Esposa no deseada (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 2
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Capítulo 2

Thalia

LE DIJE QUE no podía hacerlo. Él estaba tan seguro de que tendría éxito, pero no fue así, y ahora he vuelto a mi apartamento.

Sola. Sin embargo, no se equivocaba en una cosa.

Su hijo sí me deseaba. Cuando Nolan Senior me dijo que sedujera a su hijo, me reí en su cara.

Carey Hawthorne me odiaba. Lo dejó claro cada vez que estaba en su compañía, desde que éramos niños hasta que nos hicimos adolescentes.

De pequeño me acosaba, y al crecer me ignoraba.

Estaba segura de que Carey odiaba verme, hasta esta noche.

Esta noche era un hombre diferente. Un hombre que me deseaba.

Eso me dejó helada. Que Carey Hawthorne me encontrara atractiva.

Lo bastante atractiva como para seducirme. Para besarme.

Ante semejante revelación, no fui capaz de seducirlo a mi vez. No estaba bien. Por mucho que me desagradara Carey, no merecía que lo engañaran. No debería haber aceptado el trato para empezar. Y cuando no pude soportar la presión, salí pitando de aquella fiesta como una cierva asustada.

¿Y el dinero? La vocecita me estuvo fastidiando en el fondo de mi mente mientras me quitaba el vestido y me preparaba para acostarme.

Había otras formas de conseguir dinero, formas más honestas que no implicaban mentiras ni engaños.

Le diría a Nolan Senior que buscara a otra para seducir a su hijo, y me olvidaría de que había hablado con Carey Hawthorne.

Pero el universo tiene un extraño sentido del humor.

Una semana después, le serví una bebida a Carey. La mesa dos no era la mía, pero como necesitaba hasta el último céntimo, decidí cubrir a una amiga. Debería haber reconocido su perfil, pero estaba tan cansada que me pilló desprevenida cuando dijo —¿Thalia?— mientras dejaba el whisky en la mesa.

Pensé en fingir que no lo conocía, pero era una tontería. Incluso se me pasó por la cabeza salir corriendo del bar. Eso era aún más tonto. Forcé una sonrisa débil.

—Hola.

—Llevo siete días buscándote. Me dejaste en visto —dijo él.

Estaba más guapo de lo que debería. La camisa blanca y la corbata azul lo hacían destacar en aquel bar frecuentado sobre todo por obreros de la construcción. La mesa dos era un reservado semicircular en la esquina, y él estaba sentado en el centro, con la chaqueta tirada a su lado.

—No sabía que frecuentabas estos lugares —dije, sin poder ocultar la sorpresa.

—No sabía que te encontraría aquí. Habría jurado que dijiste que trabajabas en la planta de oficinas encima de la mía.

—Este es mi segundo trabajo —mentí.

—Qué curioso, la gente de allí dijo que no te conocía.

—Me pillaste. ¿Qué haces aquí?

—Ya te lo dije. Quiero verte.

—¡Thalia! —me llamó mi jefe desde detrás de la barra, visiblemente molesto mientras señalaba una mesa que acababan de ocupar.

—¿Ves? Ya me has visto —le dije a Carey, y lo dejé para atender la mesa cinco.

Sentí su mirada clavada en mí mientras trabajaba.

Hice todo lo posible por ignorarlo, pero era imposible.

Incluso cuando el bar se llenó y no di abasto, él seguía observándome.

Al principio resultaba desconcertante, pero a medida que avanzaba la noche, empezó a resultar casi reconfortante.

Y cuando el ajetreo fue disminuyendo, él seguía allí.

—Ya has terminado —dijo mi jefe mientras yo entraba con una bandeja de vasos de cerveza vacíos.

—Pero todavía me quedan mesas por atender.

Se encogió de hombros, haciéndose el despreocupado más de lo habitual.

—Ya has trabajado bastante. Silvy puede sustituirte.

Miró hacia Carey, y todo encajó.

—¿Cuánto te ha ofrecido? —pregunté.

La cara hinchada de mi jefe se puso colorada.

—Nada —su respuesta rápida no resultó convincente—. Ve a estar con tu amigo. Necesitas descansar.

Si fuera ingenua, me habría dejado engañar por la preocupación en su voz.

Miré hacia la mesa de Carey, donde daba sorbos a su segunda copa de la noche.

Parecía un espectador inocente, a lo suyo.

