22 CASA
A las siete y veintiséis de la mañana entro en casa y encuentro a mi novio en el suelo del recibidor insultando un mueble.
Dani está sentado con las piernas cruzadas delante de una estructura blanca a medio montar. Hay tornillos, dos tablas, un destornillador y unas instrucciones abiertas entre él y Lúa, que observa el desastre con la serenidad de quien no piensa asumir responsabilidad.
—No preguntes.
Llevo once horas de turno. Me pesan las botas, la espalda y la cabeza. Cierro la puerta y miro una tabla colocada con los agujeros hacia fuera.
—Es mi casa. Puedo preguntar qué has hecho.
—He seguido las instrucciones hasta que dejaron de merecer confianza.
—La has montado al revés.
Dani señala el papel como si pudiera recurrir la acusación. A su lado está la copia de la llave que le di ayer antes de entrar de noche. Ya lleva una cinta amarilla en el llavero. Tardó menos de una hora en modificarla.
—He venido a sacar a Lúa a las seis cuarenta —explica—. Dijiste que el turno podía alargarse. Ella tenía energía, yo café y había una caja aquí. La secuencia causal es impecable.
—La caja era mía.
Dani mira el zapatero y después a mí.
—¿Tú compraste esto?
—Sí.
—¿Para qué?
Me quito la cazadora.
—Tus zapatos estaban en medio.
—Son dos pares.
—Dos pares en medio.
Tarda demasiado en responder. Dani había negociado un par y unas zapatillas en mi casa como si estuviéramos cerrando un tratado. Yo encargué un mueble porque tropezar con ellas empezaba a cansarme. Ninguna de las dos cosas parecía importante hasta verla junta en el recibidor.
—Para mis zapatos —dice al fin.
—Para zapatos.
—Los tuyos ya tenían sitio.
—Ahora habrá más.
Se levanta y descubre una llave Allen pegada al calcetín. Se la quita con una dignidad limitada.
—Esto es peligrosamente doméstico, Moreno.
—Has roto un mueble antes de las ocho. No idealices.
Me acerco al pasillo. Dani me detiene de la camiseta y me besa. Debo de oler a turno, café malo y equipo. Le da igual.
—Estás hecho una mierda —murmura.
—Gracias.
—Me gustas así.
Eso es peor. Le devuelvo el beso hasta que el cuerpo empieza a recordar cosas para las que no tengo energía suficiente.
—Ducha.
—Podría acompañarte por higiene.
—No.
—Tengo visita del piso a las once.
Me detengo.
—¿El de Benimaclet?
—Sí. El de Patraix tenía efectivamente una cocina dentro de un armario. Disfruta del momento: has tenido razón una vez.
Le ofrezco mirar el zapatero después. Se niega porque pretende derrotarlo solo. Entro en el baño oyéndolo protestar por la cinta amarilla que él mismo ha puesto en su llave.
Cuando salgo, el mueble sigue vivo y Dani también, por poco. Llevo una camiseta vieja con un agujero junto al bajo, pantalón corto de dormir y el pelo mojado. Nada de uniforme, placa, botas o la versión de mí que un teléfono convertiría en vídeo.
Dani levanta la cabeza y se queda mirándome.
—¿Qué?
—Estoy revisando una hipótesis.
Su vista baja por la camiseta y las piernas. Hace meses habría pensado que la causa era el uniforme, la postura, cualquier iconografía fácil. Ahora estoy medio dormido y parezco capaz de perder una pelea contra un zapatero barato. Dani se humedece el labio.
—Tienes una visita dentro de tres horas.
—Tres horas son mucho tiempo.
Me siento en el suelo para revisar el montaje. El tornillo que intento sacar no gira. Pruebo otra vez.
—Está pasado.
Dani mira hacia otro lado cuando pregunto quién lo ha apretado.
—El sistema.
Ni con otra herramienta. Dani se acerca para examinarlo, hombro contra el mío, y deja una mano en mi muslo.
—Eso tampoco arregla el tornillo.
—No estaba intentando arreglarlo.
Estoy demasiado cansado para discutir y demasiado despierto de repente para ignorarlo.
—Antes te ponía mucho el uniforme —digo.
—Muchísimo.
Miro mi camiseta agujereada.
—Y ahora esto.
—Ahora estás agotado, llevas pantalón de abuelo y no puedes reparar un mueble que compraste para mis zapatos. Es bastante peor.
El tornillo no se mueve cuando vuelvo a probarlo.
