Capítulo 20
VEINTE
AIDEN
Ala noche siguiente, los faros de la calle bañaban París con un suave resplandor dorado, parpadeando sobre los adoquines mientras me acercaba al salón de Marchetti donde iba a comenzar el desfile de modas de Reina Romero.
El aire nocturno estaba impregnado del aroma del jazmín lejano, del humo de los coches y de ese cóctel parisino único de piedra envejecida y humo de cigarrillo.
Mis zapatos resonaban contra el pavimento al acercarme al local de los Marchetti, sabiendo perfectamente que esto iba a ser una pérdida de tiempo, mas lo hacía como un favor a mi hermana y a su esposo.
Como cabeza de la Familia DiMauro, Luca se había convertido en un miembro de facto de la Omertà, pero su mala sangre con Enrico Marchetti lo llevó a permanecer en Sicilia y gobernar desde su isla.
Le ayudé con las relaciones con la Omertà mientras dirigía la Mafia Callahan, y en ambos casos, el único juramento que contaba era el que se dio a la Mafia.
En las últimas décadas, la Omertà había cambiado y se había adaptado, permitiéndole florecer.
Las cinco Familias gobernantes: Marchetti, DiMauro, Agosti, Romero y Leone, habían desarrollado un sentido de lealtad muy afinado entre sus ciudadanos, pero también habían hecho poderosas alianzas con los irlandeses, concretamente con la Mafia Callahan, a través de mí.
Mas no se detuvo ahí. También se hicieron alianzas con rusos, brasileños, griegos y, a través de Kingston, el infame Ghost, con los Ashford.
Entré al edificio y vi que el espectáculo ya había comenzado. El perfume se mantenía en el aire mientras la música flotaba por el espacio y los focos cortaban la tenue neblina, resaltando la pasarela improvisada.
Eligiendo una esquina vacía, me apoyé en la pared, metiendo mis manos en los bolsillos y acomodándome como un observador desinteresado.
Mujeres jóvenes desfilaban mostrando la colección de la chica Romero. Rubia. Pelirroja. Rubia otra vez. Cada una se movía como si hubiera nacido para ser adorada, mas no podía obligarme a que me importara. Solo había un tono que me gustaba.
Cortando el hilo de mis pensamientos, cambié a pensar en la lista de revisión para mañana: una reunión para discutir un cargamento de un producto, resolver los problemas que habíamos tenido con uno de nuestros contactos griegos y una entrega a Albania.
Estaba a mitad de mi auditoría mental cuando otra ronda de aplausos estalló en el aire.
Reprimí un bostezo, mirando la hora en mi reloj Patek Philippe.
«Que me jodan, carajo», pensé, dándome cuenta de que solo habían pasado cinco minutos. Esta noche iba a ser aburrida, pero sabía que las apariencias importaban y algunos negocios salían mejor en eventos como este que en oficinas.
Mi mirada recorrió la sala y vi a Amon Leone a solo unos metros de distancia, observando el escenario como si se le fuera la vida en ello.
Me despegué de la pared y me acerqué.
—Amon.
Se giró con una sonrisa rígida.
—Callahan.
—Me sorprende verte aquí —comenté, manteniendo una mirada atenta a mi entorno. Nunca se podía ser demasiado precavido, ni siquiera entre aliados; podrían convertirse en enemigos en un abrir y cerrar de ojos.
—Lo mismo digo.
Me encogí de hombros.
—Luca llamó a esto un desastre —expuse, mirando al escenario, justo cuando una mujer de cabello negro azabache se colocaba en la luz del escenario—, así que claro que pensó que querría verlo.
Ella giró la cabeza, solo un poco, y mi corazón se aceleró.
No, no podía ser. Mis ojos y mi mente me estaban jugando una mala pasada otra vez.
La luz estaba afectando mi cabeza. Ese color de cabello no era tan raro.
La misma forma de la mandíbula, la sutil plenitud de su boca y ese paso ardiente y decidido. Un zumbido bajo llenó mis oídos, ahogando todo lo demás. El estómago se me retorció en un nudo tan fuerte que dolió.
No, no era posible. Mi esposa estaba muerta. Había visto los restos, me había parado sobre las cenizas, enterrado lo que había quedado.
Se me secó la boca mientras me daba un discurso motivador.
Y, sin embargo…
Me temblaban las manos, inútiles a mis costados. Me dije a mí mismo que apartara la mirada, que dejara de imaginarla. La gente se parecía a otros todo el tiempo.
Y entonces volteó, mirándome, y mi corazón se detuvo.
Era ella.
No era un sueño. No era un fantasma. No era una alucinación cruel desenterrada por el dolor.
Era mi esposa. Viva. Respirando. De pie allí, orgullosa y feliz, como si la tumba nunca la hubiera reclamado.
Casi me fallaron las rodillas ante la imposibilidad absoluta; mi corazón me latía tan fuerte que pensé que me podría desgarrar el pecho. Cada recuerdo, cada noche de duelo, cada promesa que susurré a la oscuridad se rompió en un instante.
¿Cómo era posible? ¿Cómo podía estar aquí, viva, cuando había visto su ataúd descender en la tierra fría?