Esposa no deseada (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 1
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Esposa no deseada (Multimillonarios Hawthorne)

Esposa no deseada (Multimillonarios Hawthorne)

Por Piper Knox

© inepub.com

Capítulo 1

Carey

LA FIESTA ERA un muermo, y para colmo, se celebraba en mi honor.

Todos estaban aquí por mí, y ni siquiera conocía a la mitad.

Pero ese es el problema de las fiestas de oficina, ¿no?

No se celebran para festejar la ocasión, sino para dar a los buscacontactos la oportunidad de repartir tarjetas de visita a gente que no las quiere.

Ni siquiera la exclusividad disminuía el ambiente de oficina.

Puedes poner a los empollones de leyes vestidos de gala, pero eso no los convierte en socialités.

—¡Carey! —Alguien me dio una palmada en la espalda—. ¿Qué tal se siente ser socio?

Mi hermano Ty apareció frente a mí. Balanceaba una copa de champán en la mano y le dio un sorbo antes de añadir:

—¿Y por qué no pareces contento?

Me metí la mano en el bolsillo y me erguí.

—¿Quién dice que no lo estoy?

Ty se rio y se colocó a mi lado, con la mirada recorriendo la sala.

—El protagonista de la fiesta rara vez baila solo. ¡Eres socio! Si no estás alternando con tus colegas mortalmente aburridos, al menos deberías estar enrollándote con alguna pasante en el guardarropa.

Estábamos en un extremo del salón dorado y blanco, alejados de la mayor parte de la gente. Había elegido ese rincón porque estaba harto de que conocidos y desconocidos se comportaran como los pelotas más repugnantes en mi presencia.

—¿Y perder el puesto de socio nada más conseguirlo?

Tyler se encogió de hombros.

—Dudo que los demás socios tengan agallas para despedirte, conociendo la reacción de papá.

Papá. Si había alguien en quien no quería pensar hoy, era él. Desde que se le metió en la cabeza que yo podía ser algo más que un simple abogado defensor, se había involucrado en mi carrera más de lo que me gustaría admitir.

—¿Podemos dejar de hablar de él?

—Claro. Siempre que tú... ¿Es quien creo que es?

La mirada de Tyler se desvió hacia un punto detrás de mí. Sin saber a quién miraba, supe que era una mujer.

—¿Ya encontraste el ligue de esta noche?

Tyler me dio un codazo.

—¿La invitaste tú?

Picado por la curiosidad, me volví para ver qué había captado su atención y me quedé sin palabras.

De pie junto al bar improvisado, con un cóctel en la mano, estaba una de las mujeres más hermosas que había visto en mi vida.

Thalia MacNeal siempre había sido guapa, pero se había convertido en una mujer despampanante.

El vestidito negro que llevaba se ceñía a sus curvas voluptuosas e insinuaba un cuerpo hecho para el pecado y el placer.

—Joder.

—No tenía ni idea de que la pequeña Thalia había pegado semejante cambiazo —dijo Tyler—. ¿La invitaste tú?

Negué con la cabeza, sin apartar la mirada de ella.

Levantó la vista del móvil y nuestras miradas se cruzaron.

Sus ojos se abrieron de par en par, mientras que los míos sin duda brillaron con un deseo latente.

Una necesidad visceral de poseerla me invadió.

Una palabra destelló en mi mente: mía. Un viejo sentimiento que resurgía.

Los demás hombres de la sala también se habían fijado en ella, y algunos parecían prepararse para dar el paso.

No si llego yo primero. Sin pensar, atraído como una polilla por la llama, fui directo hacia ella.

Oía a Tyler riéndose, pero su voz, junto con las de los demás, se convirtió en ruido de fondo. No existía nada más que ella.

Era aún más deslumbrante de cerca. Se había dejado crecer el pelo en rizos saltarines que le caían hasta los hombros y enmarcaban su delicado rostro.

Su piel canela parecía resplandecer bajo la luz cálida.

Sus ojos eran su rasgo más cautivador. Siempre lo habían sido, pero ¿ahora?

Podría perderme en esas profundidades oscuras todo el día.

El tiempo pareció ralentizarse con cada paso que daba. Cuando por fin llegué hasta ella, irguió la espalda y me miró a los ojos.

—Vaya, qué sorpresa verte aquí.

Al instante quise darme de bofetadas. No se me ocurría nada ingenioso que decir; todas mis ocurrencias parecían haberse esfumado.

—Felicidades.

