Un anticipo de La promesa del conde
—¡ N o!
Daniel Harrington, marqués de Ravenhall, se incorporó de golpe en la cama, con el sudor resbalándole por la espalda mientras luchaba por recobrar el aliento.
Era la misma pesadilla de siempre, la misma visión empapada en sangre que había vuelto a asaltarlo mientras dormía profundamente.
Por mucho que lo intentara, no conseguía librarse de ella, y se preguntaba cuántos años más seguirían atormentándolo no solo los sueños, sino también aquellos recuerdos que se negaban a abandonarlo.
Llamaron con suavidad a la puerta.
—¿Milord?
Era su siempre fiel mayordomo, Woodward, una de las pocas personas que sabían exactamente qué atormentaba a Daniel.
—Adelante, Woodward —dijo, secándose el sudor de la frente—. ¿Qué demonios haces aquí tan temprano?
El mayordomo dejó la bandeja del desayuno sobre la mesa frente a la chimenea sin esbozar una sonrisa y se acercó a descorrer las cortinas.
—En realidad ya es bastante tarde, milord —respondió con calma—. Le he traído café, pero puedo traerle algo más fuerte si lo necesita.
Daniel lo pensó un momento, pero luego negó con la cabeza y se pasó una mano por la cara para despejarse.
—Con el café basta. Estoy bien.
—¿Necesita algo más, milord?
—No, nada en absoluto —respondió Daniel con sinceridad, sin querer dar muestras de debilidad ni siquiera ante el servicio—. Vamos, márchate. Bajaré enseguida.
El mayordomo inclinó la cabeza.
—Muy bien. ¿Y quiere que le diga al ayuda de cámara que le prepare el baño en la habitación de al lado, como de costumbre?
Cada vez que sufría una de esas pesadillas, Daniel tenía por costumbre darse un baño en cuanto podía. Se quitaba así el sudor del cuerpo, como si aquella limpieza física pudiera librarle la mente de los recuerdos atroces que habían provocado la pesadilla.
—Sí, gracias —masculló, apartando las sábanas y poniéndose en pie sobre unas piernas algo temblorosas—. Dame una hora más o menos antes de volver.
—Muy bien, milord —respondió el mayordomo, ya de camino a la puerta—. ¿Puedo recordarle también que hay dos cartas junto a la bandeja del desayuno?
—¿Las que decidí ignorar anoche? —preguntó Daniel, arqueando ligeramente una ceja.
—Sí, esas dos —respondió Woodward, sin el más leve asomo de reproche.
Llevaba demasiado tiempo al servicio de Daniel como para que sus cambios de humor lo afectaran. Inclinó la cabeza y se retiró.
Daniel se dejó caer en la silla, agradecido de que el fuego estuviera encendido, aunque fuera parecía hacer un día cálido. Siempre se quedaba helado después de uno de sus episodios, y tardaría al menos una hora en recuperar algo de calor en los huesos.
Soltó un largo suspiro, se sirvió un café y le añadió un chorrito de nata. Bebió un sorbo de inmediato, aunque le abrasó los labios. Necesitaba aquel calor, necesitaba que el café lo despejara.
Pasaba unos días sin la pesadilla y, justo cuando se convencía de haberse librado de ella, regresaba con la violencia de un carruaje desbocado que lo arrollase.
Cerró los ojos, tratando de ahuyentar la visión, pero esta se apoderó de su mente de todos modos.
Estaba de pie en el umbral de su casa, con los nervios de punta por el chirrido de la puerta al abrirse sobre sus goznes.
La oscuridad de la noche lo siguió al interior del vestíbulo, donde la luz vacilante de una vela casi consumida apenas bastaba para distinguir a su prometida, miss Laura Churston, tendida en el suelo, con un charco de sangre alrededor de la cabeza y los ojos abiertos, fijos en él.
Su rostro reflejaba tal sorpresa, una conmoción tan profunda, que por un instante Daniel esperó que se moviera, que gritara, que hiciera cualquier cosa salvo quedarse allí tendida, inmóvil.
Era siempre el mismo recuerdo, que revivía tal y como había sucedido.
Su amigo, lord Hudson, lo había seguido al interior de la casa y le había instado a apartarse de la joven muerta, pero Daniel no había sido capaz de hacerlo.
