Esperanza de romance (Corazones a la deriva 4) Epílogo
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Epílogo

S ebastian había sugerido que su boda fuera una celebración íntima y discreta, y Polly y su madre se habían mostrado de acuerdo.

Ambas damas habían planeado entonces la boda de ensueño de Polly, y Sebastian solo pudo sacudir la cabeza y sonreír ante el espíritu vivaz de su esposa.

Toda la familia de ella había acudido a presenciar el acontecimiento, al igual que los padres y el hermano mayor de él, que habían viajado desde sus respectivas propiedades.

Se casaron cerca de la finca campestre de Sebastian.

Polly se había entusiasmado al descubrir que estaba a menos de medio día a caballo de la de Greville.

Sebastian se apoyó en una columna de su salón de baile mientras las parejas danzaban por la pista. Su flamante esposa estaba resplandeciente, riendo con Violet y sus cuñadas. Formaban un grupo de mujeres verdaderamente encantador, aunque ninguna podía hacer sombra a Polly.

—Sebastian —dijo una voz grave junto a su oído, al volverse se encontró a la altura de los ojos con un torso ancho.

Alzó la mirada y descubrió el semblante severo de un hombre que le resultaba vagamente familiar.

Se parecía al duque de Ware, aunque era menos corpulento y tenía muchas menos arrugas.

Además, carecía de la expresión jovial de su progenitor.

—Lord Ravenhall —dijo con una leve inclinación hacia el hermano mayor de Polly—. Es un placer conocerlo.

Lo había visto con anterioridad, en la boda de Greville, pero no había tenido ocasión de hablar con él. Sin duda alguna, Daniel Harrington era un hombre que imponía.

Circulaban historias sobre él que Sebastian y Greville habían oído a través de los Runners después de la boda de Greville con Violet.

Se decía que aquel hombre poseía contactos muy influyentes y que a nadie le convenía cruzarse en su camino.

Eran solo rumores, y Sebastian sabía mejor que nadie que no hay que creerse todo lo que se oye.

—He oído lo que hizo por mi familia, por mi hermana —dijo el hombre—.

Me han informado de que ese individuo, Yardley, se ha retirado a su finca campestre, donde estoy seguro de que permanecerá durante una buena temporada.

Dicen que las familias de la zona han sido debidamente prevenidas acerca de su reputación.

En cualquier caso, Taylor, estoy en deuda con usted.

—Tengo todo cuanto necesito —respondió Sebastian con un gesto de agradecimiento—, aunque agradezco el ofrecimiento.

El futuro duque dio un sorbo a su copa.

—Sea como fuere, si alguna vez necesita algo, no tiene más que pedirlo. Y asegúrese —dijo con firmeza— de mantener a mi hermana feliz y protegida.

Dicho esto, se alejó y se mezcló entre la multitud de invitados, algunos llegados de Londres y otros de los alrededores de la finca de Sebastian. Polly había querido conocer a todos y hacerles sentir bienvenidos, recordando que muy pronto serían también sus vecinos.

El lugar que Harrington acababa de dejar vacío junto a él fue ocupado al instante por Greville.

—¿A qué crees que venía eso? —preguntó Sebastian a su amigo, que se había quedado mirando cómo se marchaba.

—Greville se encogió de hombros—. Nunca se sabe con un hombre así. Pero creo que deberíamos considerarnos bastante afortunados de formar parte de su familia y no de estar enemistados con él.

Sebastian asintió con una leve risa, y Greville chocó su copa contra la suya.

—¿Y seguirás con la constabularia?

Sebastian se encogió de hombros.

—A Polly le gustaría que lo hiciera. Cree que le entusiasma la idea de ayudar en sus investigaciones. Ahora que conoce toda la historia de lo que le ocurrió a Violet, encuentra su propio papel en mi caso bastante anodino.

Greville sacudió la cabeza.

—Lo aburrido siempre es mejor cuando está en juego la seguridad de tu esposa.

—Tienes razón —dijo Sebastian asintiendo—. Lo decidiré caso por caso. Si no pone en peligro su seguridad, adelante. Pero mis prioridades han cambiado.

Greville asintió, conforme.

—Me alegra mucho el desenlace de esta historia —dijo Greville con una sonrisa—.

Ya era hora de que dejaras atrás el pasado y siguieras adelante.

Recuerdo que te mostraste de lo más jocoso cuando encontré mi propia dicha conyugal.

Pues bien, me alegra poder devolvértela ahora.

Y, desde luego, veo que no te va a dejar bajar la guardia.

—¡Vaya que sí! —exclamó Sebastian con una carcajada al ver que Polly y Violet se acercaban—. Es verdad, me regodeé un poco cuando caíste en las redes del matrimonio, ¿no?

—Vaya si lo hiciste —dijo Greville, mientras Violet se reunía con ellos enarcando las cejas.

—¿Qué os hace tanta gracia?

—Nada —repuso Greville—. Tan solo comentábamos lo felices que nos habéis hecho las dos.

Violet puso los ojos en blanco, pero Polly se limitó a sonreír a su marido mientras tomaba sus manos entre las suyas, mirándolo como si solo estuvieran ellos dos en la sala, a pesar de que estaba repleta de gente.

—¿Bailas conmigo, Sebastian? —le pidió, y él comprendió que jamás sería capaz de negarle nada a aquel rostro franco e ilusionado que lo miraba hacia arriba.

Su vida nunca volvería a ser la misma. Sabía que su indómita esposa, aquel torbellino de mujer que había trastocado todos sus planes de futuro, lo pondría a prueba constantemente.

Bajó la mirada hacia aquel rostro sonriente, el mismo que lo había cautivado desde el primer instante en que puso los ojos en ella.

—Siempre.

* * *