Capítulo 9
Thalia
LA LUNA DE MIEL fue horrible después de aquello.
Carey apenas me hablaba, si acaso lo hacía, y el superyate, por muy grande que fuera, se me hacía opresivo.
La muerte de nuestra relación era tan evidente que hasta el personal sabía que algo iba mal.
Lo notaba en sus miradas de reojo. Aun así, pasé la mayor parte del tiempo en el barco.
Ir a la costa griega ya no me atraía como antes.
Me daba demasiada vergüenza. Sentía como si llevara una marca en la frente.
Rechazada por su marido en su luna de miel.
Tampoco quería encontrarme con otras parejas felices y enamoradas en su luna de miel.
El único consuelo era que al menos todo estaba al descubierto.
Al menos lo que sentía por mí no se basaba en el engaño.
Y era puro odio. Irradiaba de él cada vez que estaba cerca.
Un día estaba en cubierta cuando vi mucho movimiento en la isla.
Le pregunté a un miembro del personal si había algún festival justo cuando Carey salió a cubierta.
Su labio se torció visiblemente mientras yo hablaba, y se dio media vuelta, volviendo sobre sus pasos.
Hasta el sonido de mi voz le resultaba repugnante.
Fueron dos semanas largas. La primera transcurrió así: él frío y sin dirigirme la palabra, yo durmiendo sola en el enorme dormitorio principal mientras él dormía en otra habitación.
Aparte del personal, la única persona con la que hablé fue mi madre.
Su voz alegre me daba fuerzas para seguir con la farsa de nuestra relación.
Estaba mejorando, y era gracias al dinero de Nolan Hawthorne Sr. Por eso no podía arrepentirme.
Las cosas cambiaron drásticamente en la segunda semana.
Había empezado igual que la anterior, con Carey ignorándome y yo a lo mío.
Luego, el segundo día, el barco se adentró en alta mar.
Por instrucciones de Carey, según dijo el capitán.
Al parecer, los Hawthorne poseían una isla privada, y hacia allí nos dirigíamos. Cómo no, tenían una isla.
Mi madre me llamó esa mañana, como siempre.
—¿No deberías estar durmiendo? —le pregunté al contestar la videollamada. Estaba de vuelta en su apartamento, y aunque había poca luz, se la veía algo frágil, pero sonreía.
—No podía dormir —dijo con voz ronca—. Espero no estar interrumpiendo tu luna de miel, cariño.
—Para nada —respondí con mi voz más alegre y animada.
—¿Cómo está Carey? No he hablado con mi yerno desde la boda.
—Está ocupado con el trabajo ahora mismo. Preguntó por ti —mentí. No tenía ni idea de qué estaba haciendo Carey. Mi madre frunció el ceño.
—¿Trabajo? ¿En tu luna de miel?
Mierda.
—Eh, tuvo que ocuparse de una emergencia. Le llamaron de la oficina, así que...
Dejé la frase en el aire.
—Bueno, dile que le mando saludos.
Nuestra conversación derivó hacia temas más mundanos.
Se sentía mejor últimamente, dijo, y la medicación le estaba funcionando bien.
Intenté evitar preguntas sobre mi matrimonio, y al cabo de unos minutos, colgué.
Justo cuando terminé de hablar con mamá, el capitán hizo sonar la bocina.
Oí jaleo fuera. Los marineros corrían de un lado a otro.
Curiosa, fui al puente de mando a ver qué pasaba.
Carey ya estaba allí, enfrascado en una conversación con el capitán.
Por la ventana vi un barco inclinado en un ángulo de cuarenta y cinco grados sobre el agua y tres botes salvavidas flotando a su alrededor.
—¿No les arruinará la luna de miel? —dijo el capitán—. Podríamos llamar a la guardia costera para que vengan a recogerlos.
Carey me miró cuando entré, y sus ojos relampaguearon de irritación antes de volver la atención al capitán, ignorándome por completo.
—Este barco es bastante grande. No me vendría mal algo de compañía —dijo Carey.
El capitán asintió.
—Entendido.
Encendió la radio y ordenó a quien estuviera al otro lado que recogieran a los pasajeros varados.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
El capitán miró a Carey, pero Carey seguía con la vista fija en el yate volcado.
—Parece que chocaron con esa roca de allí —dijo el capitán—. Ya hemos llamado a la guardia costera, pero no sé cuándo llegarán.
—¿Están bien?
—Pude hablar con el capitán del otro barco, y dice que todos los que iban a bordo están en los botes. Son diez personas. Por lo visto, empezó a hundirse en mitad de la noche, pero no consiguieron contactar con la guardia costera. La radio no les funcionó hasta que llegamos nosotros.
—Deberíamos ayudarlos.
Nada más decirlo, me di cuenta de lo innecesario del comentario.
Ya lo estaban haciendo y no necesitaban mi opinión.
Sintiéndome inútil, salí a cubierta a recibir a los supervivientes del naufragio.
A medida que los botes salvavidas se acercaban al yate, comprobé que el capitán tenía razón.
Había cuatro personas en un bote y tres en cada uno de los otros dos.
Cada bote llevaba una pila de equipaje en el centro.
