Capítulo 37
TREINTA Y SIETE
AIDEN
Raven me miró con los ojos muy abiertos, una gama de emociones cruzando su expresión mientras el silencio se extendía entre nosotros.
—No —habló finalmente con un tono plano—. Eso no es… no. No, no, no. —Tuve la sensación de que intentaba convencerse más a sí misma que a mí—. No pudo haber pasado tan rápido. No, no, no estoy embarazada.
—¿Quieres ver la prueba de embarazo? —Ofrecí—. ¿O quizá podamos volver a hacerla? Me detuve y compré tres diferentes.
—En verdad deberías aprender a meterte en tus asuntos, Aiden —replicó con brusquedad—. Además, estás mintiendo. Sé que lo haces.
Me dirigí a la sala y dejé las bolsas en el sofá con un fuerte golpe. El oso de peluche se desplomó hacia adelante como si no fuera bienvenido aquí.
Apreté la mandíbula.
—Raven. Vi el positivo de la prueba de embarazo que dejaste en tu apartamento.
Sus pupilas se dilataron mientras seguía mirándome.
—¿Husmeaste entre mis pertenencias privadas?
—Mi hermano la encontró mientras empacaba tus cosas —repliqué con calma. Claramente estaba en shock y no necesitaba que yo también perdiera los estribos.
—Así que sí, ¿husmearon entre mis cosas?
—No fue husmear. Sabías que volvieron a tu apartamento para recoger tus cosas y traerlas aquí. ¿Por qué me ocultaste el embarazo?
Abrió la boca, pero no salió nada. Prácticamente podía oír los engranajes rechinando mientras ella inventaba una excusa.
—Raven —gruñí, la rabia retorciéndome las entrañas.
—No la vi —admitió con voz aguda, pasando las manos por sus mechones y agarrándolos como si fuera su cordura—. Acababa de hacérmela cuando entraste de golpe a mi habitación. Ni siquiera llegué a ver el resultado.
—Debiste haberme dicho que te la habías hecho para empezar —objeté, sabiendo que estaba siendo irracional.
—¿Fue positiva? —susurró, negando con la cabeza como si eso pudiera cambiar el resultado—. Los falsos positivos ocurren.
Me acerqué más. Dio dos pasos atrás, con sus manos temblorosas a los lados.
—No usamos protección —le recordé, con voz baja, casi tragada por el denso silencio entre nosotros—. Ni la primera vez ni anoche.
Sus ojos se abrieron de par en par, vidriosos y desenfocados, como un ciervo atrapado en las luces. El color se le desvaneció de su rostro hasta que parecía casi translúcida con la tenue luz.
—Quizá no es… tuyo —susurró, cada palabra temblando en sus labios.
Tomé una respiración profunda, luchando por mantener un tono firme.
—Eras virgen antes de que durmiéramos juntos —señalé con suavidad pero firme—. Y soy el único hombre que te ha tocado desde entonces.
Negó con la cabeza, mechones de cabello cayendo sobre sus ojos.
—No, no, no… No puede ser. —Llevó sus manos a su boca, temblando—. No quiero esto. —Su voz se quebró en la última palabra, cruda y frágil—. No ahora. No así.
El aire entre nosotros se volvió denso, demasiado pesado, demasiado lleno de cosas para las que ninguno de los dos estaba preparado para afrontar. En algún lugar afuera, el viento cambió, rozando el cristal como un susurro de algo inevitable.
Mi corazón dio un vuelco, el pánico inundó mis sentidos. Primero me dejó pensar que estaba muerta, ¿y ahora esto? Por el amor de Dios, ¿cómo podía ser tan despiadada? ¿O realmente me odiaba tanto…
—Debiste haberlo pensado antes de que tuviéramos sexo. —Mi voz salió demasiado cortante.
Echó la cabeza hacia atrás como si le hubiera dado una bofetada.
—Wow.
—No, no me vengas con “wow” —solté con brusquedad—. Hay consecuencias por tener sexo sin protección y sabías incluso hace cinco años que eventualmente querría herederos.
Se encendió.
—¿Estás hablando en serio?
—Muy en serio —lancé con dureza.
Apretó la mandíbula.
—No me diste elección. ¡Prácticamente me arrastraste a tu cama!
Me eché atrás, mis dedos entumecidos a los lados.
—¿Perdón?
