Esposa no deseada (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 10
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Capítulo 10

Thalia

MI MADRE MURIÓ. La muerte llevaba tiempo acechándola, y al final la alcanzó.

Había hecho todo lo posible por aferrarse a la vida, pero el cáncer volvió incluso después de meses en remisión.

La segunda vez fue rápido, corrosivo y eficiente.

Pasé la mayor parte de sus últimos días con ella.

Hasta la mudé al apartamento de Carey. Que le dieran al dueño del apartamento, aunque hasta él tuvo la decencia de no comportarse como un imbécil.

Y con ella cerca, habíamos retomado la misma farsa que representamos para los Bardwell. Le estaba agradecida por eso, al menos. Mi madre se fue pensando que su hija estaba felizmente casada con su novio de la infancia. Cuando falleció, estoy segura de que lo hizo con una sonrisa en el rostro.

La enterramos en el cementerio de una iglesia cerca del apartamento de Carey.

Carey me sorprendió de verdad. Se encargó de todos los preparativos del funeral y supo mantener las distancias sin dejar de ser útil.

El funeral fue pequeño. Solo asistieron unas pocas personas, entre ellas el hermano de Carey, Nolan Hawthorne Jr. El Senior no se dignó a venir, a pesar de que fue él quien hizo posible mi unión con su hijo.

Si no estaba claro que solo había usado la enfermedad de mi madre en mi contra, su ausencia en el funeral lo dejó más que evidente.

De todos modos, me alegraba de que no estuviera allí.

Me llevó varias semanas volver a pensar con claridad.

Adelantarme al dolor que me perseguiría para siempre.

Ver el lado positivo de su muerte. Nolan Hawthorne Senior ya no tenía nada que usar en mi contra.

Por fin podía liberarme del matrimonio frío en el que estaba atrapada.

Ya no tenía que fingir estar enamorada de un hombre que me odiaba.

Por eso, un mes después de enterrar a mi madre, lo contacté y concerté una cita en su oficina.

El edificio Hawthorne era intimidante. Un imponente rascacielos gris, símbolo del dominio de la empresa.

El viaje en ascensor hasta su oficina se hizo interminable.

La oficina de Nolan Hawthorne Senior estaba en lo alto del edificio.

Cuando se abrieron las puertas, su asistente, que parecía haber estado esperándome, me saludó y me escoltó hasta un despacho de caoba y mármol con un único escritorio grande en el centro, una zona de estar en un extremo y ventanales del suelo al techo en el otro.

—El Sr. Hawthorne estará con usted en breve —dijo, señalando una silla junto al escritorio.

Me dejé caer en ella y lo esperé mientras ensayaba mi discurso.

No tuve que esperar mucho. El viejo corpulento, con el pelo teñido, bronceado y una presencia imponente, entró en la oficina por una puerta lateral que no había visto.

Se le iluminó la cara al verme. Parecía estar de buen humor, pensé. Esperemos que sea receptivo.

—Esta reunión solo puede significar una cosa, supongo.

Se acercó arrastrando los pies al escritorio y se dejó caer en el gran sillón de cuero frente al mío.

—Ha pasado un año, ¿no? Llegas un poco tarde, pero puedo perdonarlo.

Abrió la palma de la mano.

—Primero tienes que enseñarme los resultados.

—¿Re-resultados?

Nolan Hawthorne Sr. alzó las manos al cielo.

—¡La prueba de embarazo! Por favor, dime que fuiste al médico a confirmarlo y no te limitaste a mear en un palito.

Negué con la cabeza.

—Sr. Hawthorne, no estoy embarazada.

Frunció el ceño y vi cómo su expresión radiante se ensombreció al instante.

—Entonces, ¿por qué me haces perder el tiempo? —gruñó.

—Yo... yo...

Esa única frase pulverizó mi confianza. Para empezar, era imposible que estuviera embarazada.

Carey y yo no habíamos compartido cama desde la luna de miel.

Incluso cuando mi madre estaba en su apartamento, Carey había comprado una cama plegable y dormía en ella mientras yo dormía en la suya.

Además, no había venido a reclamar ningún premio por quedarme embarazada de su hijo.

—Tengo otro asunto que tratar —murmuré.

Nolan se inclinó hacia delante.

—¿Eh?

Enderecé la espalda y alcé la cabeza. No pienso dejarme intimidar por él.

