Esclavo de tus deseos 19. Tras el agua
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19. Tras el agua

Tras el agua

Desde la vidriera de la cafetería, observo cómo las mujeres que pasan se vuelven admiradas para contemplar a Yinn, que cruza y descruza las piernas con impaciencia, sin dejar de clavar su mirada en nosotras.

Incluso desde esa distancia, el influjo que ese ser provoca en mis sentidos resulta devastador. No me extraña que Tessa me esté confesando que está enamorada de él. Su segundo amor imposible, me dice con amargura. La compadecería si no me compadeciera más a mí misma.

Tras contarle lo mismo que a Allan, mi supuesto decaimiento progresivo y mi necesidad de soledad, Tessa asume la breve retirada, pero con la misma advertencia que Allan. Aunque la tristeza con que se marcha no es sólo culpa mía.

Cuando cruzo la calle para encontrarme con Yinn, que me traspasa con una mirada insondable, me envaro irremisiblemente. A cada paso que doy, la atracción que tira de mí hacia sus brazos es tan intensa que tengo que clavarme las uñas en las palmas de las manos para evitar lanzarme hacia él.

—¿Lista?

Asiento, dirigiéndome al coche. Yinn me detiene abruptamente. El tacto de su mano en mi antebrazo me quema la piel.

—No. Se han acabado los viajes en coche. Es mi turno.

Me arrastra hacia un estrecho y oscuro callejón de servicio que interconecta dos avenidas y me pega con rudeza a la pared, ocultándome con su cuerpo.

Esa turbadora proximidad me paraliza.

—No tenemos mucho tiempo que perder, el peligro acecha —explica, escrutando mi rostro—. Ahora mando yo.

Trago saliva y me limito a asentir. Comienza la aventura hacia lo desconocido. Alejo el miedo, o al menos lo intento.

—Abrázame fuerte, Cata, al ser mayor la distancia, el viaje será más vertiginoso.

—¿Más? —pregunto con preocupación.

—No temas, estoy junto a ti y no voy a soltarte.

Puedo ver en sus ojos la seguridad y aplomo que necesito. Ese salto en el espacio/tiempo es la última cosa que va a despegarme indefectiblemente de mi vida. Suspiro con nostalgia.

Yinn abre los brazos, me cobijo en ellos con apremio y él me rodea con fuerza.

Al instante, el callejón empieza a desdibujarse en una enloquecedora mezcla de colores que se diluyen en círculos concéntricos que giran frenéticos, acompañados de un molesto zumbido.

Todo mi cuerpo se sacude con descargas eléctricas que erizan cada terminación nerviosa, haciendo vibrar cada músculo de mi ser con repetidos y bruscos espasmos incontrolables.

De repente, perdemos consistencia, absorbidos hacia el vórtice de ese túnel de flujo circular y somos impelidos hacia el interior como si nos hubiera aspirado un tornado.

Cierro los ojos y chillo desaforada, aunque ningún sonido emerge de mi garganta. Una energía poderosa me insufla calor y seguridad, hasta que las vibraciones y los destellos luminosos comienzan a perder intensidad de forma progresiva.

Por fin, todo se detiene tan velozmente como ha empezado.

Antes de abrir los ojos, una brisa asilvestrada acaricia mi piel y mis fosas nasales. Percibo en mis sentidos la naturaleza antes de verla.

Cuando miro, la belleza del entorno me golpea. El aire escapa de mis pulmones y mis pupilas se dilatan, ansiosas por asimilar el impresionante paraje que nos rodea.

Nos encontramos junto al cauce de un ancho y brioso río que cae por la pendiente de un altísimo acantilado, formando unas majestuosas cataratas; una singular y enorme roca glacial puntiaguda divide el caudal en dos. Reconozco de inmediato el lugar.

Estamos en el gran cañón del Nahanni, frente a las cataratas Virginia, las más grandes de América del Norte, con su característico peñón en medio, el Manson’s Rock, llamado así en honor de Billy Manson, el famoso canoista, escritor y cineasta canadiense.

Más allá, veo los majestuosos montes Mackenzie y, rodeándonos, un frondoso entorno de abetos, álamos, y pinos típicos del paisaje alpino.

La violencia de las espectaculares cataratas crea una bruma que pende pesada sobre el río Nahanni sur, como una niebla mágica que protegiese un objeto sagrado, confiriéndole un misticismo abrumador.

El viento acaricia mi piel, aspiro hondo y recorro embelesada este hermoso lugar, embebiéndome de sus vivaces colores, y de la inmensidad del horizonte.

Escucho el susurro de la brisa en las ramas de los pinos, el chillido de un águila dorada rebotando entre las esponjosas nubes de un cielo límpido, el gorjeo de los pinzones, el rumor del agua espumeando contra las rocas ancladas al lecho del río y la paz.

Y, por unas décimas de segundo, olvido lo que me ha traído aquí.

—Veo que ha merecido la pena «el viaje».

Miro a Yinn, que me contempla de forma extraña.

—¿Me permites un capricho, ama?

Su tono hace que alce de inmediato la ceja izquierda con suspicacia.

—Depende.

—Tranquila, no voy a desnudarte. Bueno, sólo un poco.

Y, sin esperar permiso, alarga su mano hacia el tirante rodete de mi coronilla y me quita las horquillas y la goma, liberando por completo mi melena, que cae en una cascada de ondas, cubriendo mi espalda.

