Capítulo 21
Thalia
UN MES DESPUÉS y seguía desconcertada por el incidente del almacén.
Así lo había bautizado después de darle demasiadas vueltas.
Él no dijo nada cuando volví a casa. Actuó como si nada hubiera pasado entre nosotros.
Como si no hubiera aparecido en mi trabajo, después de meses fingiendo que yo no existía, me hubiera follado hasta dejarme sin sentido y luego hubiera vuelto a fingir que yo no existía.
Un mes después y seguía reviviendo el momento en mi cabeza cada vez que me iba a dormir.
Era como un atormentador al que no podía mantener a raya.
Invadía mis pensamientos constantemente, incluso cuando no estaba cerca.
Y cuando estábamos juntos, cuando teníamos que fingir ser una pareja enamorada, quería que la farsa fuera real.
Quería estar con él y lo despreciaba al mismo tiempo.
Los días como hoy, días en los que tenía que pasar tiempo con él, eran los más difíciles.
Darcy estaba organizando una fiesta de cumpleaños y nos había invitado a ambos.
Solo le mencioné la invitación por cortesía, pensando que la rechazaría, pensando que iría sola, hasta que lo vi vestido y listo para salir.
El apartamento de Darcy estaba a dos manzanas del de Carey, y literalmente podríamos haber ido andando si él no hubiera insistido en coger el coche.
Para ser justos, el tráfico no estaba tan mal, pero estaba segura de que habríamos llegado antes a pie.
Era un ático, y la fiesta se celebraba en la terraza del edificio.
Darcy sonrió radiante cuando me vio llegar, pero frunció el ceño al ver a Carey entrar detrás de mí. Me encogí de hombros.
Darcy y yo nos dimos un abrazo al aire y unos besos. Extendió la mano hacia Carey.
—Qué agradable sorpresa. ¿No es la primera vez que aceptas una invitación a una de mis fiestas? Parece que tengo que agradecérselo a tu esposa.
Carey le estrechó la mano y respondió con indiferencia:
—Ya que vosotras dos estáis prácticamente pegadas últimamente, tengo que estar ahí para asegurarme de que no seas una mala influencia para ella.
Darcy hizo un puchero.
—Lo dices como si fuera la villana de una película de adolescentes. Siempre he sido buena persona, si te hubieras molestado en conocerme, Carey.
Carey se metió las manos en los bolsillos.
—¿En serio? Eso no es lo que dicen los tabloides.
Darcy se rio.
—Precisamente tú deberías saber que nunca hay que fiarse de la prensa. Ven, cariño —Darcy me cogió de la mano—, dejemos a tu cascarrabias de marido —le lanzó una mirada fulminante a Carey—, tengo unas cuantas maldades con las que corromperte.
Cuando nos alejamos unos metros de Carey, pregunté:
—¿Qué pasa entre vosotros dos?
Darcy negó con la cabeza.
—Le hacía la vida imposible a Carey cuando éramos críos.
Vaya. Eso sí que era información nueva.
—Estábamos en las mismas clases. Suspendí varias veces y tuve que repetir curso. El caso es que solía meterme con él en clase, sobre todo porque a todas las chicas les gustaba y yo no le veía nada especial. No es que no sea atractivo; ahora lo veo, pero en aquel entonces me desconcertaba.
—Ah. Con razón te odia.
Sonrió con suficiencia.
—¿Todavía no lo ha superado?
—Me advirtió que no hablara contigo después de conocernos aquella primera vez.
Darcy echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada, atrayendo la atención de varias personas a nuestro alrededor.
—Bueno, no le faltaba razón —se inclinó hacia mi hombro y susurró—: Tu primer arresto fue culpa mía.
Tenía la mirada fija en la entrada de la terraza y vi entrar a Gemma.
—¿La has invitado?
Podía invitar a quien quisiera. Al fin y al cabo, era su fiesta de cumpleaños.
Pero aun así sentí una punzada en el corazón al verla allí.
No me habría importado si Carey no estuviera.
Y para colmo, era como si los dos amantes pudieran percibirse mutuamente.
Gemma lo vio justo cuando él se giró en su dirección.
Observé cómo se acercaba a él, impotente y ardiendo de celos.
Darcy maldijo entre dientes.
—Se me olvidó decírtelo. La invitó Hugh. Fueron a la misma universidad.
—No pasa nada.
Gemma ya estaba hablando con Carey. Se les veía cómodos juntos, y él sonreía como nunca lo había hecho. No conmigo, al menos. La punzada volvió a latir. Parecían la pareja perfecta. Eran más compatibles de lo que Carey y yo jamás seríamos.
—Puedo hacer que se vaya.
