Liam
Días atrás.
E nciendo mi espada láser y cojo mi revólver de balines con la otra mano. Alumbro mis pasos por el pasillo para no encender ninguna luz.
Mamá acaba de subir a su habitación, pero creo que aún tengo tiempo, que él no se habrá ido todavía.
Corro a toda velocidad. En pijama, pero con deportivas.
Apago la espada para no ser visto y me adentro en el jardín buscando entre los árboles. Lo encuentro porque tiene ese vicio tan feo y malo de mamá: fumar.
—Hola —le digo y se da la vuelta para mirarme—. ¿Eres amigo de mi mamá?
Asiente, pero no me fío.
Enciendo la espada láser y la hierba junto al camino se tiñe de color rojo.
—¿Y por qué te escondes? ¿Por qué no llamas a la puerta o entras en casa?
Te he visto más veces, aunque mamá solo dos.
Vaya máscara tan chula. ¿De dónde es, por cierto?
¿Y tienes otra más pequeña? —sacudo la cabeza intentando centrarme—.
Bueno, lo que verdaderamente quería preguntarte es qué haces aquí. Aunque si me contestas a todo genial.
Lo oigo reírse. No puedo evitar sonreír también.
Se me cae un poco la mano de la espada láser.
—No hablas mucho por lo que veo.
Sacude la cabeza. Quiero preguntarle si es mudo, pero estoy bastante seguro de que sería de mala educación. A mí no me importa que lo sea, pero igual él tiene complejo. No debería, no es nada malo.
—Entonces, ¿eres su amigo?
Mueve la cabeza de nuevo diciendo que sí y saca un montón de papeles de su bolsillo.
Los deja en el suelo y retrocede. Me acerco a ellos palpándolos primero con mi espada láser, por si acaso ha puesto un bicho o algo raro dentro. Como una granada.
Veo que no, así que los cojo. Voy abriendo las notas de una en una. Todas dicen cosas sobre mamá. Quiere protegerla.
—No te lo vas a creer —me enderezo—, pero mamá necesita ayuda.