28. Locura
Locura
Todavía está malhumorado por la actitud de Cata. Ha decidido verter sobre él su resentimiento y teme que esa brecha crezca y suponga un escollo en la misión, y en su ánimo.
Empieza a inquietarse por su tardanza, aunque percibe su presencia cerca. Algo lo intranquiliza. Se pone en pie para ir en su busca, cuando el Ipsissimus lo llama.
—Como temía, todas las pesquisas acaban en el mismo sitio. Ya intentamos localizarlo en una ocasión con el mismo resultado.
—¿Adónde os llevan las pistas?
—A los subterráneos del antiguo templo de Salomón, en Jerusalén.
Aleister Crowley viajó allí años antes de publicar su tratado.
Un lugar inexpugnable, teniendo en cuenta que sólo queda visible el Muro de las Lamentaciones, y que sobre las ruinas han construido los dos templos que actualmente comparten la ubicación: la Cúpula de la Roca y la mezquita de Al-Aqsa.
No me explico cómo accedió Crowley a los subterráneos.
—Sólo hay una manera —contesta, inclinándose sobre la pantalla del monitor, donde una imagen aérea de Jerusalén muestra la situación de ambos templos—. Y es que Crowley gozara de una ayuda, digamos mágica.
Sam alza la mirada y la clava en él, sopesando su respuesta.
—¿Alguien como tú?
—Seguramente. Por eso adquirió ese grado de conocimientos esotéricos.
—Lo que significa que ahora gozamos nosotros de tal privilegio.
En el tono del hombre rezuma una marcada ansiedad.
—Exacto.
Sam asiente complacido y se sumerge de nuevo en la información del ordenador.
—Voy a decir que preparen nuestro avión privado para poder salir rumbo a Jerusalén en un par de horas aproximadamente. A no ser, claro está, que nos lleves sobre tu alfombra mágica.
Wahêd recibe la broma con una sonrisa tibia y asiente mientras toma nota visual de lo que ve en la pantalla.
En realidad, podría teletransportarse al lugar sin problemas, pero siente que sus fuerzas menguan y prefiere reservarlas para situaciones más extremas.
—Mientras lo preparáis todo, ¿Cata y yo esperamos aquí?
—En la planta superior hay habitaciones de relajación. La mujer puede descansar en una de nuestras tumbonas, se la ve bastante crispada.
—No es para menos, ¿no te parece?
—Sin duda tiene temple y coraje. Como bien afirmas, no es como los demás. —Hace un excesivo hincapié en la última palabra, que pone a Wahêd sobre aviso.
Sam ordena a uno de sus acólitos que los acompañe a la sala en cuestión.
Wahêd camina detrás del hombre, que abre la puerta y sale con él al corredor. Al fondo vislumbra a Cata, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, las piernas extendidas y una expresión de compungido abatimiento.
Se pone indolentemente de pie y los aguarda en silencio. Evita mirarlo.
—¿Mejor?
—No —responde ella.
—Lo superarás.
La coge del brazo, pero ella se aparta, adelantándose unos pasos.
Wahêd aprieta los dientes y camina ceñudo.
Cuando por fin los dejan a solas en una estancia con un relajante aroma a sándalo, agradable luz tenue, mullidos sofás y tumbonas anatómicas, observa dolido que Cata lo evita.
—¿Tienes alguna recriminación que hacerme? Hace un momento sólo deseabas salvarme la vida.
—Y sigo queriéndolo.
—Pues no lo parece.
—Tengo derecho a estar enfadada, ¿no?
—¿Contra quién? —replica él, tirante—. ¿Contra algo intangible, como el destino? ¿O contra mí? Porque en el primer caso, me parece estúpido lamentarse, y en el segundo creo que tu comportamiento es injusto. Nada tengo que ver con tu pasado.
Ella se vuelve hacia él y sostiene retadora su mirada.
—¡Oh, ya veo! —exclama Wahêd contenido—. Es lo que soy lo que odias. Si antes mostrabas recelo y desagrado, ahora tu odio está más que justificado, ¿no es eso?
La coge de los hombros y clava su mirada ominosa en ella, que salta:
—¡Sí, vosotros causasteis la desgracia de mi madre y ahora la mía!
—¿Eso crees? Fuiste tú la que acudiste a mí, la que me pediste protección. Fue tu madre la que me encerró en aquel brazalete. Vosotras sois los verdugos, yo, pequeña pelirroja ingrata, soy la víctima.
Ella se zafa con brusquedad y le da la espalda.
—Lo siento —musita en voz baja—. No sé qué hacer con la rabia que siento.
—¿Rabia? —repite él alzando la voz—. ¿Por ser fruto del amor? ¿Por tener el privilegio de ser tan especial, tan única? ¿Por esclavizarme como nadie ha conseguido hacerlo jamás? ¿Por tener la oportunidad de ayudar a la humanidad?
—Yinn... —susurra ella con voz estrangulada.
—Te empeñas en mirar el mundo a través de tu particular mirilla egoísta.
Sólo piensas en ti, en tu vida, en tu destino.
Creo que deberías ampliar tu visión, Cata.
No volveré a tocarte si tanto me odias, quizá sea lo mejor para ambos, pero no pierdas energías en lamentaciones inútiles.
Tu vida es la que es, saca provecho de ella de una condenada vez.
Fija su mirada en su brillante melena cobriza, en su espalda trémula, y siente deseos de zarandearla para que abra los ojos de una maldita vez y deje esa actitud de agravio perpetuo.
