Esta Navidad no vuelvo sola 23. Un tiempo que no es un rechazo
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23. Un tiempo que no es un rechazo

Encontramos un banco seco junto a una placita, al abrigo del viento. Adrien se sienta en un extremo y yo en el otro; luego nos acercamos lo suficiente para no parecer que negociamos un terreno.

Todavía lleva el paquete de calcetines. Lo veo guardarlo en el bolsillo interior con un cuidado casi torpe.

—No hace falta que los guardes como una reliquia.

—Protejo su reputación.

Sonrío. Pasa una pareja con un perro que lleva un abrigo más elegante que el mío. El animal se detiene a examinarnos y se marcha tras decidir que no tenemos comida interesante.

—¿Ha vuelto a llamar tu padre? —pregunto.

Adrien asiente.

—Anoche. Esta mañana le he contestado por escrito. Le he dicho que Mireille quería un relato exacto de lo ocurrido y que iba a rectificar mi parte. Ha escrito que removía cosas viejas para tranquilizar mi conciencia.

—¿Y tú?

—Le he respondido que mi conciencia no era el asunto. No le ha gustado.

Miro los adoquines. No quiero pasar todo el paseo hablando de su padre. Aun así, necesito saber que esta historia no se cerrará en cuanto dejemos la casa.

—¿Vas a seguir aunque dejemos de vernos?

Se vuelve hacia mí.

—Sí. Se lo debo a tu madre. No es una condición para mantenerte en mi vida.

Ese «mantenerte» me llega dentro. Quizá lo nota, porque añade:

—Si quieres estar en ella.

Respiro despacio.

—Quiero. Pero no sé cómo empezar después de haber empezado mal.

—Podemos empezar con algo más pequeño.

—¿Cómo?

—Una cita. No seis días en una casa llena de testigos. Un café. Un paseo. Después cada uno vuelve a su casa y decide si quiere repetir.

La idea es tan sencilla que casi me asusta. Sin decorado, sin misión, sin ninguna necesidad externa, solo quedarán nuestras ganas. Ya no podré decirme que estoy ahí porque tengo un papel que cumplir.

—Necesito unos días —digo.

Baja los ojos un instante y asiente.

—De acuerdo.

Veo la decepción. Me alivia verla y luego me avergüenza ese alivio. Querría ahorrarle cualquier pena, sobre todo la que provoco yo. Es exactamente el impulso que suele llevarme a prometer demasiado deprisa.

—No es una prueba —añado—. No te pido que me esperes mientras decido si ya has sufrido bastante.

Sonríe sin alegría.

—Gracias por aclararlo.

—Necesito saber que puedo volver sola a París sin considerarlo un fracaso. Y después verte porque quiero estar contigo, no porque me ayudas a no sentirme sola.

Adrien escucha hasta el final. No busca ningún fallo lógico en lo que le pido.

—Lo entiendo —dice—. Pero también necesito que ese tiempo tenga una forma. Que no sea un «ya veremos» que pueda durar semanas.

La frase me sorprende. Me doy cuenta de que le había atribuido una paciencia ilimitada porque me tranquilizaba. Él también tiene derecho a no quedarse disponible en un pasillo.

—¿Después de Año Nuevo? —propongo—. Te llamo el dos de enero. Aunque no lo tenga todo claro. Te llamo de verdad.

—De acuerdo.

—Y las fotos del taller… Sigo queriendo hacerlas. Pero ya no como pago por la Navidad.

—Separaremos las dos cosas.

Asiento. Será menos novelesco y mucho más claro.

Nos quedamos un rato sin hablar. Saca del bolsillo un paquetito de papel marrón atado con un cordel.

—Lo había preparado antes de venir. No es una respuesta a lo que acabamos de hablar.

Lo cojo.

—¿Puedo?

—Claro.

Dentro hay una cajita plana de madera clara. La tapa se desliza por una ranura. Es lo bastante larga para guardar lápices y lo bastante ligera para llevarla de un sitio a otro. En la parte inferior, una marca diminuta identifica su taller.

La toco con la punta de los dedos.

—¿La has hecho para mí?

—Había empezado una serie. Adapté esta después de nuestra conversación en el taller. Llevabas los lápices en un estuche con la cremallera estropeada.

Se había fijado. Antes de la casa. Antes del restaurante. Antes de que nuestra cercanía tuviera razones para defenderse.

Deslizo la tapa. Dentro no hay ningún compartimento secreto.

—¿Has renunciado al misterio?

—Para ti pensé que sería buena idea dejar el almacenamiento a la vista.

Me río y, sin previo aviso, se me llenan los ojos de lágrimas. No se acerca para detenerlas. Me deja mirar la caja.

—Es preciosa.

—Sobre todo, es fácil de abrir.

Reconozco nuestra conversación sobre el tirador y sonrío entre lágrimas.

—Una cosa no quita la otra.

Él también sonríe.

Querría besarlo. Sé que puedo tener ganas sin tener que hacerlo para tranquilizar nuestro futuro. Dejo la caja sobre mis rodillas y le cojo la mano.

—¿Esto complica que te haya pedido tiempo?

—Un poco —responde con sinceridad—. Pero prefiero saber lo que es verdad.

Le suelto los dedos despacio.

—Entonces voy a intentar no pedirte que me consueles por la distancia que acabo de elegir.

Me mira con una ternura triste.

—Te lo agradecería.

Nos reímos. Esta risa es menos ligera que las de la pista de hielo, pero deja más espacio para los dos.

Cuando nos levantamos, me acompaña hasta la parada donde se separan nuestros caminos. Tengo que volver para comer. Él comerá en el hotel y luego caminará un poco más. Le propongo que busquemos juntos en mi móvil un sitio abierto. Me da las gracias y dice que puede ocuparse.

Me detengo. Ya estaba intentando hacerle soportable el día para sentirme menos culpable. Lo ha visto antes que yo.

—De acuerdo.

—Disfruta de los tuyos, Lina.

—Tú también…

Me interrumpo. Hoy esa fórmula no tiene adónde ir.

Me salva sin convertirlo en costumbre.

—Voy a llamar a mi madre. Me ha enviado una foto de una acuarela que parece una tarta. O al revés. Hay que aclararlo.

Sonrío.

Nos damos un beso en la mejilla, un gesto casi más difícil que nuestro primer beso, dos noches antes. Después me marcho con la caja en el bolso y una fecha en el móvil.

El dos de enero.

No es una promesa de amor. Es una promesa de no desaparecer detrás de la incertidumbre. Por ahora me parece, a la vez, pequeña e inmensa.