Había caído de rodillas y acunado el cuerpo destrozado de Laura entre sus brazos, mientras la sangre le manchaba las manos, la ropa, el alma misma.
Las autoridades habían llegado poco después, y todo lo demás se había vuelto borroso.
Daniel bebió otro sorbo de café, cerró los ojos e intentó apartar aquellas imágenes de su mente, pero, como de costumbre, le resultó difícil.
Tuvo que hacer un gran esfuerzo para que se desvanecieran.
Ojalá pudiera recordar a Laura tal como había sido en vida: elegante, refinada, hermosa.
En cambio, cada vez que pensaba en ella, lo único que veía era su cuerpo ensangrentado en el suelo de su casa, con los ojos muy abiertos y la mirada fija.
Con un gemido, Daniel se enderezó en el asiento y echó la cabeza atrás, con la mirada clavada en el techo mientras trataba de ahuyentar todo aquello.
Juró que jamás volvería a permitirse amar: no compensaba el dolor que quedaba cuando a uno le arrebataban a la persona amada.
—Lo encontraré —susurró Daniel con ferocidad—. Me vengaré.
Pero antes debía ocuparse de asuntos más mundanos.
Localizó las cartas con una mueca. Una era de su abogado y no le interesaba demasiado, pues seguramente solo contendría información sobre sus propiedades.
La otra era de su padre. Reconoció el sello y supo que debía abrirla, por mucho que lo temiera.
Su padre llevaba tiempo intentando abrirse paso de nuevo en su vida, tratando de franquear el muro que Daniel había levantado a su alrededor, pero él no estaba dispuesto a permitírselo.
No tenía ningún interés en volver a asumir las responsabilidades que conllevaba su título.
Tenía asuntos mucho más importantes que atender, algo que su padre jamás podría entender.
Posiblemente porque sus padres no conocían la verdad sobre Laura. Todo se había encubierto con sumo cuidado, tal como había pedido el propio lord Stawell, el padre de la joven, nada más llegar a casa de Daniel, adonde había acudido tras ser avisado por uno de sus lacayos.
Lord Stawell no había querido que todo el mundo conociera los espantosos detalles de la muerte de su hija.
Le había dicho a Daniel que pensara en su futura esposa y en sus hijos, que aquella mancha también podía salpicarlos si no tenía cuidado.
Daniel ya no tenía ningún interés en casarse ni en engendrar herederos, pero tenía cuatro hermanos cuyas vidas sí podían verse gravemente afectadas.
Y así, todo se había resuelto con suma pulcritud y discreción: un desafortunado accidente… y nada más.
Daniel todavía recordaba haber asistido al funeral sumido en la conmoción, incapaz de sentir nada, ajeno a todo y a todos los que lo rodeaban.
Se había retirado a su finca, donde llevaba recluido los últimos seis años.
Daniel rompió el sello y desdobló la carta.
Reconoció al instante los habituales garabatos de su padre.
Lo más probable era que se tratara de otro ruego para que fuese a Londres a pasar la temporada, se buscara una esposa y engendrara un heredero.
Daniel no tenía la menor intención de hacer tal cosa.
Al disponerse a leer, advirtió que la puerta se abría y saludó con la cabeza a Woodward, que entró y empezó a retirar los platos del desayuno.
Hijo:
Se te espera en Londres para la temporada.
Como vendiste tu casa de Londres hace ya algunos años y no pareces tener intención de comprar otra, lo he hecho yo por ti.
Da la casualidad de que está justo enfrente de la nuestra.
Por tanto, residirás en tu nueva casa y cenarás con tu madre y conmigo con regularidad.
Te espero, a más tardar, el viernes de la semana que viene.
Daniel bufó. Aquello no parecía propio de su padre: no había preguntas, ninguna mención a lo poco que se había comunicado con él últimamente, ni siquiera un atisbo de que pudiera negarse a semejante petición.
Puesto que ya era mayor de edad, no tenía obligación de obedecer a su padre, aunque tampoco deseaba enfadarlo sin necesidad.
Al fin y al cabo, la soledad de Daniel no era culpa del duque.
—No tengo ninguna intención de ir a Londres —dijo Daniel en voz alta, dirigiéndose a la carta como si su padre pudiera oírlo—. Por mucho que quieras, no me reuniré contigo ni con madre para la temporada.
—¿Milord?
