Epílogo
Caminamos por la avenida principal rumbo a la universidad, cogidos de la mano.
No me acostumbro a la atención que despierta Yinn entre las mujeres. Tal vez me sería más fácil de asimilar si fuera simple admiración, pero lo que veo en ellas se asemeja más bien a una expresión depredadoramente lujuriosa, que además es descarada.
Y es que mi marido no es un hombre corriente, no.
Ya no es sólo su belleza física, ni su portentoso cuerpo de pecado, grande y fornido, ni su rostro arrebatadoramente masculino de subyugante mirada ladina y sonrisa traviesa, ni su sempiterna expresión pendenciera.
Es que desprende tal aura sensual, tal elegancia natural, tal magnetismo animal, tal cantidad de feromonas, que es como si un halo lo iluminara marcándolo como el macho alfa por excelencia.
Mi suerte es que a él no parece importarle suscitar tanta atención, ni siquiera dedica una sola mirada a las viandantes femeninas que lo devoran con la vista. Sólo tiene ojos para mí.
Curiosamente, tiene un parecido tan desconcertante con el actor Jason Momoa, que incluso le piden autógrafos por la calle. Algo que lo incomoda y que a mí me divierte.
Lleva un traje hecho a medida, que le sienta como un guante, pero uno de esos que quieres quitar con los dientes.
Pues aunque pretende darle sobriedad a su aspecto, no lo consigue.
En realidad, lo único que logra es resaltar su lado más salvaje.
Como un animal enjaulado que ruge más fuerte ante su reclusión.
Tampoco le arrebata su fiero atractivo, el corte de pelo actual, ahora lleva su melena oscura y abundante pulcramente peinada, aunque con ese toque rebelde imposible de dominar.
Si tuviera que escoger un adjetivo para él, sería indomable.
Ahora es humano, pecaminosamente humano, y un hombre con muchos recursos, por cierto. Con esa recién adquirida condición, ya tuvo que aguzar su instinto de supervivencia en Jerusalén, en su intensa semana.
Aún no puedo creer que hiciera tantas cosas para poder salir del país en mi busca.
Desde lavaplatos hasta guía turístico y escolta, incluso tuvo que comprar documentación falsa en el mercado negro a unos contrabandistas.
Hasta que cayó en la cuenta de un recuerdo que lo catapultó a mis brazos.
Recordó dónde había escondido el rey Salomón una de sus tan codiciadas posesiones.
Así que se adentró en la Cámara de los Tesoros de nuevo por el mismo sitio por donde habíamos conseguido salir Louis y yo, por el entramado de canales que conformaban el alcantarillado subterráneo de la ciudad.
Y allí, en la pared del fondo, junto al arcón, movió un bloque de piedra que se desplazó dejando a la vista un grueso torque de oro trenzado.
Lo donó al Museo Arqueológico Rockefeller sólo a cambio de dos pasajes de avión, uno de Jerusalén a Toronto y otro de Toronto a Kingston, y del dinero justo para el viaje.
Nadie sabía mejor que él que todos los objetos pertenecientes a Salomón estaban malditos y hechizados. Así como lo que se ganara con ellos.
Sonreí al recordar su miedo a que el avión cayera en picado antes de llegar, o que la escasa comida que compraba estuviera envenenada. Pero nada de eso había ocurrido. La maldición de Salomón era ya un capítulo cerrado en nuestras vidas.
Nos detenemos en la arcada de entrada a la Queen’s University y Yinn se detiene. Se introduce un dedo en el cuello de la camisa y estira incómodo los bordes.
—¿Nervioso, señor Murray?
—Atrapado, señora Murray. Odio llevar traje.
Sonrío, le palmeo la mano y le ajusto de nuevo la corbata.
—Pero necesario en un día como hoy. El autor tiene que estar a la altura de la novela.
Yinn frunce el cejo al tiempo que sonríe sin convencimiento.
—¿Tan formal es mi novela?
—Tu novela se ha convertido en un bestseller aclamado, eres un autor de prestigio y ésta es tu primera presentación. Tienes que dar buena imagen.
Bueno, admito para mí, demasiado buena la suele dar. Hoy derretirá una buena tanda de corazones.
Suspiro y enlazo mis brazos a su cuello. Tengo que ponerme de puntillas para conseguirlo, a pesar de mis altísimos zapatos de tacón rojos.
—¿Qué puedo hacer para relajarte? —susurro tentadora.
Yinn entrecierra los ojos, que brillan hambrientos, y esboza una sonrisa sensual que me desarma.
—Lo que se me ocurre ahora mismo creo que infringe varias leyes.
—Suena peligroso —respondo.
—Lo es.
Yinn me pega a su pecho y toma mi boca con voracidad, mostrándome cómo de peligroso es lo que busca de mí.
—Señora Murray, el rojo sin duda es su color, está impresionante.
Observa con lascivia mi entallado vestido, que remarca mis formas, y pasea sus manos por mis caderas.
—He de aprovechar, antes de que mi pequeño gigante me obligue a llevar ropa más holgada.
Yinn sonríe, esta vez con ternura, posa la mano en mi todavía liso vientre y niega con la cabeza.
—Será una preciosidad roja —replica con convencimiento—. ¿Apostamos?
—¿Qué me llevo si gano?
Su seductora sonrisa se ensancha maliciosa.
—Lo mismo que si pierdes.
—Jajajajajaja... Trato hecho entonces.
Me coge de la cintura y me adentra en el amplio vestíbulo. Llegamos tarde, pero no parecerle preocuparle lo más mínimo.
Éste es ahora su lugar de trabajo. Es profesor de Historia. Nadie como él para contarla.
Entramos en el salón de actos. Está atestado. Me desprendo de su abrazo y dejo que avance por el pasillo central, entre el aplauso de la concurrencia. Yo me dirijo al pasillo lateral con premura y tomo asiento en la primera fila.
Yinn llega a la mesa y se sienta entre el decano y su editor, y charla amigablemente con ellos.
La novela, Esclavo de tus deseos , no es sólo la aventura que vivimos juntos, es nuestra epopeya en común, nuestra historia de amor. Una historia que le grita al mundo que nada es imposible, que la vida es una sorpresa continua, una rueda que gira, un milagro inagotable.
Sonrío. La lápida de mi madre ya está llena de apelativos, ya no la cubre la madreselva, ya no está sola: un lápida más pequeña, con el nombre de Hefesto, la acompaña.
Y yo ya no voy sola a visitarla, ya no la lloro. La recuerdo con nostalgia y ternura, no a ella, sino momentos pasados, pues ella va conmigo, vive a través de mí.
Y es feliz porque yo lo soy.
Miro de nuevo al estrado, a mi Yinn, al regalo que me hizo el destino, un destino del que intenté escapar y que por fortuna me alcanzó.
Suspiro, Yinn me mira. Lo que veo en sus ojos es lo mismo que gritan los míos. Lo que late en su pecho es el eco de lo que late en el mío.
Jamás ha existido un rito de Vinculación más completo: el de nuestras almas.