Está dentro de mí (Depredador Enmascarado 2) Capítulo 128
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Capítulo 128

M e meto entre los árboles del lado opuesto de la carretera y corro todo lo rápido que puedo. Las hojas hacen resbalar la suela de mis deportivas. Las ramas bajas tampoco ayudan: me cortan la piel que encuentran, ¡pero no me detengo!

Las palpitaciones de mi sexo tampoco lo hacen.

Oigo el estruendo de los pasos de Adrien y es la melodía más aterradora que he escuchado en toda mi vida. El corazón me va a reventar.

Soy más rápida de lo que lo he sido en toda mi vida, pero nada es suficiente. No pongo tierra de por medio. Aun así no me rindo. Me arden los cuádriceps, pero no aflojo el ritmo lo más mínimo.

Al mirar por encima de mi hombro lo veo pisándome los talones y me arranca un grito desde lo más profundo de mi ser.

Intento lanzarle todo lo que pillan mis manos, pero esta no es una cacería justa.

Nunca lo fue, ¿verdad?

Sus brazos me alcanzan. Chillo y rodamos por el suelo.

No pierdo la oportunidad y, colocándome encima, le muerdo el cuello hasta que noto el sabor metálico de la sangre inundarme la lengua. Salgo escopeteada de nuevo, pero Adrien me agarra del tobillo y estrello la cara contra el terreno.

Las hojas que antes me han hecho resbalar ahora amortiguan el impacto.

Sujetándome únicamente por el tobillo, el enmascarado me da la vuelta y su despliegue de fuerza genera un maldito charco en mis bragas.

—¡Tengo que volver con mi hijo!

Me mira desde las alturas, cerniéndose sobre mi cuerpo, abriéndome las piernas y colocándose entre ellas.

—Tu hijo está a salvo y no gracias a ti. —Su voz amortiguada por la máscara suena todavía más gutural, cruel, animal y despiadada.

Tiene razón.

La culpa me anega los putos pulmones, pero entonces Adrien tira de mi camiseta exponiendo mis pechos a la luz de la luna.

—Dime que pare.

Estoy a punto de gritar su nombre cuando su mano rodea mi cuello y empieza a asfixiarme. Mis pezones se endurecen hasta el infarto. Mi clítoris tiembla.

—¡Adrien! —chillo sin aliento, negándome a seguir sus órdenes.

Su enorme polla se frota contra mí y dudo si voy a correrme antes de morir.

Tengo un trono esperándome en el infierno, pero voy a caer al inframundo por todo lo alto.

Vuelvo a gritar su nombre cuando me suelta. Sus manos desnudas amasan mis pechos con brutalidad y deseo ardiente. Empiezo a marearme de tanta adrenalina y excitación.

Mis pezones reciben la fricción que necesitan y se me arquea la espalda como para romperse.

—Dilo una sola vez y te dejaré marchar. Joder, dilo y no volveré a tocarte.

Inhalo su aliento mentolado ignorando la vía de escape, apretando las piernas a su alrededor a pesar de que estoy muerta de miedo.

Por él.

Por mí.

Por esto.

Gruñe como si estuviera muy enfadado, pero su inmensa erección dice otra cosa. Desciende por mi cuerpo y me abre tanto las piernas que me duelen las caderas. Puto pilates, ¡¡no me sirves de nada!!

Me arranca los pantalones y oigo un crujido. El tanga. Lo ha hecho pedazos.

Aunque no puedo pensar en eso cuando el sonido ronco que emite al verme completamente desnuda y expuesta se me graba a fuego desde la piel hasta el hueso.

Acorta la distancia. La plata y la obsidiana de la máscara rozan mi sexo produciéndome escalofríos. Inhala con fuerza y me clava los dedos en la carne como si me tuviera rabia. Como si me odiara . Puede que lo haga.

—Casi matas a tu hijo por ser una cobarde. —Adrien se levanta un poco la máscara, lo justo para dejar al descubierto su boca, y se cierne sobre mí.

—¿Qué? ¡No es verdad!

—No has huido con él porque temieras por su seguridad. Has huido porque sabías que iba a pasar justo esto y querías que ocurriera. —El piercing de su lengua entra en contacto con mis pliegues y me rompo en gemidos.

—¡No!

Me muerde y chillo. El placer se alarga como un chicle y yo me rompo como el cristal.

—Las mentiras no son bien recibidas. —El frío del metal choca contra mi clítoris y veo lucecitas tras mis párpados.

SOCORRO. ¡Un solo roce ya es absolutamente demencial!

—Ni una. Ni dos. Ni tres mentiras. —Me mete tres gruesos dedos de golpe y los impregna de mis deseos más oscuros—. Ahora que tienes a un enmascarado entre tus piernas, ¿quieres que pare?

Quiero correrme.

Es lo único que he querido, quiero y querré el resto de mi vida.

Y quiero que sean sus perfectas manos, su puto piercing, su salvaje boca o cualquier apéndice de su anatomía los que lo provoquen. Por mucho que desear a un hombre perturbado me condene, así es.

Mi orgullo no me permite admitirlo, pero me deshago en gemidos suplicantes.

—Mírate, estás dejando que te meta los dedos un asesino. La sangre de otras personas está entrando en tu precioso coño. ¿Quieres que te la limpie? —Succiona mi clítoris con fuerza y me retuerzo.

—Sí, sigue —ruego al borde del éxtasis—. No pares.

—Dios, sabía que eras deliciosa.

Le miro. Le veo entre mis piernas y mi corazón se sacude al admitir que ya he soñado esto antes. SOLO QUE AHORA ES LA PUTA REALIDAD.

No puedo más.

Caigo rendida ante su tortura y el orgasmo me sacude hasta el alma. Parece romperme todos los huesos. Reconstruirme. Quemarme viva y no dejar ni cenizas. Me aferro a su pelo oscuro mientras él succiona con fuerza y entra y sale de mí con los dedos.

Pasa un instante.

Otro.

La explosión de fuego interno y placer desbordante que casi provoca que me desmaye empieza a ser un recuerdo, pero yo sigo sin ser persona. Nunca volveré a ser la que era.

—¿Hay alguien ahí? —preguntan varias voces lejanas, que apenas oigo.

—Cariño, creo que deberíamos llamar a la policía. Parece haber sido un accidente.

—Pero, ¿y la gente? Mira, eso parecen disparos. Dios mío.

—Voy a llamar a la policía.

En un momento la lengua de Adrien estaba enterrada en mi sexo como si buscara el tesoro perdido, con su piercing como única brújula, y al instante está abrochándose los pantalones y saliendo de entre los árboles con su voz de policía conciliador.

Todo lo conciliador que puede sonar cargando con una erección más grande que una puta secuoya milenaria.