Capítulo 4
Carey
SALIR CON THALIA era un torbellino en el mejor de los sentidos.
Había algo en ella irresistiblemente atractivo que me hacía querer más.
Quizás era su inaccesibilidad. Nunca parecía ser mía, aunque llevábamos juntos un mes y follábamos prácticamente todos los días.
Si no hubiera crecido con ella, no sabría nada de ella.
Es una caja negra, hermética con todo lo que tiene que ver consigo misma.
Hasta anoche no me enteré de que tenía dos trabajos en lugar de uno.
Por lo visto, de vez en cuando servía en eventos, y una de esas veces fue ayer, cuando la llamé para invitarla a salir y me dijo que no podía hablar porque estaba a punto de servir en un almuerzo.
Pero ni siquiera eso bastó para disuadirme de querer verla. En lugar de hacer otra cosa con mi fin de semana, acabé esperándola en el aparcamiento del sitio donde trabajaba.
Me estaba volviendo loco, y me encantaba cada minuto.
No había podido dejar de pensar en ella a todas horas.
El recuerdo de su sonrisa o su risa, cómo su boca formaba una «o» cada vez que le daba placer, me asaltaba en los momentos más inesperados.
Qué ridículo pensar que una noche con ella me bastaría.
Un mes después, dudo que mi deseo por ella vaya a desaparecer jamás.
Salió del edificio una hora después de que yo llegara, y me bajé del coche para que pudiera verme.
—No deberías haber esperado —dijo después de que la abrazara y le diera un beso.
—No tenía nada más que hacer —respondí.
Sonrió con sorna.
—Sí, claro. Un abogado importante de Nueva York no tiene nada que hacer los fines de semana.
—Bueno —dije, abriéndole la puerta del copiloto—, este abogado importante despejó su fin de semana para pasarlo con su increíble novia, que creía que tenía el día libre.
Se le ensombreció el rostro justo cuando cerré la puerta y rodeé el coche hasta mi lado.
—Tuve que aceptar el trabajo —dijo mientras yo entraba—. Necesito el dinero.
—Si me cuentas por qué lo necesitas, quizá pueda ayudarte.
—Nada personal, ¿recuerdas?
Cada vez que me lanzaba esa regla a la cara, quería maldecirme por haberla propuesto. Pensé que me estaba haciendo un favor al asegurarme de que nuestra relación fuera solo sexo, sin ataduras emocionales. Ahora ya no estoy tan seguro de que fuera buena idea.
—¿Podemos cambiar la regla? Porque enterarme de que tenías otro trabajo fue una sorpresa que no me esperaba.
—O tal vez sea mejor dejarlo así. De todos modos, no te gustaría oír mis dramas.
Pero yo no quería dejarlo así, al menos ya no. Pensé que nos estaba haciendo un favor a los dos. Si mi padre supiera que me interesaba aunque fuera un poco, habría hecho todo lo posible por destruir la relación.
—No me importa escuchar una historia triste —dije.
Sonrió, y antes de que dijera nada, supe que iba a cambiar de tema.
—Nunca me has dicho adónde vamos.
Quería reconducir la conversación para saber más de ella, pero sabía cuándo no insistir. Y además, ¿por qué iba a tener tanta curiosidad por su vida personal? Podría tener secretos oscuros. Teníamos la relación perfecta sin ataduras. ¿Para qué estropearlo?
Le devolví la sonrisa.
—A nuestra antigua casa en los Hamptons. ¿Has estado alguna vez?
—Una vez, cuando tu madre me contrató para servir en su fiesta del puente del Día del Trabajo. Tengo que confesar que lo único que conozco de allí son las dependencias del servicio.
Primero fuimos a su apartamento, donde recogió algo de ropa para el fin de semana.
Una vez más, no me dejó acompañarla. Respeta sus límites.
Salió media hora después con un bolso de viaje en la mano y ropa limpia puesta: un vestido vaporoso azul y amarillo que le realzaba el escote y dejaba ver sus piernas torneadas.
Se me tensó la entrepierna mientras la ayudaba a meter el bolso en el coche.
