Capítulo 26
Thalia
MI MARIDO DESDE hacía cinco años era un hombre apuesto.
Cabello negro azabache, ojos azules y un cuerpo alto y musculoso que daría envidia a cualquier estrella de Hollywood.
Por si fuera poco, estaba forrado. Cualquier mujer pensaría que tengo suerte, pero yo estaba deseando librarme de él.
Él no quería estar conmigo, y yo no quería estar con él.
Nos habíamos condenado mutuamente a un matrimonio deprimente, aunque nadie lo diría con solo vernos.
Era el acompañante perfecto, y yo intentaba ser lo mismo para él.
Era lo mínimo que podía hacer en este matrimonio espantoso, y esta noche estaba cumpliendo con mi parte.
Asistir al baile Witz era una tradición consagrada entre la élite neoyorquina.
Como evento anual de recaudación de fondos para las artes y el gran teatro de la ópera, era la invitación más codiciada del calendario.
Aparte de ver y dejarse ver, había numerosos artistas que actuaban, todo por el módico precio de dos mil quinientos dólares el cubierto.
Como patrocinador, Carey estaba obligado a asistir.
Había heredado el puesto de su padre y era el único de su familia a quien le importaba el teatro de la ópera.
Y como esposa de Carey, yo tenía que aparentar que lo apoyaba.
Me preguntaba qué pensaría Nolan Sr. de mí ahora que iba a dejar a su hijo.
Dudaba que hubiera podido hacerlo mientras él estuviera vivo.
Era demasiado controlador como para no encontrar la manera de impedirlo.
Cuanto más tiempo me quedara con él, más difícil sería irme, me decía.
Centré mi atención en la fiesta, apartando todos los pensamientos desagradables sobre mi divorcio.
La gala aún no había empezado de verdad.
Algunos invitados todavía estaban llegando, y la mayoría se encontraban en el vestíbulo presentándose.
Todo el que era alguien en Nueva York estaba allí esa noche, ataviados con espectaculares vestidos de gala y esmóquines.
Las luces brillantes, el bullicio de la multitud y la mezcla de perfumes hacían que la sala resultara aún más agobiante.
Cuanto más tiempo pasábamos en el vestíbulo, más ganas tenía de estar en cualquier otro sitio.
De vez en cuando miraba la hora, preguntándome cuándo empezaría el espectáculo.
Notaba a Carey tenso a mi lado mientras le sostenía el brazo.
Me preguntaba qué estaría pensando. Apenas habíamos hablado desde que le entregué los papeles del divorcio, y una semana después, no había hecho ni dicho nada al respecto.
Si estaba consultando con un abogado, me preguntaba qué le habría aconsejado.
Sabía de sobra que no debía actuar imprudentemente en un asunto como este.
—Deja de moverte —dijo Carey después de otra mirada fugaz a mi teléfono.
Lo miré. Seguíamos cogidos del brazo.
—Que sepas que no tengo ninguna gana de quedarme aquí toda la noche.
—No tienes que quedarte. Puedes irte cuando quieras.
—¿Incluso ahora?
Se rio.
—Cumple con tus obligaciones, esposa.
—Pronto seré tu ex —murmuré.
Me atrajo hacia él con un movimiento repentino que me sobresaltó, hasta que me di cuenta de que estaba esquivando a un camarero con una bandeja llena de copas.
El corazón se me aceleró y, antes de darme cuenta, tenía la mano en su pecho y el brazo alrededor de su cintura.
Apoyaba la mejilla contra su pecho y podía oír cómo le latía el corazón deprisa.
—¿Estás bien? —su voz era tierna y me encogió el corazón.
Me aparté lentamente de su abrazo y me aclaré la garganta, avergonzada por haberme aferrado a él de esa manera.
Asentí. No debería haberme afectado así, no después de tantos años, pero ahí estaba, temblando entre sus brazos.
Estaba a punto de darle las gracias cuando su atención se desvió.
Le brillaron los ojos y seguí su mirada.
En cuanto me di cuenta de a quién estaba mirando, se me encogió el estómago.
Su novia. Él nunca lo admitiría, pero yo lo sabía.
Llevaban viéndose casi un año. No debería estar enfadada.
El único problema era que ella era demasiado guapa.
Cada vez que estaba en su presencia, me hacía sentir que no daba la talla como esposa de Carey.
Gemma tenía una sofisticación natural que yo jamás podría alcanzar, y era una mierda tener que reconocer por qué le gustaba a Carey.
