Capítulo 23 #2
Me pregunté a qué se refería. Mi padre también la había atrapado a ella, supongo.
Le había prometido riquezas si se casaba conmigo, y en cierto modo, le había dado lo que quería.
Ahora era una mujer rica. Esperé a que la amargura habitual me llenara la boca cada vez que pensaba en ello, pero la amargura no llegó.
Era como si la traición ya no me importara.
Simplemente me alegraba de que estuviera conmigo, como en los viejos tiempos.
Cuando su padre, o mi padre, o cualquiera de nuestros padres no importaban.
Cuando no se interponían entre nosotros.
—¿Te acuerdas de cuando iba a limpiar tu habitación y tú siempre estabas allí? Tu hermano me dijo que manipulabas el horario de las empleadas a propósito —su voz sonaba despreocupada, como si estuviera preguntando por el tiempo; mientras tanto, me estaba dejando en evidencia.
—Yo no haría caso a nada de lo que digan mis hermanos. ¿Quién te lo contó?
Se rio.
—¿Qué más da quién me lo dijo? Es Nolan, ya que insistes.
—Ese rata.
Se le iluminaron los ojos.
—¡Entonces es verdad!
Estaba a punto de negarlo, pero ¿qué sentido tenía? Mejor soltar la verdad.
—En aquella época me gustaban las chicas guapas. Y tú eras una chica guapa que trabajaba en nuestra casa a tiempo parcial. Hice lo que habría hecho cualquier adolescente —dije con el tono más indiferente que pude fingir.
—Jamás habría imaginado que te gustaba. ¿No le dijiste a uno de tus amigos que no saliera conmigo porque tenía gonorrea?
Joder. Menudo capullo era en aquella época.
Recordaba perfectamente a qué se refería, como si hubiera pasado ayer.
Chester, uno de mis colegas, la había visto por nuestra casa y se había encaprichado de ella.
La seguía con la mirada cada vez que estaba en la habitación, y eso me hacía hervir la sangre.
Pero como era un capullo que no quería que nadie supiera lo pillado que estaba por Thalia, nunca dije simplemente que ella era intocable.
En vez de eso, difundí un rumor asqueroso sobre ella.
—Era porque te quería para mí solo —dije.
Thalia enmudeció. Se quedó quieta con los dados en la mano y me miró fijamente.
—¿Qué? ¿No era obvio?
—Para nada.
Seguía estupefacta.
Era tan obvio que hasta mi padre parecía haberse dado cuenta.
—¿Por qué no hiciste nada al respecto?
—No lo sé. Era joven y tonto. Da igual, de todos modos. Tú solo tenías ojos para Chester y nunca te dignaste a mirarme.
—Tú también me gustabas —dijo en un hilo de voz.
Extendí la mano sobre la mesa y tomé la suya.
—¿Es verdad?
Asintió.
—Ojalá las cosas hubieran sido de otra manera, ¿eh?
Respiró hondo y retiró la mano.
—Carey, tengo algo que decirte.
La puerta del apartamento se abrió y ambos nos quedamos inmóviles al oír que alguien entraba. Me levanté para ver quién era. Thalia me siguió. Los pasos se dirigieron hacia la cocina y fui tras ellos. Al llegar, encontramos a la chef dejando comida sobre la encimera.
—¿Por qué estás aquí? —dije.
Sobresaltada y tartamudeando, la chef dijo:
—P-para hacer la cena.
—¿No recibiste mi mensaje? Tienes el día libre.
—Oh.
Miró las bolsas de comida en la encimera, como si no supiera qué hacer con ellas.
—Puedes dejar la comida; nosotros cocinaremos. Incluso te pagaré por hoy.
Cuando se fue, Thalia cruzó los brazos y se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Nosotros cocinaremos?
—Yo cocinaré.
Se rio.
—¿Sabes cómo?
En mi vida había cocinado. Lo máximo que sabía hacer en una cocina era hervir agua y freír un huevo.
—Algo sabré. Podríamos salir a cenar.
Se apartó de la entrada y entró en la cocina.
—Déjamelo a mí. De todos modos, hace tiempo que no cocino.
Thalia fue hasta la encimera y examinó los ingredientes que había traído la chef. Se le arquearon las cejas al ir sacando cada cosa.
—No creo que pueda cocinar lo que tu chef privada tenía en mente, pero algo comestible sí que puedo preparar.
—Haz lo que quieras.
Fui al armario y saqué dos delantales. Me puse el mío y le lancé el otro. Lo atrapó con el ceño fruncido.
—Voy a ayudarte —expliqué—. Ya puestos, aprendo a cocinar. Es ahora o nunca.
—¿Carey Hawthorne quiere cocinar? Se ha tenido que congelar el infierno. Pero si vas a aprender, no voy a enseñarte a saltear...
Levantó una caja y leyó:
—Trufas. Vamos a cocinar comida de la que yo sé hacer.
Thalia me indicó que sacara una tabla y picara unas verduras mientras ella iba a la bodega a por vino. Las piqué con esmero mientras ella cocinaba arroz y algo más que olía a pollo. ¿Caldo de pollo? Al cabo de un rato se fue, y cuando volvió, traía una botella de Sauvignon Blanc en la mano.
—¿Qué estamos haciendo, chef?
Puso los ojos en blanco mientras miraba por encima de mi hombro. Parecía impresionada.
—Te seré sincera. Ni siquiera pensé que fueras capaz de cortar tan bien.
—Me hieres, chef.
Me dio un golpecito en la espalda con la botella de vino y fue a los fogones. La observé mientras removía la olla con método.
—¿Están listos los champiñones? —preguntó.
Fui a su lado con un bol de champiñones cortados en daditos y se lo di.
—Estamos haciendo risotto. Era el plato favorito de mi padre. Él me enseñó a hacerlo. Decía que le recordaba a su hogar.
La observé mientras cocinaba; el aroma de los ingredientes nos envolvía.
—Pensaba que tu padre era irlandés.
—Lo era. Pero de niño solía ir a un restaurante italiano en Dublín que hacía el mejor risotto que había probado en su vida. Y cuando vino a Estados Unidos, le pidió la receta al dueño. El dueño tuvo la amabilidad de dársela, y aquí la tienes.
Me entregó la cuchara de madera. Me eché hacia atrás.
—¿Qué? ¿Quieres que yo...?
—¿Cocine? ¿No querías aprender?
Cogí la cuchara y removí.
—No, no.
La mano de Thalia se posó sobre la mía y frenó mi entusiasmo excesivo hasta convertirlo en un movimiento circular lento y pausado.
—No hay que remover tan rápido —dijo, casi en un susurro.
Estábamos tan cerca que nuestros hombros se rozaban.
Le miré el cuello de reojo. «Qué piel tan bonita», pensé.
Quería besarla. Gotas de sudor le resbalaban por el cuello y descendían lentamente hacia el escote.
La cocina estaba caliente. ¿O era yo quien sentía calor por otras razones?
Era tremendamente consciente de cada punto donde nuestros cuerpos entraban en contacto.
¿Qué haría si le besara el cuello? ¿Se apartaría, o me devolvería el beso?
¿Y si la levantara y la sentara en la encimera, le arrancara el vestido y…