Capítulo 18
DIECIOCHO
RAVEN
París, Francia
Presente
El fuego estaba por todas partes. No era solo a mi alrededor. Estaba dentro de mí, tragándose el aire, devorando cualquier sonido excepto el rugido de su propia hambre mientras mis oídos zumbaban por la explosión.
Los restos de nuestro apartamento yacían esparcidos a mi alrededor y encima de mí, mientras el sabor a humo cubría mi lengua y me arañaba la garganta con cada respiración. Mis pulmones ardían como si el fuego hubiera encontrado la forma de entrar.
—¡Raven!
La voz de mi madre cortó el caos, débil y rota.
Giré hacia el sonido, tosiendo tan fuerte que sentí que el pecho se me iba a abrir.
—¡Mamá!
Mi voz se quebró, tragada por el rugido. Avancé tambaleándome, con los ojos llorosos y manos extendidas.
—¡Recuerda qué hacer! —gritó—. Aléjate de Aiden Callahan. Deja que piense que estás muerta.
Y entonces un retumbido bajo sacudió la casa. Me apartaron segundos antes de que el techo se agrietara.
Un rugido ensordecedor, una oleada de calor y luego nada. El mundo se volvió negro.
Mi cuerpo se incorporó de golpe antes de darme cuenta de que estaba despierta. Un grito salió de mi garganta, áspero y cortante, resonando en la oscuridad.
Las visiones me golpearon todas juntas, destellos de aquella noche, la explosión, el humo, la luz del fuego lamiendo las paredes, la voz de mi madre atravesándolo todo.
—¡Raven!
Su grito seguía resonando en mis oídos, demasiado real, demasiado cerca.
—¡Raven, despierta de una puta vez!
El mundo volvió a su lugar. Un rostro apareció enfocándose entre el torbellino del pánico. No el de mi madre, sino el de mi amiga. Sus manos se aferraron a mis hombros, firmes y cálidas. Por un segundo, no podía respirar. No podía distinguir dónde estaba.
Mi corazón golpeaba contra mis costillas como si quisiera salir. Mi piel estaba resbaladiza del sudor; las sábanas se enredaban en mis piernas, húmedas y asfixiantes.
—A-Athena. —Carraspeé, el nombre pegándose como lija en mi garganta. Mi mente seguía en esa casa. Todavía escuchándola. Todavía perdiéndola.
—Jesucristo, me asustaste —susurró Athena, abrazándome.
—Pensé… —No pude terminar ese pensamiento. Las palabras se quebraron en mi boca, sustituidas por respiraciones superficiales y entrecortadas.
—Solo fue un sueño —murmuró, apretando su abrazo hasta que pude sentir su corazón latir contra el mío—. Estás en París. Estás a salvo.
París. Un continente de distancia de todo eso. Y de él. Aiden Callahan.
Presioné una mano temblorosa contra mi pecho, sintiendo el ritmo salvaje bajo este. Mi camisa se pegaba a mí, empapada. Una gota de sudor resbaló por mi sien, enfriándose contra la fiebre de mi piel.
Afuera, el viento suspiraba contra el cristal de la ventana, suave, fantasmal, como voces lejanas que llamaban a través de la noche.
—Cinco años —musité. Mi voz se quebró al pronunciar las palabras—. Han pasado cinco años.
Cinco años desde aquella noche. Desde que hui. Desde que dejé todo atrás, incluyéndola a ella y a mi esposo. Pero los recuerdos no habían permanecido enterrados. Me siguieron hasta aquí, en cada sueño. Su advertencia seguía resonando en los rincones de mi mente.
—Quizá deberías hablar con alguien —sugirió Athena suavemente, apartándome el cabello de la cara—. Sigues cargando con eso, Raven. Después de todo este tiempo… Deberías estar sanando, no… sangrando del mismo lugar —vaciló—. Sin mencionar que ese mafioso irlandés te rompió el corazón.
Sus palabras cayeron como piedras. Me aparté, encogiendo las rodillas contra mi pecho y escondiendo mi cara entre las manos.
—No es nada. Solo sueños tontos —expliqué, aunque no lo creía—. Los terapeutas no pueden detenerlos. Sería inútil.
Athena no discutió. Solo me lanzó esa mirada, mitad lástima, mitad paciencia, pero se quedó callada.
Desearía poder quitarme el pasado de encima como si fuera ropa mojada. Olvidar las llamas, los gritos, a él.
Aiden Callahan. Mi esposo.
Por muchos años que pasaran, no podía escapar ni de los muertos ni de los vivos.