Esposa no deseada (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 11
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Capítulo 11

Thalia

ASÍ QUE ESO salió bien. Mi reunión con Nolan Hawthorne me hizo entrar en razón.

Ese hombre haría lo que fuera necesario, movería a la gente como peones, solo para lograr sus sueños.

Y yo, imbécil de mí, elegí ser uno de esos peones.

Ahora estaba atrapada en su tablero de ajedrez hasta que me considerara prescindible.

Tenía que haber una forma de salir del matrimonio sin disgustar a Nolan Sr., y la única que se me ocurría era conseguir que Carey me pidiera el divorcio.

Pero incluso él estaba comprometido con este no-matrimonio.

La verdad es que no tenía que esforzarse mucho.

Le bastaba con ignorarme y actuar como si yo no existiera.

A veces me preguntaba si siquiera se daba cuenta de que estaba en la misma habitación que él.

Solo me hablaba cuando era estrictamente necesario, como cuando me dijo que teníamos que asistir a una gala benéfica.

—¿Puedes hacer eso? ¿Puedes? —Su tono mordaz no me resultaba tan desagradable cuando estaba agobiada por la perspectiva de pasar años atrapada en un matrimonio sin amor.

Pero ¿ir a un maldito baile? Solo había estado en uno, y como camarera. Estaba segura de que podría apañármelas estando al otro lado de la bandeja de vino. Solo había que asistir, charlar un poco con un montón de desconocidos y volver a casa. Qué equivocada estaba.

La gala era como adentrarse en una guarida de malditas víboras esnobs y elitistas. Todos se conocían y solo hablaban con los de su círculo. Y como mi marido olvidó que había venido con él, me dejó plantada y desapareció. Sola en medio de la sala, deambulé sin rumbo, observando a todos.

Los asistentes lucían impresionantes vestidos de noche.

Si todos vendieran lo que llevaban puesto, seguro que la organización benéfica superaría su objetivo.

Cansada de fingir que buscaba a alguien, fui a una de las mesas vacías, me senté en una silla mullida, saqué el móvil del bolso y me hice la ocupada.

—¿Disculpe? —Una chica joven que no aparentaba más de veinte años, con un sencillo vestido negro, se acercó a mí. Llevaba una bandeja plateada con una hoja de papel y un bolígrafo. En la hoja había nombres y cifras.

—¿Le gustaría añadir su nombre a la lista? —Su radiante sonrisa era difícil de ignorar.

—¿Qué lista?

—Para una subasta silenciosa. Puede pujar por el premio que quiera —sacó otra hoja de debajo de la primera y me la entregó. Había varios premios en la lista: cenas en restaurantes exclusivos, escapadas a spas, entradas para eventos deportivos y encuentros con famosos—. Gana quien más puje.

—Claro —¿qué daño podía hacer? Tampoco es que tuviera dinero suficiente para superar las pujas de esos ricos cabrones.

Sonrió y me pasó el bolígrafo y el otro papel.

Las pujas eran sorprendentemente bajas. La mayoría había ofrecido cien dólares, algunos incluso cincuenta.

Menuda cara. ¿Por entradas para las finales de la NBA?

Cualquiera pensaría que pujarían al menos mil dólares si era por una buena causa.

Escribí mi nombre junto a un encuentro con una famosa.

No es que fuera muy fan, pero me gustaban sus canciones.

En lugar de los cincuenta y cien dólares que habían puesto otros, decidí subir un poco.

Pujé dos mil y le devolví a la chica la hoja y el bolígrafo.

Abrió los ojos de par en par al ver la cifra.

—Vaya. Gracias.

Me encogí de hombros.

—Es por una buena causa, ¿no? —Al fin y al cabo, era una organización benéfica contra el cáncer.

Si iba a donar dos mil dólares para combatir lo que me arrebató a mi madre, lo haría sin pensármelo dos veces.

La chica sonrió como si no pudiera creerlo y me dio las gracias de nuevo antes de acercarse a otra persona.

Sintiéndome algo mejor, volví a sacar el móvil. Llevaba unas cuantas páginas de la novela que estaba leyendo cuando oí unas voces a pocos metros hablando de mí.

—Thalia. Así se llama. He oído que lo cazó con un embarazo —dijo una voz con un marcado acento del Este de Europa.

Levanté la vista buscando de dónde venía.

Tres mujeres estaban de pie a unos metros de mí, de espaldas, con las cabezas ladeadas en ese ángulo tan típico del cotilleo.

Todas eran altas y delgadas, con una postura perfecta.

Dos eran de piel clara y rubias, y la otra tenía la piel morena y el pelo castaño, casi negro.

¿Modelos? ¿Bailarinas? ¿Influencers? Probablemente las tres cosas, a juzgar por los presentes.

—Embarazo falso, querrás decir —dijo la otra rubia. Su acento sonaba sureño—. Si no, ¿dónde está el bebé?

La morena echó un vistazo hacia atrás, me pilló mirándola y se giró rápidamente, pero eso no le impidió añadir su propia versión de los hechos.

—Carey es demasiado bueno. Cualquier otro hombre la habría dejado después de eso.

—Debe de hacer unas mamadas excelentes... —La rubia del Este hizo el gesto de una mamada y todas se rieron.

—Haga lo que haga, yo lo hago mejor —dijo la rubia sureña—. Ese hombre tiene toda la pinta de necesitar un buen polvo.