Además, tiene la osadía de hundir sus manos en ella y ahuecarla, su capricho incluye tomar un mechón y olerlo. No puedo más que mirarlo fascinada, descubriendo la misma fascinación en sus ojos.

—El sol incendia tu cabello, convirtiéndolo en una maravillosa lengua de fuego, tal como había supuesto. Deberían prohibirte recogerte la melena, pelirroja, no tienes ni idea del espectáculo que ofreces.

Nuestras miradas permanecen enlazadas, el viento levanta mi cabello y lo mece suavemente. La mirada de Yinn centellea.

—Eres el complemento perfecto a este lugar —murmura.

El deseo flota entre nosotros como la bruma que mana de la catarata, denso y húmedo. La intensidad de su mirada me roba el aliento.

Trago saliva y desvío la vista hacia el Manson’s Rock, que parece una piedra lunar emergiendo de entre las aguas, como la punta de una lanza alienígena, e intento calmar mi ánimo.

—Y ahora, ¿adónde se supone que tenemos que ir?

Yinn alarga el brazo y señala justo las cataratas Virginia.

Frunzo el cejo y lo miro inquisidora.

—Los antiguos nativos dene adoraban a los espíritus del agua justo al pie de las cataratas, y si hay algún espíritu por aquí, te aseguro que ése es Vanut —explica.

—Tengo entendido que en Fort Simpson, muy cerca de aquí, hay una reserva de nativos dene —digo, acercándome a la ribera del Nahanni.

—Más razón para pensar que estarán custodiando este lugar. Desde tiempos inmemoriales, los indios dene han sido los guardianes de la antigua magia. Ellos pasan sus conocimientos y sus tradiciones a sus descendientes. El círculo cerrado de la reserva ayuda a que éstas no se pierdan.

Me arrodillo sobre una gran piedra caliza y sumerjo las manos en la fría, cristalina y espumeante agua, que zigzaguea y burbujea entre mis dedos, sorteando los obstáculos pedregosos que interfieren en su cauce.

Me lavo la cara y me humedezco la nuca, echándome el cabello a un lado. Me siento tentada de pedirle que me devuelva la goma, pero sé sobradamente que me la negará.

—Nos acercaremos lo más que podamos a las cataratas. Una vez allí, tendré que usar mis poderes para poder mirar tras la espesa cortina de agua. Tengo la sospecha de que esconde la entrada a una cueva, mis sentidos detectan vibraciones en ese lugar.

—Adelante entonces.

Caminamos por el agreste terreno, él con paso seguro y fluido, como si fuera un hermoso puma negro, ágil y confiado, yo como un pato torpe, que vacila antes de encaramarse a una piedra o sortear un aligustre.

Yinn se detiene con frecuencia y me ofrece la mano para ayudarme, dedicándome esa maliciosa sonrisa oblicua capaz de deshelar los polos.

Sería preferible que no me distrajera con esa maldita sonrisa pendenciera y me tendiera la mano sin mirarme siquiera. Pero no, aprovecha cada contacto para mortificarme con su seductor y caballeroso gesto y su ladina mirada.

No hay carreteras, ni caminos, ni siquiera senderos fácilmente transitables.

De hecho, el único acceso al parque es por hidroavión o helicóptero.

Es Patrimonio de la Humanidad y está fieramente protegido de la intervención humana.

Los guardabosques controlan de cerca a los turistas, avisándoles de la larga lista de prohibiciones que tienen que considerar durante su visita.

Y, en verdad, la belleza sobrecogedora de cuanto me rodea bien vale su celoso cuidado.

Atisbo una liebre saltando entre unos matojos y oigo el agudo chillido de un halcón atravesando el cielo en un eco alertador. Entonces me detengo recelosa, pensando en los animales que pueden estar acechándome.

—¿Habrá cerca algún depredador?

—¿Aparte de mí? —responde Yinn, ocurrente.

—Tú no me das miedo, te tengo controlado —murmuro irónica.

—Por desgracia para ambos —musita sardónico—. Creo que hay osos grizzlies, caribúes, algún lobo, tal vez linces y poco más. Bueno, aparte de un animal salvaje controlado, con peligro de descontrol constante.

—Jajajajaja... Rezaré entonces porque no rompa sus cadenas.

—Deberías rezar para lo contrario. Ni te imaginas lo que te estás perdiendo, preciosa —masculla jactancioso.

—Eres un hedonista pagado de sí mismo. Eso te quita atractivo.

—Pero apuesto a que me suma morbo.

Con la apuesta perdida, me pregunto por qué razón no aprovecho mi momento de debilidad en el lago.

—Porque no deseo tu flaqueza. Eso hiere mi dignidad, sería cobarde y despreciable por mi parte. Deseo tu absoluto convencimiento, incluso tu súplica, quiero que seas plenamente consciente de tu decisión —responde a mi muda pregunta.

Abro la boca con asombro y entrecierro los ojos recelosa.

—¡Me lees la mente, rufián! No te atrevas a justificarte con lo del lenguaje corporal.

—Sí, lo hago, pero no por mis poderes, ésos los anulaste. Por alguna razón, leo en tu mirada y he adivinado tu pensamiento, eso es todo.

Lo escruto con la mirada. El sol remarca la mezcla de verde, marrón y dorado que conforma sus hermosos ojos, enmarcados por oscuras pestañas. Me obligo a parpadear y reanudo la marcha.