Espinas de Traición (Espinas de Omertà nº 7) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—Y para recordarte que estamos aquí para ti —intervino Tyran, sus palabras suavizándome aún más—. No debe de ser fácil casarse con alguien a quien apenas conoces.

—La conozco lo suficiente. —Me froté la cara con la mano—. Y me gusta.

—Eso es bueno porque ahora es tuya —señaló Kyran.

—Y nuestro tío insinuó que más vale que ella esté feliz, así que sigue haciendo lo correcto. —El consejo de Tyran era bueno, pero no deseado y más que un poco innecesario.

Antes de que pudieran continuar, solté una carcajada.

—De los tres, soy el único que ha intentado hacer lo correcto. Dios ayude a sus mujeres.

La sonrisa de Tyran se volvió tímida.

—Pero tío no lo sabe.

—Y nos gustaría que siga así —gruñó Kyran—. No lo necesito metido en mis asuntos.

Resoplé.

—Igual yo. Así que díganle lo que quiere escuchar y recuérdenle que no tiene acceso a mi edificio. ¿Entendido?

Tyran suspiró y, negando con la cabeza, murmuró.

—Le voy a contar una historia de mierda. Eso debería mantenerlo alejado de ti un poco más.

—Pero no a Madre —intervino Kyran—. Se volvió loca de remate cuando supo que su primogénito se casó sin avisarle. No te sorprendas si aparece de sorpresa.

Me encogí de hombros, poniendo los ojos en blanco.

—Menos mal que tampoco tiene acceso al edificio.

—Como si eso la detuviera —gruñó Kyran. El tema de nuestra madre siempre lo ponía de mal humor, y no veía que eso fuera a cambiar pronto.

—Hablamos luego.

—Estamos aquí cuando nos necesites, hermano.

Terminé la llamada y me quedé unos momentos, contemplando sus advertencias implícitas.

Aunque mi relación con mi madre era tolerable, mis hermanos no compartían la misma suerte.

Especialmente mi hermana. Madre no era la persona más fácil de tratar.

Tenía talento para meterse en los asuntos de todos.

Las cosas empeoraban cada vez que se encontraba con uno de sus amantes inútiles.

Había tenido que ponerla en su lugar más de una vez, y no fue hasta que amenacé con quitarle el dinero que finalmente me tomó en serio.

Por supuesto que no era ingenuo. Sabía que intentaba usar a mis hermanos para meterse en mis asuntos, pero eran más listos que eso. Los gemelos la ignoraban con una indiferencia ensayada, mientras que mi hermana se negó a interactuar con ella por completo.

Si Madre estaba molesta por mi matrimonio, solo podía imaginar el caos que seguiría cuando mi hermana encontrara a alguien con quien establecerse. Conociendo a Madre, intentaría tomar el control de todo, y Margaret nunca se lo permitiría.

Finalmente me rendí y me dirigí al dormitorio. No obstante, apenas había cruzado la mitad del penthouse, un ruido en la cocina me detuvo.

Y ahí fue donde la encontré.

Me apoyé en el marco en forma de arco de la puerta y arqueé una ceja, observándola moverse por la cocina.

—¿Tienes hambre? —pregunté—. ¿O tienes la intención de quemar nuestra cocina con tecnología de punta?

—No opinaré sobre tu último comentario porque estoy de buen humor. —Se giró de golpe y sonrió—. Pero tendrás hambre cuando nos prepare el desayuno.

Disimulé una mueca.

No había descubierto todo acerca de Raven, pero sabía que no sabía cocinar una mierda. Lo intentó el día anterior y fue un desastre. Tenía la sensación de que no fue algo aislado. Aunque no importaba, yo tendría DoorDash en marcación rápida como comida de respaldo.

Suspiró feliz, buscando en los cajones.

—¿Se te antojan unos huevos?

Abrí la boca para mentir, pero en ese momento mi maldito estómago decidió rugir.

—Muero de hambre —repliqué, sonriendo tímidamente mientras rezaba para no enfermarme por intoxicación alimentaria. Tendría que asegurarme de ajustar su receta improvisada cuando no estuviera mirando.

Carraspeó.

—Genial, siéntate y prepararé huevos revueltos con verduras salteadas al horno. Internet dice que es imposible equivocarse. La receta es sencilla.

Se giró antes de que pudiera decir otra palabra, y la vi moverse por la cocina. Debería haberme concentrado en lo que hacía, pero sus largas piernas, que imaginaba rodeando mi cabeza mientras le hacía sexo oral, me distraían demasiado.

Se inclinó por la cintura para sacar un sartén del horno y mi polla se endureció.

Su trasero era pura perfección. Verla inclinada así me dio ganas de follarla tan fuerte que, por un segundo, me sentí como un animal rabioso, incapaz de controlar mis impulsos. No ayudaba que ahora supiera a qué sabía, qué sonidos hacía…

Mis dedos se contrajeron en puños antes de forzarlos a soltarse. Pero entonces movió las caderas, dio un paso atrás de la estufa y se enderezó con una expresión radiante que me golpeó justo en el pecho.

Apreté los dientes, preguntándome cuánto duraría así.

—Vamos a comer —dijo triunfante, completamente ajena a lo que me estaba haciendo, mientras colocaba delante de mí el plato con una mezcla de huevos líquidos y verduras quemadas.

Quizá sería mejor que comiera lo que fuera esto y me enfermara. Entonces mi atención estaría en otro tipo de dolor: el tipo que no amenazaría con devorar a mi joven esposa y quitarle la virginidad de las formas más jodidas imaginables.