Volví la vista hacia Darcy. También parecía seria. Sin duda era capaz de echar a un invitado sin motivo aparente.
—No hace falta. Estoy bien. No pasa nada.
Darcy me miró fijamente.
—¿Ajá?
Me puso la mano en la espalda.
—Venga, vamos a por una copa. Mi cóctel de cumpleaños es mano de santo.
El bar estaba en una esquina de la terraza, y Darcy pidió el Darcy's 29th.
Era un cóctel con degradado de azul a blanco.
No me dio tiempo a preguntar qué llevaba antes de que Darcy me lo pusiera en la mano y me ordenara beber.
Era potente, dulce, con toques de ron de limón, vodka y algo más que me dejó un poco mareada.
—¿Qué lleva esto?
—No lleva sustancias ilegales, si es eso lo que te preocupa.
Genial. Ahora sí que estaba preocupada.
—¿Qué le has puesto, Darcy?
Pero antes de que pudiera responder, alguien del catering nos interrumpió con una emergencia en la cocina y se llevó a Darcy.
El camarero estaba demasiado ocupado atendiendo pedidos para responder preguntas triviales, así que di otro sorbo al cóctel.
Esta vez estaba más dulce y no me mareó, aunque me dejó algo aturdida.
Eché un vistazo a la fiesta buscando a alguien conocido y encontré a Jack, que parecía un pez fuera del agua, plantado e inmóvil en medio de la multitud. Fui directa hacia él.
—¿Te lo estás pasando bien? —le pregunté a Jack por encima de la música. Se sobresaltó y se giró de un salto hasta quedar frente a mí—. Estabas completamente solo.
Jack soltó una risita avergonzada.
—Digamos que este tipo de fiestas no son lo mío. Ah, Deb me pidió que te diera sus disculpas. Dijo que no vendría. Tiene un examen mañana.
—Se las transmitiré a la cumpleañera.
Eché un vistazo a nuestro alrededor. Varias mujeres tenían los ojos puestos en Jack, y algunas incluso parecían algo celosas. Era guapo y había atraído a muchas clientas a nuestra tienda, y parecía que seguía causando el mismo efecto en las socialités que en las universitarias.
—Me sorprende que estés tan solo con toda la atención que estás atrayendo —dije, dándole un ligero codazo en el bíceps. La camiseta blanca que llevaba apenas podía contener sus músculos. Se sonrojó, lo que lo hizo aún más adorable.
—No sé a qué te refieres —dijo.
—Por favor. Sabes que al menos cinco mujeres me están fulminando con la mirada solo por hablar contigo. Deberías estar hablando con ellas.
Se rio de nuevo.
—¿Mi esposa es tan graciosa? —Sentí que se acercaba antes de que hablara. Carey apareció por detrás y me rodeó la cintura con el brazo en un gesto que bien podría llamarse posesivo.
Si Jack hubiera podido enrojecer aún más, lo habría hecho en ese momento.
¿Estaría recordando el incidente? Seguro que había adivinado lo que Carey y yo hicimos en aquella habitación.
En lugar de salir por la puerta trasera, Carey salió por la principal y se topó con Jack cuando este salía de la tienda.
Las cajas que Jack llevaba salieron volando por todas partes, pero Carey siguió adelante como si no lo hubiera visto.
O como si lo hubiera hecho a propósito. No tenía sentido, pero parecía deliberado.
—¿Cómo está, Sr. Hawthorne?
—Me haces parecer un anciano. Llámame Carey. No creo que me hayas dicho tu nombre, ¿verdad?
—Jack —extendió la mano, pero Carey no se la estrechó.
—¿Primera vez en un lugar como este?
Jack soltó una risa nerviosa. —Sí.
—Se nota. No seas tan obvio, o te lo notarán a la legua. A menos, claro, que no quieras acabar en la cama de una de ellas —señaló con la cabeza hacia un grupo de mujeres que parecían tener la edad de Jack—. Quizá tengas a otra en mente.
—Eh...
—Carey. Deja de atormentarlo.
—¿Acaso lo estoy haciendo? —Carey se volvió a mirarme.
Fruncí el ceño. —¿Por qué te comportas así?
Jack aprovechó para escabullirse con alguna excusa. —¿Qué te pasa? —pregunté cuando se hubo marchado.
Carey se encogió de hombros. —Dímelo tú.
—¿Yo? No soy yo quien ha incomodado al empleado de mi esposa sin motivo alguno.
Levantó la barbilla. —¿Fuiste a la semana de la moda con él?
—¿Semana de la moda? —¿De qué demonios estaba hablando? Nunca había mostrado el menor interés por lo que yo hacía, ¿y ahora quería saber con quién había ido a un evento del sector?—. ¿Por qué lo preguntas?