—Estamos perdiendo —añade.
Lo beso para que se calle.
Dani termina sobre mis muslos, todavía vestidos, con el zapatero inútil a un lado. Su mano entra por debajo de mi camiseta y encuentra la margarita sin mirar. Cuando sus dedos bajan a la cinturilla, se detiene.
—¿Quieres?
—Sí.
Nos abrimos el pantalón sin trasladarnos al dormitorio ni convertir la mañana en otra gran escena sexual.
Él me rodea la polla con la mano y yo hago lo mismo.
Al principio el ritmo es torpe porque la postura es mala y las rodillas protestan.
Dani me pide más presión; ajusto. Cuando le digo que sigo cansado, me ofrece parar.
Le digo que no y esta vez la palabra significa exactamente eso.
Acabamos besándonos contra la pared mientras nuestras manos encuentran un ritmo. Dani se corre primero, sobre mi camiseta vieja, y mira el resultado con satisfacción ofensiva.
—Ha mejorado el diseño.
—Era mi camiseta.
—Ahora es pieza única.
Sigue tocándome. Necesito poco más. Me corro en su mano con la frente apoyada en su hombro y me quedo allí hasta que la noche de turno vuelve de golpe a las articulaciones.
—A la cama —dice Dani.
—Tienes que ver un piso.
—Tú tienes que dormir.
El zapatero queda como está. Dani me acompaña al dormitorio, me quita la camiseta sucia y pregunta si quiero que cierre al salir.
—Sí.
Asiente. No pregunta si puede volver luego. La llave ya responde a eso.
Me duermo oyendo, unos minutos después, el clic de la cerradura desde fuera.
Despierto a las doce y cuarenta y nueve. Lúa no está en la cama y oigo a Dani en la cocina negociando por teléfono.
—El martes me sirve si revisamos antes esa cláusula. Te confirmo esta tarde.
Salgo en ropa interior. Dani está abriendo dos táperes junto a Lúa. Uno es de mi madre.
—¿Has ido a casa de Carmen?
—Buenas tardes a ti también.
Tiene su número desde aquella vez que, conduciendo, le pedí que contestara por mí. Hoy ha devuelto el táper y mi madre ha respondido entregándole dos más. Un sistema cerrado.
—¿Y el piso?
Dani sonríe antes de contestar.
—Me lo quedo. Si el contrato está bien, firmo el martes.
La cocina existe fuera de un armario, hay dormitorio de verdad y un balcón donde cabe una mesa pequeña si una silla acepta vivir con pocas expectativas. Benimaclet. Cerca de su familia sin estar debajo de sus ventanas.
Me alegro. También siento una pérdida pequeña y poco razonable.
Dani la ve.
—¿Qué?
—Me he acostumbrado a que estés aquí.
No me sale mejor.
—Tener mi piso significa que estaré menos —dice.
—Sí.
—Y que cuando esté será porque quiero estar.
Eso coloca la sensación en un sitio más soportable. Dani mira hacia el recibidor.
—¿La llave sigue siendo mía aunque tenga casa?
—Sí.
—¿No era solo para sacar a Lúa?
—Esa fue la razón práctica. La llave es tuya.
Asiente.
—Entonces dos casas.
—De momento.
No hay plan de convivencia escondido. Dani va a firmar un alquiler propio y la copia no compite con eso. Sirve para entrar y, por tanto, también para poder irse.
Comemos arroz de Carmen. Después cada uno hace cosas distintas en la misma casa: Dani revisa el contrato y dos correos; yo pongo una lavadora, saco a Lúa y vuelvo a intentar desmontar el zapatero. El tornillo sigue pasado. No consigo arreglarlo.
Dani fotografía la pieza y escribe al servicio de atención al cliente.
—No pongas que lo rompiste.
—Una de las piezas presenta una incidencia de montaje.
—La incidencia eres tú.
—Lenguaje hostil al consumidor.
La tienda promete mandar recambio. Mi incapacidad para solucionarlo no parece afectar al orden constitucional.
A media tarde, Rubén manda una foto al grupo. El despacho que hace unos días contenía bicicleta, archivadores y cajas está casi vacío. La bicicleta reaparece en una segunda imagen, metida en el trastero.
LA BICICLETA HA PERDIDO, escribe Rubén.
Iván responde que sigue viva. Después Rubén añade que la siguiente reunión del proceso de acogida es la semana próxima y que ya verán.