Cuando volví a mirar a mi jefe, ya había cogido mi bandeja y se la había pasado a Silvy.

A Silvy no parecía importarle servir mesas en lugar de estar en la barra, y me hizo un gesto para que me fuera mientras pasaba al otro lado del mostrador.

—Yo que tú no haría esperar más a un hombre tan paciente.

Carey alzó el vaso hacia mí, y fui directa hacia él.

—¿Cuánto les has pagado?

—Siéntate —dijo, dando unas palmaditas en el asiento.

Estaba sexy de una forma desenfadada que gritaba peligro.

Llevaba la corbata floja y un par de botones de la camisa desabrochados.

Se me fueron los ojos hacia la pequeña V que dejaba entrever un poco de piel, y me pregunté qué se sentiría al tocarlo.

Cuando volví a mirarlo a los ojos, vi en ellos un brillo de deseo que me hizo avergonzarme de lo que estaba sintiendo.

—¿Cuánto les has pagado?

—Lo que ibas a ganar en lo que quedaba de turno, y algo más.

Puse los ojos en blanco y me dejé caer en el asiento sin darme cuenta de lo que hacía.

—Esto es serio, ¿te das cuenta? Estás poniendo en peligro mi trabajo.

Sonrió y se inclinó hacia delante.

—No sé yo —dijo, señalando hacia la barra—, tu jefe no parece molesto. Pero me intriga saber por qué te importa tanto este trabajo de camarera cuando supuestamente trabajas en uno de los mejores bufetes de la ciudad.

La luz tenue del bar disimuló el rubor de mis mejillas. No se me da bien mentir. Nunca esperé que preguntara por mi trabajo ni por qué estaba allí, así que solté la primera excusa que se me ocurrió.

—Esa fiesta era el último sitio donde esperaba verte.

Arqueó las cejas.

—Y yo que pensaba que estábamos conectando de verdad. ¿Tan mal se me da ligar?

No se le daba nada mal.

—No debería haber estado allí.

—Da igual. Quiero volver a verte.

Estaba cerca. Tan cerca que podía ver el color de sus ojos incluso con aquella luz tenue.

Eran de un marrón tan profundo que casi parecían negros.

Su boca era tan tentadora como aquella noche.

En algún momento de nuestra conversación, había pasado el brazo por el respaldo del banco detrás de mí, como si fuéramos pareja.

Negué con la cabeza.

—Lo nuestro no puede ser. De ninguna manera.

—¿Por qué no? —Su voz sonó incrédula, como si lo contrario fuera inevitable.

—Nuestra diferencia de clase, para empezar. Soy camarera. Nunca fui a la universidad, como dije. Esa fue otra mentira.

Soltó una carcajada. —Pareces una criada victoriana. ¿Quién ha hablado de relaciones a largo plazo, o de una relación siquiera? —Mi cara se puso aún más roja—. Te deseo —continuó con más seriedad—. Quiero saber si fui un idiota por no hacer lo que debería haber hecho hace tantos años.

Se me cortó la respiración. Parecía haberse acercado aún más, con nuestros labios a apenas unos centímetros. —Siempre me he preguntado cómo sería.

—¿A-a qué te refieres?

—Tú y yo. Me ha obsesionado desde que era adolescente.

—Me odiabas.

—A mi cuerpo le daba igual.

Esto era nuevo. Carey no solo me había ignorado; se había esforzado por hacerme la vida imposible. Cada vez que sus amigos mostraban algún interés en mí, él hacía o decía algo para disuadirlos de invitarme a salir. —¿Por qué me dices esto ahora?

—Venga ya. ¿Me estás diciendo que nunca has sentido nada por mí? Sé que me odiabas tanto como yo a ti, pero algo habrás pensado.

Sí, muchas veces, pero creía que mis sentimientos no eran correspondidos.

Me tomó la barbilla. —Lo sé. He pensado mucho en ello.

Se inclinó hacia mí, a punto de besarme, hasta que me eché hacia atrás y miré hacia la barra.

Mi jefe estaba ocupado atendiendo a un cliente, y el resto de los parroquianos ni se fijaban en nosotros, pero aun así me sentía incómoda.

Parte de mí se preguntaba si la gente de Nolan Senior andaba cerca, lista para informar de mi éxito o fracaso.

Estaba siendo paranoica, sí, pero con ese hombre, más valía curarse en salud.