Su voz sonó entrecortada. Estaba hipnotizado por sus labios carnosos y sentí cómo se me tensaba la entrepierna mientras un fuego se encendía en los oscuros y eróticos recovecos de mi interior. Tranquilo, me dije.

—Gracias. Hacía mucho que no te veía. Lo último que supe era que estabas en... ¿Los Ángeles?

—San Diego. La universidad.

—¿Qué tal te fue?

—Conseguí un título.

—Felicidades.

—Hace tres años.

—Ah. Cierto.

Me sentí como un idiota. Claro, Thalia y yo solo nos llevábamos un año.

—¡Felicidades atrasadas! ¿Qué te trae de vuelta por estos lares?

Se encogió de hombros.

—Trabajo. Me contrataron hace poco en la planta de arriba. Nos llegaron invitaciones para esto, y no pensaba venir hasta que me enteré de que trabajabas aquí. ¿Socio? Impresionante.

No parecía tan impresionante cuando tu padre untaba a la mayoría de los socios. Conseguir la empresa de mi padre como cliente probablemente había acelerado mi ascenso.

—Gracias por venir. Es un alivio tener a alguien aquí que no sea familia ni pelotas.

Sonrió con sorna.

—¿Carey Hawthorne no me considera una pelota? Cuánto has cambiado. Me llamaste una de las peores, si mal no recuerdo.

Me encogí de vergüenza. No solo la había llamado eso; de pequeños, le había puesto muchos motes horribles, algunos que preferiría olvidar.

—¿Puedes perdonar al joven tonto e ingenuo que fui? Ahora que he conocido a auténticos pelotas, tengo que admitir que tú nunca lo fuiste.

Thalia arqueó las cejas, como si fuera a decir algo, pero negó con la cabeza. Cogió el bolso de la barra y se giró para marcharse. Sorprendido por el cambio de actitud, la agarré del brazo para detenerla. Cuando se volvió hacia mí, su aire juguetón había desaparecido.

—¿Ya te vas?

Bajó la mirada. ¿Era vergüenza? ¿Incomodidad? ¿Repulsión? No sabría decirlo.

—No puedo hacer esto.

¿Me lo decía a mí o a sí misma?

—No puedes irte ahora. Eres lo único refrescante de esta fiesta aburrida.

Levantó la vista, con los ojos vidriosos. ¿Estaban llenos de lágrimas? Algo no cuadraba, pero no me importaba lo suficiente para averiguarlo. Solo sabía que tenía que quedarse, permanecer a mi lado un poco más. Me volví hacia su copa olvidada. Estaba vacía. Yo ni siquiera había probado la mía.

—¿Quieres otra?

Hizo algo parecido a un asentimiento. Lo interpreté como tal y pedí rápidamente otra copa para ella y un whisky para mí.

Le tendí la copa y suspiré aliviado cuando la aceptó.

La sala estaba llena de gente que aprovecharía cualquier momento para apartarme de ella si nos quedábamos mucho rato.

Le tomé la mano y señalé hacia la terraza.

—¿Te apetece tomar el aire?

Pareció dudar, pero asintió. —¿Por qué no?

Me abrí paso entre la multitud con su mano en la mía, esquivando la mirada de cualquiera que pudiera querer entablar conversación.

Tyler esbozó una sonrisa cómplice al vernos pasar, pero lo ignoré.

La terraza estaba vacía, tal como esperaba.

El aire fresco del verano supuso un alivio bienvenido tras el calor sofocante de la fiesta.

Thalia caminó hasta el borde y se volvió hacia mí.

Con el horizonte de la ciudad a su espalda, parecía una femme fatale de cómic.

Catwoman. Y sin embargo, había en ella una inocencia que el vestido sexy no lograba ocultar.

Una combinación embriagadora. Sentí que la excitación crecía mientras imaginaba todas las formas en que la haría mía esa noche.

Quizá fuera solo el comienzo, pero algo me decía que estábamos destinados a acabar en brazos del otro.

Llámalo destino, llámalo deseo. Solo sabía que tenía que hacerla mía.

—Eres muy hermosa —dije.

Resopló. —No tienes que mentirme, Carey. Sé que no me ves así.

—Si te refieres a lo que dije cuando éramos adolescentes, recuerda que solo éramos críos.

—¿Así que nunca pensaste que era una bruja de pantano?

—Ese insulto, del que me disculpo, fue porque te vestías como tal. Ya no, por cierto.

Su respuesta fue cortante. —Gracias.

