Capítulo 153
D espués de marcarme y hacer que me corra como un tornado, me libera de las cadenas. Primero las extremidades, y después la cintura. Sus manos me sujetan para que no caiga a peso y para ser un hombre que disfruta haciéndome barbaridades, puede ser muy delicado.
Me miro la marca y parece un tatuaje, salvo que con más relieve. Me escuece un poco. La A está hecha de tinta, pero también parece una cicatriz. Unas pequeñas gotitas de sangre caen por mi pierna despacio.
—Lo has hecho —dice con ojos brillantes mirando la marca con pura devoción.
—No tiene importancia.
—Tiene muchísima.
En mi estómago de psicópata revolotean mariposas negras con alas acabadas en punta. Parece que nadie le haya regalado nunca nada y yo acabe de obsequiarle el mejor regalo de todos.
Quiero comerme a este hombre y no dejar ni las raspas.
—Debería curártelo y cubrírtelo.
—No hace falta, estoy bien.
—Ven aquí —me coge la muñeca con dulzura y tira de mí.
Me quedo quieta cuando vierte agua, pone un poco de pomada y cubre la marca con una pequeña gasa. El dolor de la herida me deja goteando y no precisamente de sangre.
Puede que lo que me ha hecho me haya gustado, pero todavía estoy hambrienta. Así que en cuanto deja el kit de primeros auxilios, trepo por su cuerpo y le beso.
Me ha privado de sus labios todo este tiempo y los he echado de menos. Muchísimo de menos. Pero mi ego resucita, me recuerda la tortura de Adrien y, mordiéndole el labio con fuerza, me libro de sus brazos.
—Estoy cabreada contigo —admito paladeando la imagen que se me presenta.
Un Adrien empalmado con las pupilas dilatadas y los labios llenos de su sangre.
Deliciosa, por cierto.
—De acuerdo —dice acercándose, a medida que yo me alejo.
—¿Y si ahora soy yo la que quiere negarte lo que necesitas?
—Lo que necesitamos —me corrige.
Me arden un poco las mejillas de la gran verdad que acaba de soltar, pero ya las tenía rojas del orgasmo, así que dudo que lo vea.
Pongo la mano contra su pectoral cuando me alcanza.
—Voy a ponerte a prueba.
—¿Perdona? —su voz rasposa me eriza la piel.
—Si tan obsesionado estás conmigo, seguro que te crees capaz de encontrarme.
—¿Quieres que te deje corretear por ahí tú sola? —alza las cejas con arrogancia.
—Quiero que cojas ese cuchillo de ahí y lo uses conmigo si me atrapas.
—Querrás decir cuando te atrape —corrige de nuevo poniendo la mano sobre la mía y acariciándola mientras se relame los labios, algo que me gustaría hacer a mí.
Dios, cuánto deseo a este hombre.
Me cuesta lo mío, pero me alejo de él.
Empiezo a subir las escaleras que dan al piso de arriba, despacio.
—¿La puerta está abierta?
—Sí —dice quedándose a los pies de la escalera, dándome lo que deseo.
El corazón me late a toda velocidad, igual que mi coño sediento de su semen. Me quito el collar de asfixia y lo dejo caer al suelo, pero me dejo el de las perlas. Es quien soy.
¿Debería buscar cloroformo y vengarme de Adrien teniendo nuestra primera vez sin que él esté consciente? Eso sería demasiado cruel incluso para mi gusto.
—Dame dos minutos.
—Te doy diez segundos.
—Eso no es justo. No conozco esta casa. Un minuto, al menos.
Me sostiene la mirada. No le gusta nada ceder, pero esta es la Clara rebelde que tanto quería y yo ya no estoy dispuesta a renunciar a ella.
—Corre.
No tiene que decírmelo dos veces.
Echo a correr sin mirar atrás.