—Quiero el divorcio.

Se echó hacia atrás y soltó una carcajada.

—Hay que tener agallas. ¿Cuál es el problema? ¿No te da bastante paga? Si quieres más dinero, ya sabes lo que tienes que hacer.

Señaló mi vientre.

—No, la paga es suficiente.

Era más que suficiente. Cada mes, Carey ingresaba diez veces lo que yo ganaba como camarera en un bar. Era tanto dinero que trabajar se volvía innecesario. Aunque me había permitido cuidar de mi madre, después de su muerte me sentía inquieta y aburrida.

—No se trata del dinero.

—Entonces, ¿cuál es el problema? —bramó.

Me retorcí las manos en el regazo.

—Nada en concreto, pero no creo que su hijo y yo seamos compatibles. Hay otras mujeres que lo harían mejor.

Resopló.

—Las mujeres sois todas iguales. Solo ha pasado un año y ya exiges marcharte. Sabes que tu madre todavía dependía de mí. Puedo hacer que mi generosidad desaparezca así.

Chasqueó los dedos.

—Mi madre ha muerto.

Eso pareció dejarlo sin palabras. Se quedó callado un momento. No ofreció el pésame ni mostró vergüenza por no haberse enterado de su muerte. Pero se recuperó enseguida.

—¿Y por eso crees que ya puedes hacer lo que te dé la gana?

—¡No nos llevamos bien! Descubrió nuestro acuerdo y ahora me odia. ¿No lo entiende? Ya no quiere acostarse conmigo. Así que esos nietos que tanto desea, nunca los tendrá.

Nolan soltó un bufido.

—Una mujer tan guapa como tú puede seducir a un hombre viril como mi hijo. No debería costarte mucho.

Era un cabezota.

—Lo que quiero decir, señor, es que voy a dejarlo. Solo he venido a decírselo por cortesía.

Entrecerró los ojos.

—Dios mío, lo dices en serio.

Abrió el cajón, sacó un bolígrafo y un talonario, lo abrió y preguntó:

—¿Cuánto?

—Sr. Hawthorne —me removí inquieta en la silla—. No quiero un cheque. Quiero el divorcio.

Tiró el bolígrafo sobre el escritorio y cruzó los brazos.

—Si crees que vas a sacar más dinero dejando a mi hijo ahora que quedándote con él, es que no te leíste la letra pequeña de ese acuerdo prenupcial que firmaste con tantas ganas.

Era como hablar con una pared. ¿Cómo sería pensar solo en términos de dinero? Cuánto puedes dar y cuánto puedes llevarte.

—Me iré sin nada. Me da igual.

Soltó un bufido mientras me evaluaba con la mirada como si fuera un espécimen alienígena.

Su mirada pretendía intimidarme, hacerme acobardar, pero se la sostuve.

Era curioso ver los mismos rasgos de Carey en un hombre mucho mayor.

Había sido guapo en su día, pero unas líneas duras habían sustituido aquella belleza.

También se apreciaba una fragilidad inevitable en un hombre de su edad.

Pero en lo que importaba, no se parecía en nada a su hijo. A Carey no lo movía tanto el dinero.

Sonrió. No fue una sonrisa cálida, sino fría y escalofriante. —No estás en tus cabales. Tu madre acaba de morir y no piensas con claridad.

Su tono condescendiente resultaba irritante. —Le aseguro que nunca he pensado con tanta claridad.

—Deberías volver al apartamento de tu marido y reflexionar sobre la vida que abandonarías si...

—Sr. Hawthorne...

Levantó la mano para interrumpirme. —Piensa en la vida cómoda que dejarías atrás a cambio de una vida más dura en la que no tienes dinero, no puedes conseguir trabajo porque estás en la lista negra, no puedes pedir un préstamo porque, de nuevo, estás en la lista negra, y además, una factura enorme por los gastos médicos de tu madre que tendrías que pagar.

Abrí los ojos de par en par. —No puede obligar a la gente a que no me contrate.

—No tengo que hacerlo, pero tengo amigos en el Ministerio de Justicia que pueden fabricarte antecedentes penales sin problema si se lo pido con amabilidad.

—Está loco. ¡Es usted un maldito desgraciado!

—Soy el mismísimo diablo, tienes razón, pero si juegas bien tus cartas, seré tu ángel de la guarda —gruñó—. Ahora sal de mi despacho.