—Lo estoy enfocando mal. No debería haberte llamado bruja de pantano porque nunca lo fuiste. Es que... era un idiota por aquel entonces.

Dio un sorbo a su copa y contempló la ciudad a su espalda. —Lo eras. ¿Me estás diciendo que has cambiado?

Acorté la distancia entre nosotros. —Hay quien dice que no, pero yo no les haría caso si fuera tú.

—¿Y por qué tengo la sensación de que dicen la verdad?

—Porque ahora solo soy un idiota con la gente que odio, no con todo el mundo.

—¿Y entonces no me odiabas? Habría jurado que sí.

¿La odiaba? La Thalia que yo conocía era muy distinta de la diosa que tenía ahora delante.

Era callada, nerviosa y a veces demasiado fácil de intimidar.

Como teníamos edades parecidas y su padre era el chófer de la familia, Thalia y yo íbamos juntos al colegio.

Su padre me dejaba en el colegio privado y luego la llevaba a ella al público, que estaba en la manzana de al lado.

Por eso Thalia y yo pasábamos mucho tiempo juntos, y mi comportamiento con ella por aquel entonces no podía calificarse de amable. ¿Pero odio? —No te odiaba.

Ladeó la cabeza. —Me lo dijiste a la cara. ¿Recuerdas cuando te conté que era mi noveno cumpleaños y me dijiste que no debería cumplir más?

—Joder. ¿Me estás diciendo que eché a perder mi oportunidad contigo cuando tenía diez años? —Di un paso vacilante hacia ella—. Era un mocoso malcriado. ¿Cómo puedo compensártelo?

Entrecerró los ojos. —¿Estás coqueteando conmigo?

—¿Qué creías que estaba haciendo?

Cambió el peso de un pie a otro; su actitud pasó de despreocupada a cautelosa y volvió a relajarse.

Algo en ello debería haberme puesto en alerta, pero estaba demasiado cegado por el deseo para darme cuenta.

Ahora que estábamos solos, el anhelo que sentía por ella no hizo más que intensificarse.

Me sentía atraído hacia ella y, sin darme cuenta, me fui acercando hasta que apenas nos separaba distancia alguna.

En algún momento, debió de notar que ya no estábamos tan lejos el uno del otro. —Carey —susurró.

No pude evitarlo. Mi boca buscó la suya y atrapé sus labios con los míos.

Eran tan suaves como había imaginado: carnosos y dulces.

Quería más. Cuando logré que entreabriera los labios con mi lengua, ambos gemimos en cuanto cedió y me dejó entrar.

La estreché entre mis brazos y oí cómo mi copa se derramaba. ¿O era la suya?

El beso fue distinto a todo lo que había experimentado antes.

Fue como probar una droga a la que siempre me había resistido, aun sabiendo en el fondo lo adictiva que podía ser.

Su boca se movía contra la mía mientras me devolvía el beso.

Nuestras lenguas se encontraron y danzaron mientras nos saboreábamos.

Apreté su cuerpo contra el mío y gimió al sentir mi excitación.

—Te deseo —dije cuando por fin nos separamos para respirar.

—Carey, no. —Me empujó hacia atrás y se apartó para poner distancia entre nosotros.

—Lo siento. No sé qué me pasó. Tenía que besarte.

Se llevó la mano a los labios y carraspeó. —Acabamos de reencontrarnos.

—Nos conocemos desde hace años.

—Pero nunca has conocido a la auténtica Thalia. —Apuró de un trago lo que quedaba de su copa—. No puedo hacer esto. Lo siento, Carey. No debería haber venido. Tu p...

Dejé mi copa en el borde y volví a estrecharla entre mis brazos. —¿De qué tienes miedo? No puedes decirme que no sientes nada por mí después de ese beso. Vámonos de aquí.

Se apartó y bajó la mirada. —No creo que pueda.

Justo cuando iba a preguntarle por qué, la puerta de la terraza se abrió y salió un colega.

Ben, un abogado que había entrado en el bufete a la vez que yo.

—Ahí estás. Los socios principales te buscan.

—Estuve a punto de decirle a Ben que me dejara en paz, pero aquel ascenso era algo que siempre había deseado y no podía ignorarlos sin más.

—¿Me esperas? —le pregunté.

Asintió.

Entré con la esperanza de que siguiera allí cuando volviera. Pero cuando por fin logré escapar de los veteranos que querían felicitarme, no había nadie en la terraza. Ni rastro de ella en toda la fiesta. Se había ido.