La observé mientras se deslizaba por la sala, saludando y abrazando a la gente hasta que nos vio.
Gemma saludó con la mano y vino hacia nosotros. «Mejor dejar espacio a los tortolitos», pensé, mientras intentaba soltar la mano del brazo de Carey, pero él me retuvo a su lado hasta que fue demasiado tarde para irme sin que resultara incómodo.
—¡Hola! —Gemma nos dedicó una sonrisa radiante—. Os estaba buscando. No sabía que ya habíais llegado.
Más bien a uno de los dos. Dudaba que a Gemma le importara si yo estaba allí o no. Aun así, para ser la amante, era muy cordial y nunca había intentado marcar territorio en público.
—Bueno, ¿qué os parece? —dijo, señalando a la multitud—. Menuda asistencia, ¿no? Kelly cree que esta va a ser la más grande hasta la fecha.
Carey la abrazó.
—Te has superado.
—Gracias —rebosaba orgullo cuando se separó de él y se volvió hacia mí.
Tuve que darle el abrazo de rigor, por mucho que me fastidiara.
Por más que lo intentara, incluso después de cinco años de matrimonio muerto, seguía sintiendo celos de ella.
Nunca podría ser como ella. Carey nunca me miraría de la misma manera que la miraba a ella, y eso dolía.
Reprimí los celos y esbocé una sonrisa forzada.
—Parece que va a ser un éxito.
—Todo esto es mérito de tu marido —Gemma le dio un golpecito a Carey en el brazo—. Fue él quien sugirió que invitáramos a celebridades más importantes. El comité no quería gastar más de lo necesario, pero hasta ellos tienen que admitir que va a merecer la pena.
Su entusiasmo era contagioso. No me extrañaba que le gustara.
A mí la recaudación de fondos me daba igual, pero de repente quería que fuera un éxito.
Gemma era difícil de odiar, y cuanto más hablaban Carey y ella del evento, menos ganas tenía de seguir allí.
Se apoderó de mí esa horrible sensación de estar de más, y cuando ya no pude fingir que formaba parte de la conversación, me disculpé.
Recorrí la sala con la mirada y vi un rostro familiar.
Se me alegró el corazón y fui directa hacia la única persona capaz de animarme en cualquier momento.
Darcy Watson estaba trasteando con la cola de su vestido con una mano mientras equilibraba un bolso de mano con incrustaciones de rubíes y una copa de vino en la otra.
—¿Necesitas ayuda con eso?
Levantó la cabeza de golpe con el ceño fruncido, pero enseguida sonrió. Soltó la cola y abrió los brazos de par en par.
—¡Hola, tú!
Nos saludamos con besos al aire.
—¿Dónde está el hombre de la hora? —miró alrededor y entrecerró los ojos cuando su mirada se posó en Carey y Gemma.
—No conservas a tu hombre dejándolo con los buitres.
—Los buitres pueden quedárselo. He pedido el divorcio —un camarero pasó junto a nosotras y cogí una copa de la bandeja—. Mientras no sean descarados en público, me da igual.
Darcy casi escupe la bebida.
—¡¿Qué?! ¿Cuándo?
—La semana pasada. No lo ha firmado y cree que es algún tipo de trampa o algo así.
—Eso es... una noticia importante. ¿Estás segura de esto?
Apuré media copa de vino mientras una sensación de pavor me oprimía el pecho. Asentí. —Ya es hora de acabar con esta farsa de matrimonio.
Darcy me frotó el brazo para consolarme. —Estás despampanante, por cierto. El dorado te sienta de maravilla.
—Gracias.
El vestido ceñido de lentejuelas centelleó como si respondiera al cumplido.
—No sé cómo puede fijarse en otra mujer estando tú tan guapa.
—Bueno, Gemma es muy guapa y encantadora…
Y todo lo que yo nunca podría llegar a ser.
Darcy, con su metro ochenta, era más alta que la mayoría, y cada vez que hablaba se agachaba un poco, flexionando las rodillas e inclinando la cabeza.
Me hacía sentir como si me estuviera contando un secreto.
—No lo sé —dijo, mirando por encima de mi hombro—.
No veo lo que tú ves. Tu marido parece querer devorarte cada vez que entras en una habitación.
Mira, ahora mismo no te quita los ojos de encima.
Cometí el error de girarme para comprobarlo, y nuestras miradas se cruzaron. Un escalofrío eléctrico me recorrió la espalda. Me volví hacia Darcy con las mejillas ardiendo. —Seguro que está pensando en cómo matarme y salir impune.