Me hizo girar hasta quedar frente a él. Me apretó la cintura con más fuerza. Me habría asustado si no fuera porque el calor se me estaba concentrando en el bajo vientre. —¿Fuiste?
Fingí indiferencia. No quería que supiera cuánto me afectaba tenerlo tan cerca. —Todos fuimos a la semana de la moda, Carey. Yo, Darcy, Jack y Deb.
Frunció el ceño. —¿Quién es Deb?
Puse los ojos en blanco. —Nuestra otra empleada. La mujer que viste justo antes de arrinconarme en la trastienda.
—No finjas que no te gustó.
Mi sexo palpitó. Tenía razón. Disfruté cada minuto, por vergonzoso que sonara. La sorpresa. El fuego desenfrenado que tenía. La impulsividad. Pero eso seguía sin explicar por qué se comportaba de forma tan extraña con Jack.
—¿Y qué hiciste allí?
Miré a nuestro alrededor. Nadie nos prestaba atención, pero estábamos en medio de una multitud que había empezado a bailar, y sentí que les estorbábamos. —¿Es algo que debas preguntar aquí?
Paseó la mirada a su alrededor, me tomó de la mano y me llevó hacia la esquina de la terraza opuesta al bar.
Había una zona de estar con una fogata encendida en el centro.
Carey me llevó detrás de esa zona, justo a la esquina de la terraza, y me apoyó la espalda contra la barandilla.
Apoyó las manos en los barrotes, atrapándome entre él y la barandilla.
Lo único que nos separaba era el cóctel que sostenía en la mano.
Los sonidos de la ciudad se oían con más claridad aquí. El sol se había puesto y el horizonte era todo rectángulos negros con cuadrados dorados.
—Si quieres matarme, te sugiero que me tires por la barandilla cuando no haya una fiesta —di un sorbo a mi cóctel. Sus ojos se encendieron. Sonreí. Así que le estaba afectando.
—Sabes, no me importaría que tuvieras aventuras siempre que fueras discreta. No puedes salir corriendo hacia tu novio en cuanto lo ves en una fiesta.
Solté un bufido. —Mira quién fue a hablar.
De repente, me apretó contra los barrotes. Su cuerpo se pegó al mío mientras me clavaba la mirada. —Hablo en serio.
—Yo también.
—¿En serio? ¿Cuándo he besado yo a alguien que no seas tú en un evento público y han corrido rumores sobre mí?
—¿B-besado a alguien? —¿La gente estaba difundiendo rumores de que había besado a un tipo en la semana de la moda?
Y supongo que el tipo era Jack. Me estrujé la cabeza intentando pensar qué podría haber hecho que la gente pensara eso.
Hubo aquella vez que Jack y yo estábamos entre bastidores en el desfile de Bree, y Jack me ayudó a arreglarme la cremallera del vestido.
Recuerdo que Bree entró justo cuando Jack me subía la cremallera.
Para cualquiera que entrara, podría haber parecido que acabábamos de hacer algo ilícito, pero eso no era besarse.
Aunque claro, los rumores tienen la costumbre de tergiversarlo todo.
Abrí la boca, a punto de lanzarme a dar explicaciones, cuando me contuve.
¿Por qué tenía que ser yo quien se explicara cuando él no era tan discreto?
Levanté la barbilla. —También hay rumores sobre ti —di otro sorbo a mi bebida.
Me produjo un subidón que nunca había sentido.
Me volvió atrevida. ¿Qué llevaba esta bebida?
—¿Qué rumores?
—Tú y tu eterno amor. Tú y Gemma —incluso pronunciar su nombre era como masticar clavos.
Entrecerró los ojos. —No estoy con Gemma.
Puse los ojos en blanco. —Por supuesto que dirías eso. Pero si vas a montar un numerito por lo de mi empleado , tengo todo el derecho a cuestionarte a ti —le clavé el dedo en el pecho, y de alguna manera el gesto resultó más brusco de lo que pretendía. Levantar el dedo me costaba.
—Gemma no es… —Carey frunció el ceño, preocupado—. ¿Thalia?
Me llevó las manos a la mejilla, pero apenas podía distinguirlo. Tenía la visión borrosa. Mi cabeza… la terraza parecía tambalearse. Resbalé, pero Carey me sujetó a tiempo.
—Gemma zhis naw… —Quería decir algo, pero las palabras me fallaban.
Quería preguntar qué estaba pasando, pero Carey me gritaba aunque su voz se iba apagando.
Notaba los párpados pesados, demasiado pesados para mantenerlos abiertos.
Lo último que vi fue el rostro de Carey —preocupado, inquieto— antes de que todo se volviera negro.