—Aquí no.

Le brillaron los ojos. —¿Tu casa o la mía?

Qué rápido. Imaginarme a Carey y a mí enredados entre las sábanas encendió un fuego en mi entrepierna, pero también entrañaba un peligro que nunca antes había sentido. No. Debía resistirme. —No recuerdo haber aceptado acostarme contigo.

Esbozó una sonrisa perversa. —Creo que ya aceptaste hace un rato.

—Estás loco si crees que pagarle a mi jefe por mi tiempo equivale a haber llegado a algún tipo de acuerdo contigo.

—No estoy hablando de hoy. Hablo de la fiesta. No me digas que no sentiste nada por mí ese día, ni desde entonces.

Inspiré hondo y su colonia me inundó las fosas nasales.

Era tan embriagadora como aquella noche en la terraza, y me recordó de qué había huido.

—No he pensado en ti en absoluto. —Mi mentira era obvia, incluso para él.

Se rio y se recostó. Me relajé, pero solo un poco, mientras lo observaba dar un sorbo a su bebida olvidada.

—¿Es mi pasado que vuelve para atormentarme? —dijo.

Hasta que su padre se me acercó con aquella propuesta descabellada, no había pensado en Carey en mucho tiempo.

Sí, de vez en cuando me venía a la cabeza, pero nunca había sido una obsesión, al menos no tanto como cuando éramos jóvenes.

Achaqué la mayor parte de su comportamiento hacia mí a caprichos de niño rico, y el resto al aburrimiento. —Como dije, nunca he pensado en ti.

Entrecerró los ojos y cruzó los brazos. —La otra noche percibí algo distinto en ti. Habría jurado que querías seducirme.

¿Sabría lo del plan de su padre? ¿Debería contárselo? Pero ya había decidido que no quería seguir adelante con aquello. Pensé que debería decírselo, pero antes de que pudiera abrir la boca, él dijo: —Supongo que no debería tener tan alto concepto de mí mismo.

—Es fácil suponerlo. Estoy bastante segura de que la mayoría de las mujeres en aquella sala me envidiaban cuando te vieron llevarme a la terraza.

—Y sin embargo, ninguna de ellas me importaba salvo tú. —Extendió la mano y tomó la mía. El movimiento fue tan repentino que no tuve tiempo de reaccionar; solo pude dejarme llevar mientras me atraía hacia él—. No me digas que fui el único que sintió esa descarga cuando nos besamos.

El corazón me latía tan fuerte que me pregunté si podría oírlo. Debería irme. Debería rechazarlo, con delicadeza o sin ella, para que se quitara la idea de nosotros de la cabeza. Pero no podía. Por mucho que quisiera huir de él, también quería correr hacia él.

—No he podido dejar de pensar en ti. —Su mirada viajó de mis ojos a mis labios y se detuvo allí—. Puede que no estés tan obsesionada conmigo como yo contigo, pero juro que me he preguntado mil veces cómo se sentiría tu cuerpo, desnudo y suave contra el mío.

—Carey. —Mi voz sonó ronca de excitación, menos como una súplica para que parara y más como una súplica para que continuara lo inevitable.

Un beso. Lo interpretó así y posó los labios sobre los míos como si estuviera sediento, como si yo fuera lo que había estado anhelando todo este tiempo.

Su beso con sabor a whisky me volvió loca con el mismo deseo que él sentía.

Todo desapareció: el bar, la ciudad. Solo éramos él y yo.

Mi mente se convirtió en papilla, y lo único que quería era a Carey Hawthorne.

Era como si hubiera abierto una caja dentro de mí llena de sentimientos que no sabía que tenía.

El beso fue salvaje. Cuando me atrajo contra él y su mano se deslizó hasta la parte baja de mi espalda, algo dentro de mí me devolvió a la realidad. Me aparté de él. —Aquí no —dije.

—¿Tu casa o la mía?

Preguntó porque sabía que me era imposible rechazarlo.

Lo deseaba demasiado, y él me deseaba igual.

El deseo entre nosotros clamaba por ser explorado.

Además, ¿qué daño podía hacer sentirse bien solo esta vez?

Carey me estaba prometiendo una aventura de una noche sin ataduras.

Podríamos estar juntos esa única noche y nunca más.

Dudaba que me buscara después; era de los que van de flor en flor. Y eso me bastaba.

—La tuya.