—Me escuchaste. Estaba bien antes de que aparecieras en mi vida —reviró, con la voz temblorosa de rabia—. Pero tuviste que abrirte paso a la fuerza, destruyendo tanto mi paz como la promesa que le hice a mi madre.
Mi pecho se quedó hueco.
—¿Así que todo es culpa mía?
—No dije eso.
—Lo insinuaste —gruñí—. ¿Y qué promesa?
Se estremeció.
—No puedes hacerte la víctima, Aiden.
—Oh, eso es el colmo viniendo de ti.
El silencio cortó como una navaja entre nosotros.
—No puedo tener un bebé, no después de mi promesa. Además, soy prueba directa de lo mal que puede acabar eso.
Se quedó callada.
Me detuve, apenas asimilando sus palabras.
—Te pregunto de nuevo, ¿después de qué promesa?
—Olvídalo.
—Dime.
—No.
—¡Dime! —rugí.
Ella se estremeció, con los ojos desorbitados, pero luego enderezó los hombros y me fulminó con la mirada.
—¡Después de la promesa que le hice a mi madre! —exclamó—. Es por tu culpa y la de tu familia que ocurrió la explosión. Ustedes lo trajeron de vuelta a nuestras vidas. Hubo una razón por la que mi mamá lo dejó cuando quedó embarazada de mí.
El tono de su voz aumentaba con cada palabra y sus mejillas se sonrojaron, mas era un rubor de rabia que me heló el corazón.
—Tú y tu familia son la causa de que esté muerta.
—¿Ella? —exigí, sin entender lo que decía.
—¡Sí, ella está muerta por su culpa! —exclamó.
Las luces de la habitación de repente se sintieron demasiado brillantes.
No tenía derecho a enfadarse conmigo después de engañarme.
Sí, había vivido con la culpa durante los últimos cinco años y culpaba a mi tío por precipitarse con Duncan Lyons, pero ella también había cometido errores.
Así que, si yo podía superar eso, mi esposa también debía hacerlo.
—Tu tío Jack visitó a mamá aquel día… el día en que… —continuó mientras inhalaba unas cuantas respiraciones, aún agarrándose el pecho mientras luchaba por pronunciar las palabras—. Culpo a los Callahan por la explosión y la muerte de mi madre.
Abrí la boca, pero no salió nada.
—Tu familia no puede destruirme como destruyeron a mi madre —siseó—. Durante los últimos cinco años, he revivido esa explosión una y otra vez. No sabes lo que es tener que fingir que estás muerta y ni siquiera asistir al funeral de tu madre.
Me acerqué, mi sombra fluyendo sobre ella como una nube de tormenta. No se echó atrás. En cambio, echó la cabeza hacia atrás y me fulminó con la mirada.
—Tu madre —dije despacio—. No murió en esa explosión.
Raven se quedó paralizada, el color desapareciendo de su rostro.
—¿Qué dijiste?
—Tu mamá no murió en esa explosión hace cinco años. Está viva.
Sus labios se entreabrieron, mas no salió ningún sonido. Luego respiró profundamente, con los labios temblorosos al abrirlos.
—Eso no es… —Su voz se quebró—. Eso es cruel incluso para ti. ¿Cómo puedes mentir sobre eso?
—No miento. Está viva, Raven. —Se me apretó la garganta—. Tu padre estuvo allí después de la explosión y Blair se fue a Escocia con él. Ha estado viviendo con Duncan Lyons los últimos cinco años.
Se le cortó la respiración y el horror entró en sus ojos.
—No… —susurró, negando con la cabeza violentamente—. Eso no es posible. Eso es aún peor.
Fruncí el ceño.
—Te lo juro por la vida de mis hermanos —dije, con la voz áspera—. Te estoy diciendo la verdad.
—Estás mintiendo —repitió. Sus ojos recorrían mi rostro, y no podía saber si esperaba que fuera mentira o verdad—. Tiene que ser eso. Cinco años… Es horrible… Mentiroso…
—Mírame, Raven —declaré entre dientes, acariciándole las mejillas. Podía sentir el temblor de su pulso bajo mis pulgares—. Tu madre está viva.
El silencio que siguió fue pesado. Sus pupilas se dilataron, volviéndose desenfocadas. Parpadeó una vez, dos veces.
—Raven —murmuré con voz ronca—. Di algo.
Su cuerpo se tambaleó, sus rodillas cedieron y se desplomó.
La atrapé antes de que su cuerpo tocara el suelo, inerte en mis brazos y el aire denso por el shock de los muertos volviendo a la vida.