Carey se acercó a mí mientras los subían a bordo.
Saludamos juntos a cada pasajero: primero a la pareja de ancianos, luego a la tripulación del barco y por último al capitán.
Carey los acompañó a todos al médico del yate —porque, cómo no, este barco tenía de todo—, mientras yo ayudaba a guardar el equipaje en un lugar seguro.
La pareja se unió a nosotros más tarde para el brunch tardío que había organizado Carey.
Ambos eran delgados y altos. El hombre era enjuto, rubio y con entradas; la mujer tenía un porte de cisne, con el pelo negro veteado de plata.
Estaban muy alterados, y el hombre, Arther Bardwell, no paraba de disculparse y dar explicaciones.
—Volvíamos a Santorini cuando el barco chocó. No debería haberle exigido tanto al capitán. Pero estaba muy ilusionado. Había preparado una sorpresa, ¿sabe? Es nuestro aniversario. Le hice pilotar el barco toda la noche. Debía de estar agotado.
—Estas cosas pasan.
—¡Y ahora les hemos arruinado la luna de miel!
Casi me atraganto con la mimosa.
—Agradecemos la compañía —dije, repitiendo las palabras de Carey. Él me lanzó una mirada de reojo. Estaba sentado a mi lado, frente a la pareja mayor. La mujer, Mae Bardwell, que apenas había abierto la boca, intervino:
—Deben de estar pasándolo muy bien. Santorini es precioso —dijo con un marcado acento griego.
Me volví hacia Carey. Para mi sorpresa, extendió el brazo y me rodeó el hombro con él. Me quedé paralizada y lo dejé hablar.
—Todavía no hemos pisado tierra.
La insinuación era evidente.
Arther soltó una risita. Mae sonrió.
—Ah —dijo—, qué es ser joven y estar enamorado.
—¡Eh! —Arther le dio un codazo juguetón a su esposa—. Yo sigo enamorado. No sé tú.
Los dos se rieron, con ese aire de quienes comparten un chiste privado. Mae se volvió hacia mí.
—Cuando llegas a nuestra edad, estar enamorado significa aguantar sus chistes malos.
Esbocé una sonrisa forzada, hiperconsciente del contacto de Carey sobre mi hombro.
Me descolocó, porque estaba bastante segura de que era la primera vez que me tocaba desde que bailamos juntos en la boda.
Sabía que estaba actuando. No hacía falta que me lo dijera para darme cuenta, pero aun así me desconcertó.
Jamás se me había pasado por la cabeza estar casada con él tanto tiempo como llevaba esta pareja.
Lo miré de reojo. Nunca estaríamos tan enamorados y felices como ellos, y sin embargo iba a pasarme todos esos años fingiendo que sí.
Mae y Arther eran encantadores y era muy divertido estar con ellos.
El ambiente del día cambió, y escuché encantada todas las sugerencias de Mae sobre qué visitar en tierra, aunque sabía que Carey y yo nunca iríamos a ninguno de esos lugares.
Pero imaginarme en una luna de miel de verdad con él no estaba de más.
Carey rodeándome con el brazo, paseando juntos sin hacer nada y haciéndolo todo en una ciudad extranjera. ¿No sería maravilloso?
Pasar el día entero fingiendo ser una pareja enamorada en su luna de miel fue una tortura.
En algún momento, habíamos decidido telepáticamente que así lo haríamos y pasamos el día entero inseparables.
Carey me cogía de la mano o me rodeaba la cintura.
A veces me sorprendía con un beso espontáneo, como hizo mientras estábamos en cubierta por la noche.
Los cuatro estábamos recostados en tumbonas, contemplando las estrellas mientras bebíamos prosecco y charlábamos de cualquier cosa, cuando Carey se inclinó hacia mí y me besó en la mejilla.
Sentí el calor de su boca donde sus labios rozaron mi piel, y tuve que hacer un esfuerzo enorme para no saltar del asiento de la sorpresa.
Giré la cabeza hacia él. Mae y Arther estaban distraídos discutiendo sobre una constelación.
—¿Qué estás haciendo? —le susurré a Carey.
Sus ojos brillaban bajo la luz de la luna y las luces de cubierta.
Se recostó en el asiento pero no apartó el brazo de mi hombro. Dio un sorbo al vino, con la mirada fija en mi rostro.
—Lo que hacen las parejas.
Sacudí los hombros para quitarme su brazo, pero él volvió a ponérmelo.
—No tienes que hacerlo cuando no están mirando.
Hizo un puchero.
—¿Y si quiero?
El corazón me dio un vuelco.
—No lo dices en serio.
Se inclinó y apoyó la barbilla en mi hombro.
—Acabo de darme cuenta de que aún no hemos consumado nuestra unión.
Giré la cabeza bruscamente para mirarlo y casi choqué con él.
—¿Con-consumado?
—Hacer el amor. Tener sexo. Follar.
—Pensé que no me deseabas.
Le escudriñé la mirada, esta vez más inquisitiva. Tenía los ojos brillantes, los párpados caídos, la mirada desenfocada.
—Estás borracho.
—¿Y qué?