—Lástima que estés casada con un cadáver andante —las tres giraron la cabeza hacia una mujer que se había plantado a mi lado.

No era tan alta como ellas, pero me sacaba unos centímetros.

Tenía la cara redonda y unos hoyuelos encantadores que asomaban con el más mínimo gesto.

A diferencia del trío, su cara era natural, sin rellenos en los labios y con los mofletes intactos—.

Quizá deberías ir a atenderlo, Violet —señaló a un grupo de hombres de sesenta y setenta años—, parece que se ha meado encima.

La rubia sureña bufó y se fue hacia el grupo de hombres mayores mientras las otras dos se esfumaban. Me levanté.

—Gracias.

—Me llamo Darcy —dijo, tendiéndome la mano—. Nunca te había visto en uno de estos eventos. Eres la comidilla de la noche.

Fruncí el ceño.

—¿Yo?

—La nueva esposa de Carey Hawthorne, a la que ha tenido escondida durante un año, por fin sale a la luz. Pues claro que la gente habla. Todos queremos saber quién ha cazado al abogado favorito de todos.

Miré a mi alrededor y, por primera vez, me di cuenta de que bastantes ojos estaban puestos en mí, la mayoría femeninos, muchos escrutándome.

—No soy nada especial, créeme.

Sonrió con suficiencia.

—Yo no estaría tan segura. Ese hombre nunca había tenido una relación seria. Y de repente, se casa por todo lo alto con alguien que no es de las nuestras. Y para colmo, los dos desaparecen del mapa durante un año. Puede que no seas especial, pero todos sentimos curiosidad.

Si hubiera sabido que Carey era un premio tan codiciado, no habría venido.

—¿Una de nosotras?

Darcy hizo un gesto abarcando la sala.

—De este grupo incestuoso y maldito de socialités, exmodelos, niños de papá y tiburones de las finanzas —puso los ojos en blanco—. Al final, todos acabamos casándonos entre nosotros.

—¿Y tú qué? ¿Con quién estás casada? —pregunté, intentando mantener viva la conversación.

Se encogió con una mueca. —Un bróker de fondo fiduciario. El hombre más Habsburgo de todos.

Me reí, quizás por primera vez en mucho tiempo, al menos desde que murió mi madre.

—¿Y tú qué eres? ¿Exmodelo o socialité?

Negó con la cabeza como si le diera vergüenza.

—Las dos cosas. Nuestra unión es la más incestuosa de todas. Y dime, ¿sigues de camarera o ya eres dueña del bar?

Fruncí el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

—¿Hola? ¿La boda más grande del año pasado? Fuiste la comidilla de la ciudad. Vi tus fotos en la revista Silhouette. Por cierto, estabas guapísima.

—Gracias.

Si mal no recordaba, el artículo me había pintado como una hipster dueña del bar y no como una simple camarera, pero Darcy parecía haber sabido leer entre líneas.

—Me imagino lo inquieta que debes de estar estos días.

—Sí. ¿Cómo lo has adivinado?

—Tengo un don para calar a la gente. Si te pasas por mi casa algún día, te diré con quién conviene que te lleves bien y a quién evitar. Primera lección:

Señaló al trío, que ahora estaba en el fondo de la sala, emparejadas con hombres claramente mucho mayores que ellas.

—Mantente alejada de los buitres.

—¿Buitres?

Asintió.

—De la categoría de exmodelos. Aterradas de envejecer y desesperadas por casarse con un rico, merodean en cuanto ven a un viejo a punto de estirar la pata. También las llamo así porque tienen las mejillas tan hundidas que la cara se les queda alargada como la de un buitre.

—¡Darcy!

—¿Acaso he mentido? La abeja reina, Violet —explicó al ver que fruncía el ceño—, la rubia con ese acento sureño tan marcado. Anda diciendo mentiras sobre ti, que tu matrimonio es de mentira y que eres una esposa florero para la campaña política de Carey.

Me sorprendió lo cerca que estaba de la verdad. Violet era más astuta de lo que Darcy pensaba. Estaba a punto de soltar una réplica ingeniosa cuando otra mujer pasó junto a nosotras y saludó a Darcy con la mano.

—De esa también tienes que mantenerte alejada.

La belleza morena de figura atlética no parecía el tipo de mujer del que hablaba Darcy.

—¿Y esa qué es? ¿Socialité?

Darcy entrecerró los ojos y frunció el ceño.

—Pensaba que la conocías.

Negué con la cabeza. Reconocía a algunas personas de la sala de mi boda, pero a ella no.

—Una socialité con carrera profesional. Gente estupenda. Suelen ir a lo suyo, pero Gemma es diferente. Bueno, igual que las demás, pero tuvo algo con tu hombre. Los detalles no están claros, pero casi todo el mundo cree que se acostaron. Todas pensábamos que sería ella quien se lo llevara.

—Carey nunca me ha hablado de ella.

—Seguramente porque no hay nada, pero ya sabes cómo le gusta cotillear a la gente.

—Pues que se lo quede —dije—. Al fin y al cabo, solo estoy con él por el dinero.

—¿Ah, sí? —retumbó una voz a mi espalda. Sobresaltadas, las dos nos giramos y vimos a Carey de pie detrás de nosotras. Llevaba dos copas de champán en la mano y me tendió una—. Y yo que creía que te habías casado conmigo por amor.

Su tono era de broma, pero se notaba el cinismo mordaz detrás de las palabras. Mierda. Claro, eso fue lo que oyó.