Dani deja el móvil boca abajo y sigue acariciando a Lúa. Yo doblo ropa. Entre mis camisetas aparece una suya.
—Héctor, ¿tú quieres tener hijos?
Me quedo con la prenda entre las manos.
—No sé.
Dani asiente.
—Yo tampoco.
Eso me sorprende más que la pregunta. Me siento en el sofá, dejando espacio suficiente para pensar.
Dani explica que algunas veces imagina que sí y otras recuerda que un menor depende de adultos para cosas que no pueden resolverse con buena intención.
Nunca se ha preguntado de verdad si quiere ser padre o si daba por hecho que algún día acabaría siéndolo porque esa es la forma habitual de contar una vida.
—Y no quiero un hijo para demostrar que dos tíos pueden ser una familia normal —dice—. Si algún día quisiera esto, tendría que querer la parte aburrida también.
Miro alrededor: lavadora, perro, contrato de alquiler, un mueble roto que todavía no tiene zapatos dentro.
—La aburrida es casi toda.
—Gran campaña a favor.
Me pregunta qué me asusta. Esta vez no respondo solo «no sé».
—Los turnos. No saber hacerlo. Que alguien dependa de mí y no poder arreglar lo que le pase.
Dani no me dice que sería buen padre ni que todo el mundo aprende. No me convierte el miedo en virtud.
—Un niño sería una forma bastante extrema de descubrir que no puedes arreglar a otra persona —dice.
—Exacto.
—También sería alguien que probablemente ignoraría muchas de tus instrucciones.
—Para eso ya te tengo.
Se ríe. Yo también.
Acogida, adopción, otras posibilidades: conocemos palabras, no lo que exigen. Iván y Rubén llevan tiempo informándose y todavía están aprendiendo. Nosotros ni siquiera sabemos si querríamos iniciar nada.
—No me da rechazo —digo al final—. Pero no estoy diciendo que sí.
—Yo tampoco.
—Si alguna vez lo hablamos de verdad, habrá que saber qué supone para el menor, no solo qué queremos nosotros.
Dani asiente sin chiste.
—Me gustaría volver a hablarlo algún día.
—A mí también.
Eso es todo. Ningún nombre. Ningún calendario. Ninguna habitación imaginaria. Rubén corta el momento con un mensaje acusando a Iván de querer meter otra bicicleta en el despacho, y la conversación vuelve a problemas con dimensiones más manejables.
Al atardecer paseamos a Lúa por el Turia. Dani enumera muebles para el piso hasta que le digo que compre primero un buen colchón, compruebe las persianas y no encargue nada que requiera montaje sin supervisión adulta.
—Se acabó la consulta.
También le digo que mi madre lo ha invitado a comer el domingo aunque yo trabajo hasta las tres. Dani considera inquietante que Carmen ya lo convoque sin intermediario. Tiene razón. No pienso intervenir.
Por la noche vuelve a Ruzafa: Víctor tiene una visita temprano y deben revisar parte del contrato del piso. Dani guarda el portátil, deja aquí el cargador y el gel, y mete una sola camiseta en mi cajón después de intentar negociar dos.
—Tu piso tendrá armario —le recuerdo.
—Por mil cien euros espero que tenga también leyes civiles.
El zapatero sigue desmontado. El recambio llegará el lunes. El miércoles Dani sacará a Lúa. Ninguna de esas cosas exige que duerma aquí hoy.
En la puerta lo beso. Su mano entra bajo mi camiseta y durante unos segundos podríamos cambiar de plan. No lo hacemos.
—Sigo teniendo la llave —dice.
—Sí.
—Mañana cambio la cinta. Amarillo parece almacén.
—Haz lo que quieras.
—Azul.
Le devuelvo la llave que había dejado sobre el mueble al entrar. Dani la guarda y se dirige al ascensor.
—Buenas noches, novio.
—Buenas noches.
Las puertas empiezan a cerrarse. Levanta el llavero.
—Sigue funcionando aunque tenga casa.
—Sí.
Cuando desaparece, entro. Las zapatillas de Dani siguen junto a las mías porque todavía no existe un zapatero capaz de esconderlas.
El teléfono vibra.
Mi futuro piso necesitará copia de llave para ti.
Respondo:
Sí.
Qué entusiasmo.
Pienso en su cinta amarilla.
Azul.
Los tres puntos aparecen enseguida.
TE QUIERO.
Dejo el teléfono junto a mis llaves.
La suya ya no está ahí.
Se la ha llevado.
Eso es exactamente para lo que sirve.