19. Tras el agua #2
—Voy a tener que ponerme un burka para salvaguardar mi intimidad.
—Si no me gusta que ocultes tu cabello, menos tu rostro. Tolero la ropa, pero sólo por el momento.
—Da la impresión de que esperas que me enamore de ti.
Yinn me sonríe taimado, pero no contesta. Saltamos sobre un par de peñascos que bordean la catarata y empezamos a sentir la cortina de humedad que desprende.
Yinn ya no me suelta la mano, me guía con sumo cuidado, cerciorándose de cada paso que doy.
—Está claro que no has sido una chica de campamento. Creo que habrías muerto hace rato si no te llevara cogida de la mano —se burla.
Le doy un ligero empujón ofendido en el brazo y ese leve gesto hace que me desequilibre. Mis pies se deslizan peligrosamente y mi cuerpo se inclina hacia delante. Dejo escapar un grito, que muere contra el pecho de Yinn, que se sacude de risa.
—Pelirroja, tienes el equilibrio justo para pasar el día, y porque estoy a tu lado.
—Soy humana, gigante inmortal —me quejo ceñuda.
Yinn, sonriente, me dedica una mirada oscura.
—Deliciosamente humana además.
De sus refulgentes ojos escapa todo su anhelo.
Me agito aún entre sus brazos y poso las palmas de las manos en su pecho para separarme de él.
El fino algodón de su camiseta negra no ayuda a que el tacto sea menos abrasador.
Puedo sentir la magnificencia de ese pecho torneado y esculpido por los dioses.
Me estremezco sólo con pensar cómo sería acariciar ese cuerpo libre de ropa.
Bajo la mirada, temerosa de que vuelva a leer en ella.
—Sólo nos queda un trecho más —anuncia—. Me esperarás en ese peñasco, mientras yo buceo bajo las cataratas. Suele haber turistas por aquí, con sus cámaras colgando del cuello, no quiero abusar de mis poderes.
Asiento y pongo toda mi atención en el camino. Las rocas están cada vez más escurridizas.
Ralentizamos la marcha ante mis vacilantes pasos, estoy a punto de caer en un par de ocasiones. Definitivamente, saltar rocas no es lo mío.
Yinn opta por tomarme en brazos. Me alza como si mi cuerpo no pesara más que el aire.
Su asombrosa fuerza, teñida de delicadeza, me encoge el estómago.
La forma en que me aprieta contra su pecho y salta con una admirable gracilidad felina de roca en roca, cosquillea mi entrepierna.
El poder que rezuma derrocha un erotismo tan rudo y embriagador que me seca la garganta y plaga nuevamente mi mente de imágenes tórridas.
Cuando por fin alcanzamos el peñasco y me deposita en la superficie, se hace visera con la mano sobre la frente y escrudiña todo a su alrededor, como un águila concentrada que oteara el paisaje en busca de presas.
Asiente casi imperceptiblemente y me sopesa con una mirada.
—No te muevas de aquí.
Acto seguido, se quita la camiseta negra, que lanza junto a mí, y después las zapatillas. Y tan sólo con los tejanos desgastados de cintura baja, que le quedan de impresión, me guiña un ojo.
Soy incapaz de no devorar visualmente cada centímetro de esa acerada piel dorada, me muerdo el labio inferior para contener un suspiro admirativo.
Él me sonríe divertido. Me da la espalda, con lo que puedo continuar disfrutando de las fabulosas vistas, ya más relajada, y se lanza a la poza de agua convulsa justo en la base de la catarata.
Cualquiera que lo viera arrojarse al revuelto remolino de aguas violentas, pensaría que se trata sin duda de un suicidio.
Las corrientes allí abajo deben de ser letales para cualquier criatura mortal, pero éste no es el caso.
Así que me siento a esperarlo, aspirando la fragancia de la lavanda, el espliego y el pino, disfrutando de unas mejorables vistas, si Yinn estuviera en ellas.
El sol acaricia mi piel, envolviéndome en un agradable sopor, cuando un silbido rasga el aire justo por encima de mi oreja derecha.
Abro los ojos y me envaro. A primera vista, nada me alerta, hasta que otro silbido casi me roza la sien. En el lateral de mi campo de visión, detecto un objeto alargado y me inclino instintivamente hacia el lado contrario.
Aturdida y asustada, miro a mi alrededor. No hay escondite alguno sobre el alto peñasco, a no ser que descienda.
Justo cuando me pongo en pie, Yinn emerge de entre las aguas y, de un salto, se coloca delante de mí y atrapa entre sus fuertes manos un objeto que alza sobre su cabeza y parte en dos. Una flecha con penacho de plumas.
Contengo la respiración, me pego a la espalda mojada del genio y jadeo asustada.
Yinn emite un sonido, ahuecando las manos sobre sus labios, parecido al ulular de un búho, y aguarda. Para mi sorpresa, le responden con el mismo sonido.
—Ya ha pasado el peligro —susurra, volviéndose hacia mí y estrechándome entre sus brazos.
Me siento tan segura que me dan ganas de llorar de alivio.
—Ahora ya saben que soy otro espíritu sagrado.
Me coge por los hombros y entonces descubro que los extraños símbolos que tatúan sus fuertes y venosos antebrazos resplandecen con destellos dorados.
—Son mi seña de identidad. Para el que esté versado en ellas, naturalmente —explica.
—¿Quiénes...?
—Los dene. Hay dos hombres apostados en la roca de enfrente, vigilando la entrada a la cueva.
—¿Y me has dejado sola sabiendo eso?
—No creía que se atrevieran a amedrentarte. Cuando he oído la primera flecha, he venido.
Me separo de él y lo miro ofuscada.
—Si no hubieran fallado el tiro...
—Es que no han fallado. He dicho amedrentarte, no matarte... Esto sólo ha sido un aviso.
—Empiezo a estar harta de tanta tentativa.
—También yo —se queja irritado—. Mis anteriores servidumbres se limitaban a satisfacer deseos y apetitos, no a proteger una mortalidad tan vulnerable.
Lo miro dolida y me separo unos pasos de él.
—Creía que tenías casi los mismos intereses que yo, sino más, en esta empresa. Una cosa sí te aseguro, estoy deseando que esto acabe para perderte de vista de una maldita vez.
Ambos nos miramos irritados.
El pelo se aplasta contra su cráneo, goteando sobre sus bien cinceladas facciones helenas, tal como debían de ser los dioses que quisieron mostrar Heródoto y Aristóteles en sus obras.
Y, tal como los griegos los admirarían, yo caigo subyugada bajo su hechizo. Pero esta particular estatua respira, se mueve, destilando litros de un erotismo tosco y vibrante que anulaba mi juicio, pero activa otras muy dispares funciones físicas y emocionales.
—Con suerte, pronto te librarás de mí —masculla ofendido, apretando los puños.
Aunque lo que en realidad deseo en este momento es apretarme de nuevo contra su pecho y no dejarlo escapar nunca.