Capítulo 23
Carey
CUANDO ME DESPERTÉ al día siguiente, ella ya no estaba, pero había dejado tanto de sí misma.
Su aroma. La huella de su cabeza en la almohada, y el recuerdo de la noche anterior.
No lo recuerdo bien, pero estoy seguro de que en algún momento se giró y me abrazó por la cintura.
En lugar de apartarme de su abrazo, la atraje hacia mí.
Y dormí mejor de lo que cabría esperar de un hombre que vuelve de una fiesta donde su esposa casi muere.
Ella era tan reconfortante. La última vez que dormí tan bien fue cuando...
bueno, la última vez que estuvo en mi cama.
Me levanté, sin querer profundizar en lo que eso significaba, y fui al baño. Me duché, me vestí y bajé al comedor. Thalia ya estaba allí, comiendo un cruasán. Iba vestida de manera formal, como si se estuviera preparando para ir a trabajar.
—¿Qué haces aquí?
Se sonrojó y se apresuró a terminar el pastelito, ayudándose con un trago de zumo.
—Terminaré pronto, lo prometo.
—No, no quería decir eso... necesitas descansar. Tres días, ¿recuerdas?
—Me encuentro bien.
—Ya, bueno, no pienso arriesgarme. Te quedas aquí tres días.
Resopló.
—No vas a detenerme. Me iré en cuanto te vayas.
Me la imaginaba perfectamente. No tenía ningún reparo en llevarme la contraria. Es más, parecía disfrutarlo. Y su amiga Darcy solo la ayudaría. Diablos, hasta podría darle más drogas.
Saqué el teléfono del bolsillo y llamé a mi asistente. Contestó al tercer tono.
—Buenos días, señor.
—Cancela mi agenda para los próximos tres días.
—¿Señor?
—Ya me has oído.
Colgué. Thalia se había quedado con la boca abierta.
—Ya no me voy.
Me dejé caer en una silla frente a ella y agarré la cafetera.
—Bien. Eso significa que vas a seguirme como un cachorrito durante los próximos tres días.
—Hum.
Saqué el teléfono de nuevo y llamé a Darcy. Contestó un poco más tarde que mi asistente. Su «hola» sonó cansado y forzadamente alegre.
—Thalia no irá a trabajar en los próximos tres días.
—Claro. Por supuesto. Necesita descansar y eliminar... ya sabes... de su organismo.
—Creo que es la primera vez que dices algo sensato, Darcy.
Colgué y me volví hacia Thalia. Unos segundos después, le vibró el teléfono. Debía de ser un mensaje de Darcy, porque frunció el ceño mientras lo leía, y cuando lo dejó, seguía con el ceño fruncido.
—¿Cuál es tu problema?
—No te enfades conmigo. Solo sigo las órdenes del médico. No querríamos que te desmayaras en el almacén.
Y que Jack sea quien te atrape.
—Puedo ir igualmente, ¿sabes? Darcy no es mi jefa.
—Estoy bastante seguro de que Darcy llamará a un Uber y te mandará de vuelta aquí.
Resopló, pero no dijo nada más. Sabía que había perdido. Ambos volvimos a desayunar en silencio hasta que dijo:
—No puedes tenerme encerrada en este lugar, ¿verdad?
Me encogí de hombros.
—El médico insistió mucho en el descanso, y eso es lo que vas a hacer.
Puso los ojos en blanco y se levantó.
Terminé de comer con tranquilidad, como si no estuviera pensando en lo que ella haría a continuación. No intentó irse. En cambio, cuando terminé el desayuno, la encontré en el salón cambiando de canal.
—¿Buscas algo que ver?
Yo estaba detrás del sofá en el que ella se había tumbado, y no se molestó en girarse.
—¿La televisión siempre fue tan aburrida, o simplemente he madurado?
—No sé.
Rodeé el sofá y me dejé caer a su lado.
—Yo casi no veía la tele de pequeño.
—Ya, a ti te gustaban los videojuegos. ¡Oye!
Giró la cabeza para mirarme, con el mando colgando de la mano.
—¡Seguro que tienes algún juego bueno! Si quieres que me quede aquí dentro, más te vale entretenerme.
Me rasqué la cabeza, pensando en un juego que pudiera gustarle. Entonces se me encendió la bombilla.
—Hay uno que podría gustarte.
Me acerqué al mueble del televisor, cogí dos mandos y le di uno.
—¿Has jugado alguna vez al Streetcombat ?
—Estaba pensando en un juego de un solo jugador, para que no tengas que molestarme.
—Dijiste que querías que te entretuviera.
Me dejé caer a su lado.
Negó con la cabeza.
—Vale. ¿Cómo se juega?
Fruncí el ceño.
—Pensaba que lo sabías.
—Qué va. Solo os veía jugar a ti y a tus hermanos.
Le expliqué los controles: qué botones pulsar y para qué servían. Luego le mostré cada personaje y sus movimientos especiales. Con cada explicación, fruncía más el ceño.
—Solo quieres que juegue a esto porque sabes que puedes ganarme.
Era bueno, pero no tanto. A decir verdad, lo elegí porque es un juego de dos jugadores y quería jugar con ella.
—Podemos jugar a otro si quieres.
—¿Y aprender unas reglas aún más confusas? Quedémonos con este.
Empecé el juego. Le gané las tres primeras partidas.
Se frustró, y la dejé ganarme una, pero fue lo bastante lista como para darse cuenta de que se la había regalado, y eso la enfadó más que perder.
