Capítulo 151
N unca he odiado más a nadie en toda mi vida.
Correrme mal ha sido casi peor que no correrme.
Odio mi cuerpo. Odio lo débil que soy al sensual tono áspero de su voz y lo fácil que es para mi cabeza imaginar todo lo que narra. Cosas preciosas que mataría por hacer y que él me hiciera. Y después ni siquiera me sentiría culpable.
Soy una psicópata. Y ahora mismo ni siquiera me importa.
Cuando ha vuelto a aparecer frente a mí lo ha hecho sin la máscara y con su insoportable rostro atractivo a la vista. Este hombre me convierte en un manojo de debilidades impuras.
Cuando Adrien me quita los cascos yo ya ni siquiera tengo ganas de arrancarle la cabeza.
—¿Cómo estás? —pregunta acariciando mis brazos para luego clavarme las uñas.
El dolor y el placer son lo mismo para mi cuerpo atontado y desesperado, borracho de adrenalina y excitación no-satisfecha, así que unas gotas densas resbalan de mi entrepierna.
—Te necesito dentro de mí.
—No hables así. ¿Qué hay de la marca? —acaricia mis pliegues con la fría barra metálica—. ¿Quieres que te la haga?
Llegados a este punto le dejaría hacerme cualquier cosa con tal de que me tocara el clítoris que ha ignorado a conciencia hasta ahora.
El problema está en que mi puto orgullo no me deja. ¡Y es lo que va a conseguir que acabe muerta! Muerte por abstinencia de lujuria.
No me soporto, en serio.
—¿Clara?
—Púdrete.
Le brillan los ojos cuando asiente y deja de tocarme. Me ofrece agua y no la rechazo para no deshidratarme.
—Creerás que me irrita esta versión de ti, pero es la que venero. Y a la que tengo que doblegar.
Sus palabras deberían irritarme, pero le imagino delante de mí. Arrodillándome. Obligándome a chupársela mientras me tira del pelo. No sería «obligar», ya que esa puta fantasía es lo que ha hecho que me corra.
Pero una vez más, mi orgullo me hace mantener la boquita cerrada.
—El poder que me des no lo usaré contra ti. Nunca —promete—. Puedes ser sumisa y seguir siendo rebelde. Seguir siendo tú.
—Cállate —le digo, porque suena de maravilla.
Acerca dos dedos a mi centro y mete la puntita.
Unos escasos centímetros.
Contraigo los músculos internos como puedo para aprisionarlo dentro de mí y él ni siquiera sonríe con arrogancia. Está tan muerto de ganas como yo . Tira del collar de asfixia sexual y me corta la respiración, hiriendo la piel de mi cuello para robarme el aire que ya me falta.
La excitación va en aumento.
—No pares.
Mete un poco más los dedos. Los hunde hasta mis profundidades.
— Clara … —gruñe con su erección creciendo más y más en sus pantalones.
Ha debido correrse mientras yo lo hacía. Esa imagen ayuda a volverme un poco más loca.
—Adrien, dios, no pares.
Saca los dedos y vuelve a meterlos. No es su polla, pero es mejor que nada. Correrme solo con las grabaciones ha sido una gran putada.
—¿Quieres otro dedo más? —pregunta y, sin dejar de tirar de la cadena, pellizca mi costado con la misma mano.
¡La cadena es larga de narices y ahora ya sé por qué! Adrien ejerce fuerza hasta hacerme un daño exquisito.
—Sí… sí .
Me lo mete. Al tiempo, se inclina para pellizcar uno de mis pezones con los dientes. Sus habilidades son impresionantes. Parece una araña y yo soy su presa.
—No pares. Hazme daño.
—¿Cuánto?
—Mucho.
—¿Cuánto, Clara? —Saca los dedos impregnados de mi miel para luego meterlos hasta el fondo y obligarme a deshacerme en gemidos.
—¡Todo el que quieras…! —suplico y grito cuando los curva.
Esta vez no está parando. No va a dejarme vacía de un momento a otro, ¿verdad?
Un poco más rápido y hará que me corra.
Dios, sí, por favor. Por favor, solo quiero correrme así.
—Te tocaré el clítoris si me dejas marcarte.
Chillo ante la idea.
Mi clítoris hinchado y anhelante acepta de inmediato desde el sur de mi cuerpo. El orgullo ya no controla mis labios. Ni siquiera puedo pensar mientras sus dedos entran y salen de mí más despacio de lo que necesito.
QUÉ TORTURA.
—Clara.
—Hazlo. Por favor, márcame y tócame. Fóllame con lo que quieras, pero duro.
Se aleja un poco de mí, pero no aparta la mano de mi entrepierna.
No saca los dedos, ni frena el movimiento.
Alarga el otro brazo hasta un lugar donde mi vista no alcanza, donde tiene toda la pinta de haber unas brasas.
Cuando vuelve a colocarse frente a mí, la letra metálica con pinchos está al rojo vivo.
—¿De verdad quieres que te marque?
Me da miedo el daño que quiero que me hagas.
Me asusta admitirme que solo estaría dispuesta a esto contigo.
—Sí. Te lo suplico. ¡Haz lo que quieras, pero déjame correrme bien! —grito, poseída.
Sonríe con malicia, con triunfo y lujuria.
Ataca mi clítoris y chillo de la impresión. La hipersensibilidad me va a destrozar viva. Estoy al borde del orgasmo cuando vuelve a curvar los dedos dentro de mí, esta vez sin que su pulgar deje de hacer círculos en mi botón de placer. ¡Una sola mano no debería poder abarcar tanto!
El orgasmo me arrolla de sopetón y es salvaje, profundo y muy intenso. Entonces los dientes metálicos de la A se clavan en mi carne y noto cómo el metal me quema.
La quemadura abrasa mi piel y el dolor es mucho mayor que la excitación, incluso para un cuerpo trastornado como el mío. Pero solo durante un segundo porque después el metal cae al suelo y sus dos manos me colman de atenciones.
Mi clítoris responde dando la talla, amortiguando las quejas de mi piel y prolongando el orgasmo que merezco.