Daniel se sobresaltó ligeramente al darse cuenta de que Woodward seguía en la habitación.
—Disculpe, Woodward —dijo—. Hablaba solo. Mi padre, según parece, olvida que ya no soy un muchacho, sino un hombre hecho y derecho, capaz de tomar sus propias decisiones.
Tendría que responder a aquella carta, pero, como no tenía ninguna gana de hacerlo en ese momento, la dejó a un lado y cogió la otra.
Con un suspiro, abrió la de su abogado, convencido de que trataría de alguna inversión. Lo que leyó, en cambio, lo sacudió de pies a cabeza.
Lord Ravenhall:
Su padre me ha encomendado bloquear sus cuentas durante un tiempo.
Dado que sigue teniendo el control de su fortuna, pues los fondos le pertenecen a él, no he tenido más alternativa que proceder de inmediato.
Se me ha informado de que podrá volver a disponer de ellos cuando su padre así lo decida.
Adjunto encontrará la dirección de su nueva casa.
Su seguro servidor.
Daniel tuvo que leer la carta tres veces antes de asimilar lo que decía.
Cerró el puño en torno al papel hasta convertirlo en una bola.
Su padre se valía de su fortuna para forzarlo a regresar a Londres.
Apenas le quedaba otra opción que obedecer, pues, aunque la finca era suya de nombre, todos los fondos pasaban por las cuentas de su padre, que algún día serían suyas.
Daniel lo sabía desde el día en que había alcanzado la mayoría de edad, cuando había recibido su pequeña propiedad y el título secundario de su padre, pero jamás había imaginado que este se serviría de ello para obligarlo a hacer su voluntad.
—¡Cómo te atreves! —farfulló Daniel, arrojando la carta al otro extremo de la habitación y levantándose de un salto de la silla.
Se puso a caminar de un lado a otro, hundiéndose una mano en el pelo, con la mirada perdida mientras luchaba por asimilar lo que había hecho su padre.
—Milord, ¿puedo serle de ayuda? —preguntó Woodward, recordándole con discreción su presencia.
Daniel se volvió a mirar a su criado y no vio temor alguno en sus ojos; reconoció para sus adentros que aquel hombre lo conocía de verdad. La mayoría de los hombres se le acercaban ahora con cautela, si es que llegaban a hacerlo.
—No —gruñó, conteniendo a duras penas la ira y la frustración que amenazaban con desbordarlo mientras se debatía, furioso, sin saber qué hacer.
Pese a su agitación, la razón fue abriéndose paso a medida que aceptaba la realidad.
—No hay nada que hacer. Mi padre ha… solicitado… con bastante firmeza que regrese a Londres una temporada. Prepárelo todo para que pueda partir de aquí a una semana.
Estaba atrapado. Si desobedecía a su padre, tendría que interrumpir su labor en favor de aquellas almas atribuladas a las que ayudaba.
Su finca daba algunos beneficios, pero hacía poco que había empezado a darlos, y Daniel sabía que no bastarían para sostener sus actividades y, al mismo tiempo, seguir pagando a sus trabajadores y comprando lo necesario.
¿Era aquella la manera que había encontrado su padre de obligarlo a ceder, de intentar sacarlo de su vida de reclusión?
El duque solía ser un hombre jovial que dejaba a sus hijos hacer lo que quisieran, salvo que pudieran salir perjudicados.
Por lo visto, algo había cambiado. Daniel se dejó caer contra el alféizar de la ventana y contempló los jardines que se extendían abajo.
—Muy bien, milord.
Daniel exhaló un largo suspiro y apoyó la frente contra el cristal frío en un intento de aplacar la furia que le hervía por dentro.
Tenía que asegurarse de que, cuando encontrara al hombre que le había arrebatado a Laura, cuando se cobrara su venganza, lo hiciera con la discreción suficiente para que su padre, su madre y sus hermanos no sufrieran consecuencia alguna.
—Y en cuanto lo encuentre —susurró, empañando el cristal con su aliento—, seré libre.
Cerró los ojos un instante e intentó reunir la determinación necesaria para sentarse a su escritorio y redactar una carta a su padre. Una carta en la que accedería a lo que este le pedía. Una carta que lo obligaría a regresar a Londres para enfrentarse de nuevo a sus demonios.
Pero ¿qué haría con ellos?