
–¿Puedo preguntar algo? –se interesa Yassir.
–Claro –responde Marc, con cierto miedo a cuál será ese interrogante.
–¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?
Es su ocasión.
Su momento de comprobar si Yassir puede ser alguien a quien tomarse en serio o si es otro menteestrecha (sí, esa palabra es la más suave que le ha dedicado desde su ruptura) como su ex.
Marc lo mira a los ojos y le responde con sinceridad:
— Una señal.
Y Yassir, en vez de torcer el gesto, o mirar al techo en señal de disconformidad, o de encogerse de hombros, o de hacer cualquiera de las cosas que hacen quienes no entienden que en la vida no todo se puede explicar racionalmente, le sonríe.
Aparentemente, no es gran cosa lo que hoy Marc se lleva consigo a casa: una foto fija de un grupo de chavales en el patio y una sonrisa del jefe de estudios.
No es gran cosa, no.
Pero sí es lo suficientemente bueno como para que esta noche The Walking Dead abandone su personaje de zombi y le quite el papel, por primera vez en una semana, a la mismísima Bella Durmiente.