Si iba a vestirse así todo el fin de semana, no haríamos ni la mitad de las actividades que había planeado.
Subimos al jet familiar y llegamos a los Hamptons justo antes del atardecer.
Farlow, el mayordomo y encargado de la propiedad, estaba allí para recibirnos, y Thalia me apretó la mano cuando, sin duda, se reconocieron.
Pero Farlow fue lo bastante profesional como para no decir nada.
Mientras la llevaba a nuestra habitación, ella preguntó:
—¿Somos los únicos aquí aparte de, ya sabes...?
—¿El personal? Sí. Mi familia solo usa esta casa para fiestas. Nadie viene nunca, salvo mi padre cuando Jacqueline le echa la bronca.
Me apretó la mano de nuevo.
—No te preocupes —la tranquilicé—. Rara vez discuten en esta época del año.
Llegamos a mi dormitorio. Habían ventilado y preparado la habitación para nuestra llegada, y mientras el personal entraba con nuestros bolsos, le dije a Thalia:
—¿Quieres que te enseñe la casa?
Asintió, y la llevé a recorrer la finca. Mientras paseábamos por los jardines, observé cómo la luz anaranjada del atardecer brillaba en sus rizos castaños y hacía resplandecer su piel canela.
—Este lugar es precioso —dijo.
—Sí.
Pero no me refería a la finca. Era grande y preciosa, aunque nadie en la familia Hawthorne, yo incluido, parecía valorarla demasiado. Excepto mi padre, claro. Mientras las olas rompían, recordé por qué la había traído aquí.
—¿Te gusta navegar?
Arqueó las cejas.
—¿Tengo pinta de saber si me gusta navegar o no?
Me reí.
—¿Quieres descubrirlo?
Thalia miró hacia el océano.
—Hoy no, claro, pero quizá mañana.
Frunció ligeramente el ceño.
—No creo que haya traído ropa para navegar.
—¿Has traído pantalones cortos?
Asintió.
—Es toda la ropa para navegar que necesitas.
Se le oscurecieron los ojos al captar el doble sentido.
—No pienso navegar en topless, si es lo que estás insinuando.
La agarré por la cintura y la atraje hacia mí.
—Solo tanteo el terreno. Quién sabe, igual te van esas cosas.
Frunció el ceño.
—No sé nadar.
Le di un beso en el ceño fruncido hasta que desapareció. —Genial, porque estaremos en un barco.
Al día siguiente, las aguas estaban en calma y el cielo despejado.
Perfecto para navegar. Nos despertamos más tarde de lo previsto porque habíamos pasado toda la noche anterior follando como locos.
Para cuando desplegué las velas y salí del muelle, ya era casi mediodía.
Thalia resultó ser una ayudante excelente para ser su primera vez.
Siguió todas mis instrucciones con entusiasmo, y cuando por fin nos adentramos en el océano, parecía disfrutar de la experiencia.
—¿Te gusta? —dijo Thalia.
Estaba sentada detrás de mí en la cubierta mientras yo llevaba el timón.
Le eché un vistazo rápido y sentí un escalofrío de excitación recorrerme la espalda.
Los pantalones cortos blancos y el top azul que llevaba me distraían tanto que estaba pensando en llevar el barco a algún lugar apartado para poder devorarla allí mismo, en la cubierta.
—¿Te refieres a navegar? Sí.
—No recuerdo que te gustara tanto el mar.
—No me gustaba hasta que pasé unos meses con mi tío en Copenhague durante mi año sabático. Le encantaba tanto navegar que se pasaba casi todos los días en el agua o arreglando barcos. Me enseñó todo lo que sé.
Ahora estábamos en aguas tranquilas y podía dejar el barco a la deriva sin problema.
No había ningún otro barco a la vista. Estábamos solos.
Bajé a la cubierta inferior y saqué la cesta de picnic que le había pedido a Farlow que nos preparara.
Thalia parecía divertida mientras sacaba el vino y unos aperitivos para acompañarlo.
No me quitó los ojos de encima mientras preparaba todo.
—¿Qué?
La curiosidad me estaba matando; cuanto más tiempo pasaba sintiéndome observado como bajo un microscopio, peor.
