39. Despedida #2
—Bueno —masculla Tessa, impaciente—, ¿vas a contar de una maldita vez por qué diablos has tardado una semana en aparecer?
Yinn aparta su mirada de mí para fijarla en ellos, dubitativo. Su ceño se acentúa cuando me mira de nuevo.
—Voy a recordarte lo que pediste... «Sólo ansío que se le devuelva la vida y la memoria al momento justo antes de perecer.»
—¿Y?
Sus hermosas facciones se tensan.
—Pues que cuando perecí, estaba en el interior de la Cámara de los Tesoros del templo de Salomón, en Jerusalén, y como un mortal más.
¡Y sin linterna! —recalca ofuscado—. Un simple hombre, con una simple camiseta y unos vaqueros, sin dinero en el bolsillo para comer, ni para cobijarme, y mucho menos para comprar pasajes de avión.
Louis y Tessa se miran el uno al otro, se sostienen un instante la mirada y estallan al unísono en una carcajada que los dobla en dos.
Yinn gruñe y yo escondo la cara en su pecho.
—No... jajajaja... no voy a preguntar qué has tenido que hacer para conseguir dinero... jajajajajaja —suelta Louis entre risas.
Tessa lagrimea y se apoya en el hombro de Louis, sacudida por incesantes carcajadas.
—Dios, Cati, jajajajaja —jadea—, te has lucido, jajajajajaja... No pienso mandarte a hacer ningún recado.
—Si me hubieras llamado a cobro revertido, habría corrido a socorrerte y... —Mi voz se apaga cuando caigo en la cuenta de que Yinn no sabe mi número de teléfono.
—Lo pensé, no creas —responde con sorna—, pero en la guía hay más Catalinas de las que imaginas. No sé ni tu apellido, ni tu dirección, he encontrado tu casa exclusivamente por memoria visual y porque la ubiqué en esta zona del lago.
—Oh, Dios, Yinn, jajajajaja... lo siento. Tendremos que ponerle remedio.
Su mirada pícara encierra promesas sugerentes.
—A eso y a otras muchas cosas que me acucian ahora mismo.
Sortea a Tessa y a Louis y avanza con determinación hacia la casa.
Entramos y sube la escalera con ardoroso apremio. Sus ojos me traspasan excitantes.
De una patada, abre la puerta de mi habitación, se acerca en dos zancadas a la cama y me lanza sobre ella.
Cuando ve su retrato, sus ojos se pierden en los detalles y brillan emocionados.
—Ése ya no soy yo.
—No, ahora eres una realidad.
Asiente, la dicha ilumina su rostro.
—Catalina Rivero, encantada.
Le tiendo cortés la mano.
—Jim Murray, el placer es y será todo mío.
—¿Tienes nombre real?
Me guiña un ojo mientras se quita la cazadora de piel marrón.
—Ha sido una semana intensa, créeme.
—¿Cómo de intensa?
Me regala esa maliciosa sonrisa oblicua que me seca la garganta y con movimientos lentos y provocadores, se quita el jersey negro de punto, mostrándome un torso esculpido, fornido e impresionante. Siento una punzada de deseo incontrolable.
—No tan intensa como lo que estoy a punto de hacerte.
Trago saliva, paseo mis ojos por este cuerpo apolíneo, deseando recorrerlo con mis manos.
—Creo que el placer también será mío, Jim.
—Eso ni lo dudes.
Sonríe gatuno y se desabrocha la cremallera de los vaqueros.
Suspiro y me muerdo el labio inferior ansiosa y agitada. Su prominente miembro tensa su ropa interior. Sonrío, es la primera vez que lo veo con bóxers.
Se quita los pantalones con agilidad, los lanza lejos y me observa incitador.
—El resto te lo dejo a ti.
Hinca la rodilla en el colchón y se abalanza sobre mí con una mirada depredadora que corta el aliento. La sangre se alborota en mis venas, crepitando con la virulencia de un incendio devorando un fardo de heno.
Jadeo cuando su boca atrapa la mía, cuando su lengua, exigente y famélica, se impone con urgencia, cuando sus manos me arrancan bruscamente la ropa, desgarrándola con un ímpetu que me eriza la piel.
Desnuda y temblorosa bajo su cuerpo, me estremezco de anhelo. La necesidad de tenerlo dentro de mí me acucia de tal manera que languidezco a cada segundo.
Se apoya en las palmas de las manos y me contempla grave y contenido.
Su melena larga, oscura e indomable, cae sobre su rostro, sus rasgados ojos verdosos con toques de caramelo se entrecierran refulgiendo maliciosos. Su cuadrada y poderosa mandíbula poblada de una barba incipiente se tensa, y sus labios se curvan en una sonrisa peligrosa y lasciva.
Paseo las manos por sus abultados hombros, tersos y acerados, recorro las ondulaciones de sus tensos músculos hasta la base de su nuca, enredo los dedos en su cabello y Yinn deja escapar un gemido hosco.
Sonrío y saboreo su expresión feroz y contenida.
Mis caricias lo enloquecen, puedo notar que tiembla bajo mis manos.
—Cata... vas a acabar conmigo.
—Eso ni lo dudes —repito sus palabras en voz baja y seductora.
Deslizo los dedos por el contorno de su mentón, repaso su barbilla y asciendo hasta su boca, delineando sus mullidos labios.
Los entreabre, apresando la punta de mi dedo.
Después, coge mis muñecas, las une por encima de mi cabeza y pega su rostro al mío.
Aprisionada bajo su cuerpo, un hormigueo electrizante recorre todas mis terminaciones nerviosas.
—Escúchame bien, pelirroja, hoy no vas a salir de esta cama, hoy no vas a hacer nada más que gemir y suplicar, que retorcerte de placer, que gritar mi nombre y jurarme que seré tu amo por toda la eternidad.
Su aliento dulzón y embriagador acicatea mis labios.
—Sí, gigante, te escucho, pero no son palabras lo que ahora necesito —ronroneo ardiente—. Hazme tuya de una maldita vez.
—Cómo desees, mi ama.
Y el animal que lleva dentro por fin se libera sobre mí, hambriento, voraz e implacable.
Me toma con una urgencia que me enloquece.
Me besa con tal desesperación que estremece mi alma, me acaricia con tal pasión que todos mis sentidos se derriten en ríos de lava candente y crepitante.
Me ama con tal intensidad que la energía que emana de él podría sacudir el epicentro del planeta y quebrar su núcleo, iluminar la luna y avergonzar al sol y tal vez, sólo tal vez, podría compararse con lo que estalla en mi pecho.