Darcy alzó la barbilla. —Mhmm —frunció el ceño y dio un sorbo a su vino—. Tú lo conoces mejor que yo. Pero ¿divorcio? Dime que al menos tienes un buen abogado. Conozco a varias, si quieres una que le saque hasta el último céntimo.
—Gracias, pero no pienso pelearme con él. No quiero nada suyo.
—¿Tan bueno es el acuerdo prenupcial?
—Voy a renunciar al acuerdo prenupcial. No quiero nada de él.
A Darcy se le abrieron los ojos como platos. —Thalia, cariño, ¿estás segura? Estamos hablando de un Hawthorne. Solo con el divorcio podrías hacerte rica.
—Quiero librarme de él.
—Puedes librarte de él y quedarte con su dinero —negó con la cabeza—.
No estás pensando con claridad —sacó el móvil del bolso y tecleó un par de veces—.
Aquí tienes su número —mi teléfono vibró—.
Escucha lo que te diga. Hazme caso. Puede que ahora estés enfadada con él, pero te mereces algo después de cinco años casada con él, ¿no?
Se lo contaba todo a mi amiga, pero nunca le había revelado la verdadera razón por la que me casé con Carey. Ella, como la mayoría, creía que había sido por amor, un amor que se había echado a perder con los años, y no tenía valor para contarle la verdad. La vergüenza me lo impedía. —Darcy.
Levantó la mano para hacerme callar. —Que llegaras al matrimonio «sin nada» no significa que no te hayas ganado algo durante estos años. Ay, Dios —su mirada se desvió por encima de mi hombro y torció el gesto con asco—. El escuadrón pastel.
Puse los ojos en blanco. —Por favor, no me digas que vienen hacia aquí.
Sonrió con suficiencia. —Lo siento, amiga.
En cuanto me giré, vi que las dos mujeres ya venían hacia nosotras.
Las exmodelos destacaban por encima de la mayoría, igual que Darcy, pero a diferencia de ella, me hacían sentir como un hobbit cada vez que me ponía a su lado.
Sus vestidos no eran de tonos pastel, pero tenían un estilo similar.
Bree llevaba uno azul medianoche que lucía su escote retocado quirúrgicamente, mientras que el de Rhea, de corte parecido, poco hacía por realzar su busto mucho más discreto. Faltaba la tercera del grupo.
—¿Dónde está Vi?
—¿No te has enterado? —dijo Darcy—. Su marido la mandó a Bulgaria después del escándalo con el chef. Dicen que la tiene prácticamente bajo arresto domiciliario. Aunque si se estaba tirando al servicio, tenerla encerrada no va a servir de nada, pero vamos, es mi opinión.
—Joder. ¿Cuándo fue eso? ¿Está bien?
Violet nunca me había caído bien. Era la más cruel del grupo, pero no se merecía que la encerraran en una mansión en un país extranjero, aunque le hubiera puesto los cuernos a su marido.
—Hace un par de semanas. Está bien. Hablé con ella ayer y parece que está bien. Y conociendo a su marido, tan blandito él, seguro que ya han hecho las paces. A ese viejo le encantan sus trofeos.
Bree y Rhea llegaron en ese momento y cambiamos de tema de inmediato.
Nos dimos besos al aire y Bree me elogió el vestido.
Le devolví el cumplido: llevaba unas joyas impresionantes, no tan horteras como de costumbre.
Darcy y yo estuvimos charlando con ellas unos minutos, y cuando la conversación derivó hacia el mundo del modelaje, desconecté.
Recorrí la sala con la mirada y volví a encontrarme con él.
Me estaba mirando con el labio curvado en una mueca.
Quise soltar un bufido. Seguro que le molestaba verme con cazafortunas conocidas. Allá él.
Pero que me despreciara tan abiertamente seguía escociendo, y cuando ocupamos nuestros asientos en el palco y empezó el espectáculo, me volví hacia Carey.
—No es lo que piensas —le susurré. Siguió mirando al escenario sin inmutarse.
Estaba a punto de repetirlo cuando apretó la mandíbula y dijo: —No he dicho nada.
Mientras contemplaba su hermoso perfil, comprendí que dijera lo que dijera, nunca me creería. Intentar demostrarle que no era la mujer horrible que él imaginaba resultaba inútil.
—Sí.
Se volvió hacia mí.
—Tendrás tu divorcio.
Era lo que quería, ¿no? Debería alegrarme. Pero solo sentí una profunda tristeza.