28. Locura #2
Un escalofrío recorre su espina dorsal cuando ella introduce la mano y apresa su miembro, mientras sus ojos lo traspasan con intensa determinación.
—Cata...
—Chis... eres mío, genio.
—Lo soy, completamente tuyo.
Ella se pone de rodillas, sin apartar sus hermosos ojos de los suyos.
Wahêd deja escapar una entrecortada exclamación cuando lo toma en su boca, deleitándose con su sabor, jugando con su cordura, llevándolo a un estado de catarsis sensorial que lo marea, que debilita sus rodillas y amenaza con reventarle el corazón.
Aprieta los dientes, el placer lo sacude como un débil junco azotado por un huracán, con la misma implacable fuerza, con idéntica violencia, devastando su control, arrancándolo de él y lanzándolo al vacío.
Inclina la cabeza hacia atrás. Roncos y largos gemidos acarician su garganta en su camino hacia el exterior.
El placer lo contrae, lo inflama, lo desquicia. No quiere derramarse en su boca, se agarra a la delgada y quebradiza hebra de cordura que todavía impera en él y logra tomarla de los hombros y detenerla.
La incorpora y se abalanza sobre ella como un depredador famélico, sin piedad, sin miramientos, sin control.
Toma su boca y la besa con inusitado ímpetu.
Ella jadea, la pasión la nubla, el deseo la consume.
Sin apenas despegar sus labios de los de ella, Wahêd logra quitarle los vaqueros, pero su paciencia se consume con su ropa interior y la desgarra con las manos.
Cata da un respingo cuando la alza sobre sus caderas. En un acto mecánico, lo rodea con las piernas y lo abraza. La lleva hasta la pared de nuevo, donde le apoya la espalda, mientras devora su cuello y acaricia con los dedos el palpitante botón de su cálida y húmeda femineidad.
Ahora es ella quien inclina la cabeza, derramando en su oído una melodía encadenada y armónica de gemidos desgarrados, que amenazan con romper el exiguo cordel de su torturado autocontrol.
Estalla en un abrupto jadeo que la tensa. Su cuerpo se envara y se sacude, presa de un orgasmo que la rompe en dos.
Wahêd curva los labios en una sonrisa tensa.
No espera a que se recupere y la embiste con una profunda y ansiada acometida que le arranca un grito sorpresivo y placentero.
Permanece un instante inmóvil, paladeando esa exquisita sensación, sintiendo cómo su carne se abre a él, cómo se amolda a su incursión, cómo lo abraza y lo presiona, pidiendo más.
Sale de ella con un ronroneo sensual, lenta y suavemente, para volver a embestirla implacable.
Incapaz de mostrar dulzura, ternura u ofrecerle un encuentro más delicado, se descubre tomándola como un animal en celo. Sin medida, sin control, tosco, rudo y primario.
Una y otra vez se hunde en ella con violencia, jadeando y sintiendo cómo cada molécula de su cuerpo se consume de agonía. Cata le araña los hombros, le muerde el cuello, despertando en él un salvajismo enloquecedor.
Grita de nuevo, sacudida por otro orgasmo que la desarma, destensando los músculos. Cae sobre él, lánguida y agotada.
Wahêd la sostiene por las nalgas, y así, sin salir de ella, la conduce a uno de los sofás. Toma asiento en él y la sujeta de las caderas.
—Baila para mí, preciosa.
Cata levanta el rostro sudoroso de su hombro, exhibiendo una sonrisa lasciva.
—Tus deseos son órdenes para mí.
Esas palabras son como un torrente cálido y líquido que lo envuelve en una membrana dulce de sobrecogedora dicha.
Sonríe de medio lado, insolente y tentador.
—Estás loca por mí.
Cata asiente, entrecierra los ojos, se lame los labios, alarga los brazos y se quita la camiseta y la molesta e innecesaria prenda que cubre sus senos.
Él fija los ojos en esos opulentos y turgentes pechos que lo retan altivos, con el medallón del ojo de Horus acomodado entre ellos, en ese aterciopelado y mullido canal.
—Y tú por mí, condenado genio.
—Loco de amor —confiesa.
La aferra por la cintura, atrayéndola hacia su boca, y toma en ella uno de sus pezones. Lo mordisquea, lo saborea, lo succiona, juega con él mientras Cata se arquea y gime, echando la cabeza hacia atrás.
Entonces se dispone a cumplir su deseo. Se cimbrea sobre él, se ondula como una cinta que mece el aire, lánguida y terriblemente sensual, en una danza crepitante de lujuria y seducción que desgarra sus entrañas en una hoguera de placer incomparable.
Wahêd arde como nunca antes en toda su existencia. Arde con un fuego incombustible que lo arrasa por entero.
Esa beldad flameante que ondula sobre él como una diosa exuberante y lujuriosa, acelera su cabalgadura constriñendo y desgastando el último asidero de juicio al que podía aferrarse.
Siente el clímax precipitarse como un potro desbocado y lo deja avanzar, coceándole hasta la más ínfima fibra de su ser.
Grita liberado, zarandeado por un océano de placer, donde olas furiosas se estrellan contra la pared de su alma, filtrando en ella un sentimiento que le cala, provocándole un estremecimiento demoledor.
Sabe que es una locura, sabe que jamás ha sentido nada ni remotamente parecido, sabe que es peligroso, arriesgado, que lo hace vulnerable, necesitado y dependiente, y que la relación es imposible, que no tienen ninguna oportunidad.
Y aun así, sabe que luchará.