—Creo... que necesito tiempo para asimilar esto.
Desea sumergirse en el océano de su mirada, embeberse de su rostro, perderse en su boca, pero ella continúa dándole la espalda, ocultándole unas emociones que él ya conoce.
—Me parece justo, aunque no disponemos de mucho. —Suspira profundamente, niega con la cabeza y se aleja—. Será mejor que descanses, partimos en unas horas a Jerusalén.
Se acomoda indolente sobre una tumbona, estira los brazos, los dobla bajo la cabeza y cierra los ojos.
Oye sus pasos acercándose a él.
—¿A Jerusalén?
—Ajá.
—¿Está allí el Lemegeton ?
—Eso parece, pero no lo sabremos hasta que vayamos.
Una pausa, oye su respiración agitada.
—¿Cómo... cómo viajaremos?, porque está muy lejos de aquí.
Sonríe de medio lado, abre un ojo y niega ligeramente con la sorna pintada en la cara.
—Tranquila, preciosa, no voy a arrastrarte en mis brazos hasta allí. Iremos en avión privado. Te has quedado sin abrazo.
Cata lo mira ceñuda, sus ojos relampaguean.
—¿Quién quiere tus abrazos? —masculla a la defensiva.
—Tú. Ahora mismo te mueres por uno.
—¡Já! Quizá en tus sueños.
Niega con la cabeza, entrecierra los ojos y la observa con traviesa diversión.
—En mis sueños no te abrazo solamente, en mis sueños...
—¡Cállate!
—Jajajajajaja... No es hablar lo que deseo, mi ama.
—Te juro que si pudiera pedir un deseo ahora mismo, estarías muy lejos de aquí —contraataca nerviosa.
Wahêd se incorpora con felina lentitud, se pone en pie, avanza unos pasos y se le planta delante, tentador.
—Nunca estaré lejos de ti —susurra seductor, acercando su rostro al de ella—. Porque aunque te obedeciera, siempre estaría aquí. —Le señala el pecho con el dedo índice y sostiene su mirada con gravedad.
La ve temblar. Tiene las pupilas dilatadas, respira entrecortadamente y su aura mana de su piel como un manto translúcido de cobre titilante. Lo desea.
Suspira y cierra los ojos, sacude la cabeza como para alejar pensamientos incómodos y permanece ahí cabizbaja, luchando por controlar sus impulsos.
—Sigues luchando —murmura Wahêd con tristeza—. Contra mí, contra ti, contra la realidad.
Ella alza la vista, sus ojos brillan contenidos.
—No es fácil —musita.
—Nada hay más fácil que tomar lo que se desea, si está a tu alcance.
—¿Y después? —inquiere furiosa.
Pone los brazos en jarras y lo mira enconada, con el cejo fruncido.
—¿Después, de qué?
—¡Joder, después de esto, maldita sea! —salta ella, mostrando su inquietud—. Si todo sale bien, te largarás... ¿y qué será de mí? ¿Qué haré con esto que...?
—¿Sentimos?
Asiente, se debate entre la pena y la rabia.
—No lo sé, Cata, pero no voy a perder ni un instante en pensarlo pudiendo hacer otra cosa.
Ella abre los ojos intrigada.
—¿Qué cosa?
—Esto.
La coge por los hombros y la besa con una pasión que lo arrastra a un profundo pozo de deseo descontrolado.
Sólo es consciente del hambre que le despierta, de la necesidad salvaje que provoca en sus sentidos, del desesperante y brutal anhelo de su cuerpo y su alma por sentirla, por saborearla, por tomarla y no soltarla nunca.
La mujer, sorprendida, intenta separarse, pero Wahêd no se lo permite.
Se introduce en su dulce boca y saborea su interior con fervor, enreda su lengua con la de ella, presa de un delirio que anula su entendimiento.
Algo en su pecho estalla, una emoción desatada que florece y se extiende por todo su ser, haciendo hormiguear cada terminación nerviosa, adueñándose de cada rincón.
Y cuando ella reacciona por fin, cuando su boca es la que lo busca, la que lo devora con una intensidad que le encoge el estómago, se siente morir.
La estrecha contra su pecho, desliza la mano hasta su nuca para sujetarle la cabeza, para anclarla a sus labios, para fundirla con su alma.
Descubre que Cata lo abraza con la misma intensidad que él, que sus manos recorren su cuerpo, encendiendo hogueras con la yema de sus dedos.
Jadea buscando aire, apenas despega su boca para contemplar fascinado sus inflamados y enrojecidos labios.
—Cata, ¿qué estás haciendo conmigo? —gime casi con dolor.
Ella lo contempla con mirada turbia y lujuriosa.
—Vengarme de lo que me has hecho tú a mí.
Y lo besa de nuevo como una loba cazadora e implacable que reclama su presa con una vehemencia que lo desarma.
Lo empuja contra la pared, mientras sus manos se meten bajo su camiseta negra, recorriendo su vientre y ascendiendo hasta su pecho.
Sus caricias son fuego en su piel.
Apenas se aparta para sacarle la prenda por la cabeza y lanzarla a un lado.
—Voy a devorarte, gigante —promete con una lascivia que lo derrite—. Cuando acabe contigo, vas a lamentar haberme tentado.
—Nunca voy a lamentar eso.
—Espera y verás.
Baja las manos hasta la cinturilla de los tejanos y desabrocha uno a uno los botones. Su entrepierna late en un pulso doloroso y acuciante, suplicando alivio a su agonía.