—¿Así es como seduces a todas las mujeres que traes aquí?
—Si tanto quieres saberlo, eres la primera mujer que ha estado en este barco. Ni siquiera mi hermana se ha subido.
—Mentiroso.
—Es verdad. Podría llamarla para confirmarlo, pero ya no nos hablamos.
Se acercó a donde estaba preparando todo y se sentó frente a mí mientras servía el vino en un vaso de plástico. Se lo tendí. Lo cogió, pero no bebió. —¿Ivy y tú ya no os habláis? ¿Por qué?
Estiré las piernas en la cubierta, cogí el otro vaso de plástico y me serví un poco de vino. —Ah, nada de información personal, ¿recuerdas?
Ella también estiró las piernas y dio un sorbo al vino. —Touché.
—Normalmente navego solo —dije, sintiendo que necesitaba ofrecerle algo—. Es la mejor forma de estar a solas con tus pensamientos. Hay algo en la inmensidad del océano que resulta reconfortante.
Miró a su alrededor. —Lo entiendo. A veces me dan ganas de alejarme de todo y simplemente... bueno, zarpar.
Se le ensombreció el rostro y quise saber por qué. Tenía la pregunta en la punta de la lengua, pero antes de que me atreviera a formularla, esbozó una sonrisa preciosa y, sin más, fue como si la tristeza nunca hubiera existido.
Después de eso, volvimos a temas más seguros.
Cuando terminamos de comer, Thalia se quitó los pantalones cortos y el top y se quedó solo con un bikini rojo, mientras yo me quedé en bañador.
—Ayúdame con esto —dijo tendiéndome una botella de protector solar.
Empecé a aplicarle la crema generosamente, pero pronto me dejé llevar al llegar a su pecho.
Le acaricié las tetas hasta que nos volvimos locos.
Al poco, el bikini también desapareció, igual que mi bañador, mientras hacíamos el amor bajo el sol.
Cuando regresamos a la casa, el cielo estaba teñido de rojo y naranja.
Había planeado una cena a la luz de las velas en la terraza, solo para nosotros dos.
Pero en cuanto Thalia subió a ducharse, Farlow se me acercó para preguntarme si quería seguir adelante con el plan.
—¿Por qué? ¿Hay algún problema para organizarlo?
—pregunté. Farlow carraspeó. —Su padre está aquí, señor.
Ha pedido que usted y Thalia cenen con él.
Fruncí el ceño. —¿Dijo su nombre específicamente?
—La hija del chófer —dijo mi padre entrando en el vestíbulo con una risita—. Siempre te han gustado las chicas de clase baja.
—Papá.
¿Por qué tenía que venir a arruinarlo todo? Su elitismo era repugnante y ya había causado mucho dolor en esta familia.
—Pero ella es diferente. Es buena chica. Me encantaría conocerla. Cenemos juntos.
Esbozó una sonrisa de un blanco artificial. Su intento de parecer más joven con carillas, bronceado falso y tinte solo conseguía que pareciera más viejo de lo que él creía. Sin duda, un intento patético de aparentar una edad más cercana a la de cualquier amante joven con la que estuviera liado.
—No me apetece cenar en parejita con tu amante. Paso.
Levantó la barbilla y sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Esa mirada solía intimidarme, pero ya no, me recordé. Enderecé la espalda y le sostuve la mirada. La comisura de su boca se elevó ligeramente. —No temas, hijo. He venido solo.
Me dio una palmadita en el hombro.
—¿Te importaría que Thalia y yo pasáramos la noche a solas? Todavía no hemos llegado a la fase de conocer a los padres.
—Venga —dijo con un tono demasiado desenfadado—, ¿cuándo me has presentado a alguna de tus novias? Además, es la hija de John. No creo que sea tan incómodo compartir una cena.
No se me ocurrió ninguna réplica. No sabía si esto la espantaría. Thalia había insistido mucho en que lo nuestro no fuera nada serio. Pero tampoco era que no conociera a mi padre o a mi familia. —Vale.
Mi padre dio una palmada. —Genial. Cenaremos en el salón azul.