EPÍLOGO
En el momento en el que Cora supo que toda su familia se había ido a dormir, o al menos a intentarlo, y todo se había quedado en completo silencio, salió de su dormitorio.
Desde que habían enterrado a los muertos, la joven no había salido de su habitación y sentía que necesitaba unos momentos a solas en el castillo para volver a ser ella misma sin el juicio de alguien.
Descalza y con el camisón puesto, la joven subió a lo más alto de la torre.
Sus pies no se escuchaban en medio del pasillo vacío, por lo que podía ir tranquila.
Cuando llegó arriba y el frío de la noche le dio de lleno en el cuerpo, ni siquiera fue capaz de sentirlo.
Al contrario, tenía la impresión de que su cuerpo iba a echar a arder en cualquier momento debido a la ira que habitaba en su interior.
Sentía que el día anterior no solo había perdido a su madre y su hermano sin que ella pudiera hacer nada, sino también al resto de su familia, sintiéndose más sola que nunca.
El pelo ondeaba con el viento, reflejando en la oscuridad rayos de fuego, el mismo que ella sentía en su cuerpo. Sin saberlo, los Ross habían despertado a la bestia que habitaba dentro de ella y esta vez no pensaba acallarla.
Los ojos verdes de Cora se dirigieron hacia el negro cielo al tiempo que una de sus manos también se elevaba. La otra, con la que portaba una daga, brilló en la oscuridad de la noche cuando la llevó hacia su otra mano.
—En este momento, hago un juramento de sangre a todos mis antepasados muertos.
Lucharé hasta el final para acabar con las personas que os han hecho daño y, si caigo en la batalla, jamás recojáis mi espíritu, pues no seré merecedora de ello.
Aceptaré caer en la más absoluta oscuridad de mi alma por haber fallado a todos.
La sangre brotó de la herida que la joven acababa de abrirse en la mano.
La determinación con la que pronunció aquellas palabras caló en lo más hondo de su propio pecho.
Ya no tenía miedo, ya no sentía culpa, ni siquiera le importaba lo que Rowan o Alasdair pudieran pensar de ella.
En su corazón y en su alma solo quedaba un sentimiento que había ganado terreno a los demás: el más absolut o e innegable deseo de venganza.
—Preparaos, enemigos, porque habéis despertado a la bestia.