Así que jugué en serio las dos siguientes y le gané.
Pero cuando empezó a pillarle el truco, me ganó dos veces.
Y tres veces más cuando por fin entendió cuándo usar los movimientos especiales.
—¿Sabes qué?
—dijo después de ganarme de nuevo.
—Empiezo a pensar que eres bastante penoso en este juego.
Me reí entre dientes. —Es porque siempre te quedas con la mejor luchadora. La eliges a ella y ganas nueve de cada diez veces.
—¿Eso que oigo es un mal perdedor quejándose? —se encogió de hombros—. Solo la elegía porque tiene un traje bonito.
—Claro. De todos modos, los obsesionados con esto eran mis hermanos. Nunca fue lo mío.
Se rio. —Ajá. ¿Esa es la mejor excusa que se te ocurre después de que te gane una chica?
Curiosamente, no me importaba que me derrotara. Siempre me había molestado perder contra Nolan, Ivy o cualquiera de mis hermanos, pero con ella no. Ganara o perdiera, jugar con ella era más divertido de lo que esperaba. —¿Quieres otra ronda?
Se recostó en el sofá y tiró el mando a un lado. —Estoy cansada de ganar. ¿Tienes otro juego?
Revisamos otros juegos, pero no le gustaron.
Probamos otros similares a Streetcombat , pero ni siquiera esos fueron tan divertidos como el original.
Después de unas cuantas partidas más, nos cansamos y nos dio hambre.
Era media tarde, y saqué una bolsa de patatas fritas y dos Coca-Colas Light mientras ella iba al baño.
Pero cuando volvió, traía una caja en la mano.
—No la habrás sacado del váter, ¿no?
Tenía la cara radiante. —Encontré esto en el armario de la limpieza mientras buscaba...
da igual. No importa —levantó la caja para mostrarme las letras rojas escritas sobre fondo blanco, con un hombrecito con sombrero de copa—.
«Monopoly» —leyó—. No sabía que fueras un entusiasta de los juegos de mesa —sacudió la caja—.
Tienes una colección impresionante, señor.
—Son todos de Nolan. Vivía aquí antes. Se los dejó cuando se mudó.
Parecía que no me creía. —¿Vosotros dos erais compañeros de piso?
—¿Te sorprende?
—No sé. No me pareces de los que comparten. Eres muy posesivo con tus cosas.
—Qué curioso, eso mismo dijo Nolan cuando se mudó.
—Nolan y yo tenemos razón —sacudió la caja de nuevo—. ¿Jugamos?
La llevé al comedor, y los dos pusimos las piezas del juego sobre la mesa.
—Era el favorito de mi padre —dijo mientras ordenaba los billetes falsos.
Lo poco que sabía de John me hacía creerle.
Era un hombre alegre que siempre nos atendía cuando éramos niños—.
A tu padre le gustaba jugar con nosotros de pequeños —preparé el tablero, saqué los dados y las fichas—.
Una vez me dejó conducir el coche, cuando tenía catorce años.
—Me acuerdo. Ibas muy lento y dabas vueltas alrededor de la finca.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Estaba en el coche contigo.
—¡Estabas en el coche! —No recordaba esa parte, pero al repasar el recuerdo, tenía razón. Estaba sentada en el asiento trasero conmigo cuando le pedí a John que me dejara conducir. Él dijo que sí, siempre que no se lo contara a mi padre, y me indicó que me pasara al asiento del conductor.
—Mi madre se enfadó mucho con él ese día. Discutieron, y él acabó diciendo que había tenido el pie en el pedal todo el rato, aunque yo sé que no era verdad.
Era divertido estar con su padre. Mientras nos sentábamos a jugar, me di cuenta de que nunca le había preguntado por él. —¿Cómo murió? Sé que ya no trabajaba para mi padre cuando falleció.
—Cáncer de próstata.
—Thalia... —Ya era bastante duro perder a un padre por cáncer, y mucho más a dos. El coste que eso debía de tener en una persona. Thalia negó con la cabeza como si quisiera ahuyentar las lágrimas. Cuando habló, su voz sonaba cargada de... ¿tristeza?
—Estoy bien —no lo parecía—. Ya lo he superado.
Cogí los dados, sin saber qué hacer. —La pérdida de un padre no es algo que se supere.
—Ah, es verdad. Tu madre.
Asentí y le pasé los dados. —Tú primero —los cogió, los agitó y los lanzó al centro del tablero.
—Nunca has hablado de ella —dijo mientras cogía la ficha del coche y la movía por el tablero.
—Murió cuando yo era pequeño. A mi padre le gusta decirme que fue el amor de su vida, pero los hechos demuestran lo contrario.
—¿Cómo lo sabes? A lo mejor dice la verdad.
Cogí los dados del tablero y los agité. —Engañó a Jacqueline con mi madre, se casó con mi madre, la engañó mientras estaba embarazada, y cuando mi madre murió, se casó con la mujer con la que la había engañado —no pude evitar que mi voz sonara amarga por mucho que lo intenté. A veces odiaba a mi padre.
—¿La madre de Seb, Ty y Levi?
Asentí. —Luego se divorció de ella y volvió a casarse con Jacqueline. Si hay algo claro, es que su verdadero amor es Jacqueline. Esos dos se merecen el uno al otro.
—No te cae bien, ¿verdad?
—¿Mi madrastra? Por supuesto que no. Pero ¿quién puede culparla? Mi padre atrae a la gente a su red y los atrapa.
Thalia suspiró. —Vaya si lo sé.