Está dentro de mí (Depredador Enmascarado 2) Capítulo 125
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Capítulo 125

T engo que reconocérselo, su ingenio me ha gustado bastante.

—Cálmate.

—Estoy calmado.

—Vamos a doscientos.

Estoy calmado de la hostia.

Se me escapa una carcajada.

—¿No te parece gracioso, Aileen?

—Seguramente no. ¿El qué?

—Somos agentes del FBI y Clara ha pensado que no podríamos seguirla. ¿Acaso piensa que el FBI está por encima de robar coches? —Oigo mi carcajada de nuevo.

Ahí están.

Claro que ella no va a doscientos, lleva a su hijo en el asiento de atrás.

Entonces veo las motos. Son tres. Reconozco los logos de los cascos en cuanto los veo. Joder, ¿cómo no había pensado en esto?

—¿Son…?

—Sí.

—Saca el arma por la ventanilla.

No tengo que decírselo dos veces.

Adelanto el furgón de Clara y doy un volantazo para que nuestro coche los cubra. Aileen y yo disparamos a través de su ventanilla. Una lluvia de balas arremete contra nosotros, pero mi hermana tiene una jodida puntería que casi es tan buena como la mía.

Caen uno a uno hasta que la sangre chorrea de los cascos con calaveras azules y se hace el silencio. Miro a Clara y compruebo que no hay ni un solo disparo en la luna delantera del furgón.

Respiro aliviado.

Aileen y yo caminamos hasta las motos.

—Hombres de Elia Dawson —murmura.

—Sí.

—Joder, ¿también nos buscan ellos?

—La muerte de Kenerick ha debido atraer las miradas de mil agentes distintos que estarán escarbando en toda la mierda turbia que ocultaba el señor Ashcroft.

—Eso quiere decir que hay mucha gente poderosa cabreada.

—Sí. Elia es exmilitar. Sabe cómo tirar de los hilos. Es probable que le hayan dicho que no abandoné el caso después de que me suspendieran y esta sea su delicada manera de advertirnos que viene a por nosotros. O peor —miro por encima de mi hombro—. A por ellos.

—Qué bonito. Así que nos persiguen un puñado de asesinos con sed de pasta gansa, algunos de nuestros compañeros del FBI que no llevaban una vida muy puritana que digamos y ahora también el grupo de exmilitares de Elia Dawson.

¿Qué será lo próximo? ¿Hitler ha resucitado y va a ponernos la zancadilla?

El motor del furgón se enciende y, que me parta un rayo, Clara parece tener intenciones de salir pitando de aquí.

Me doy la vuelta, camino hasta ella.

—Adrien —advierte Aileen, pero yo no estoy para advertencias.

Pongo las manos sobre el capó.

—Baja. Ahora —ordeno.

Clara sacude la cabeza despacio, como si desobedecerme en silencio no fuera tan grave.

Dedico unos segundos a barajar mis opciones mientras Liam le pregunta qué ocurre. Tiene los ojos tapados, fijo que su madre se lo ha pedido para que no viera toda la sangre.

—No me perdonarás si asusto a tu hijo —digo en tono lo bastante bajo como para que solo lo oiga ella—. Pero romperé el cristal de tu ventanilla y te sacaré del coche a la fuerza si no mueves tu bonito culo rebelde hasta aquí, çmenduria ime.

Aprieta los labios, guardándose para sí todos los insultos y baja del furgón. Chica lista.

—Aileen —bramo sin apartar la vista de Clara—. Llévate a Liam al motel.

—No, de eso nad… —empieza Clara, pero yo la atraigo hacia mí para que me escuche.

—¿Prefieres que vea los cadáveres?

Hace una mueca de frustración contenida y niega con la cabeza. Aileen le coge las llaves y ni siquiera le lanza la mirada asesina que se merece.

—¿Pero qué ha pasado? —pregunta Liam—. Hace un segundo estaba dormido y ahora…

—No te preocupes, solo ha sido un cambio de planes que está a punto de volver a cambiar.

—¿Y ese otro coche de dónde ha salido? ¿Es nuestro?

—No, solo ha sido un préstamo. Aunque creo que sí vamos a apropiarnos de alguna moto —dice Aileen subiendo al asiento del conductor.

Clara exhala enrabiada, da un paso hacia el furgón y engancho el elástico de su pantalón frenando sus encantadoras intenciones.

—Tú te quedas.

—¿Para qué?

—Vas a esperarme aquí quietecita mientras entierro los cuerpos.

Se revuelve asqueada.

—¿Por qué no puedo volver al motel con ellos?

—Porque es lo que quieres y no voy a dártelo. Como poco, te mereces un castigo por la temeridad que has hecho. Ya tienes bastante con tu deuda, no añadas más condenas a la lista.

—¿Qué deuda?

—Me prometí que te haría pagar todas las veces que estuviste con tu marido. Y soy un hombre de palabra.

—¡¿Qué?! —jadea, atragantándose con su propio aire, dejando los labios en una posición obscena y la boca abierta.

Joder, qué bien voy a pasármelo castigándola.