Capítulo 100
H e soñado muchas veces con que Clara me tocaba, cosas mucho más sucias que este inocente gesto. Y, aun así, parece que me va a dar un infarto. Me giro hacia ella e inhalo con profundidad llevándome su olor conmigo.
La hostia.
Me doy cuenta de que ella no lo hace. Respirar. Tiene los labios entreabiertos, el ceño fruncido y un millón de palabras atascadas en alguna parte de esa cabecita. Y algo todavía mejor: como si quisiera luchar contra algo inoportuno que está sintiendo.
El color de sus mejillas me hace recordar lo que sentí cuando la vi correrse. Lo que explotó en mi pecho al meterme en su boca.
—¿Quién eres?
Tu peor pesadilla.
—Sube al furgón, çmenduria ime .
—Tengo que irme. Poner a mi hijo a salvo.
—Si te vas, acabarás muerta. Si quieres proteger a Liam, métete en el coche y empieza a confiar en mí.
—¿Cómo voy a hacer eso si no te conozco?
Llevo el pulgar hasta su labio inferior. Se sobresalta, pero se queda donde está, sin impedirme que la toque. Tiro de él hasta que expongo la parte interna, y dejo que el gesto hable por sí solo.
—¿Quieres que vuelva a besarte, Clara?
—No.
Me alejo y ella imita mis movimientos manteniéndose cerca. Se muere por seguirme, pero es evidente que no le gusta la idea de alejarse del coche, donde Liam duerme. Veo el conflicto en sus increíbles ojos azules.
Se nota que el peso de todo lo que ha vivido empieza a hacer mella en ella, a hundirle los hombros. Está llegando a su límite.
Voy a romperla. A reconstruirla. A obligarla a no esconderse nunca más tras la máscara de perfección que ha creado. Es toda una desgracia para ella que haya podido ver quién es en realidad, pero ya no hay vuelta atrás.
—Los niños siempre dicen la verdad, ¿no? —desvío la mirada hacia el furgón, donde Liam duerme—. Él confió en mí.
Sé que es muy sucio por mi parte usar a su hijo contra ella para que haga lo que quiero, pero funciona. Me acerco a ella para besarla, pero no me lo permite. Lo único bueno de su rechazo es que se mete en el furgón.
Entro en el establecimiento pensando en el cabrón de su marido, en todo lo que escuché, lo que vi, y todas las veces que soñé con despedazar a cualquiera que la cabrease.
Yo nunca la pondré celosa.
Mataré a cualquiera que la incomode.
Y si alguna vez considerara que no tiene suficiente de mi atención, nos encerraré en una minúscula habitación hasta que cambie de parecer. Joder, quiero esposarme a ella. Quiero que le parezca mal y aun así, hacerlo de todas formas.
Clara aún no lo sabe, pero de mí no podrá escapar jamás.
Ni siquiera después de muerta.