Escándalo en Hollywood 55. Hayden
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55. Hayden

Hayden

B ajo los focos, leo la silueta del cuerpo de Sofía como si fuera un mapa que conduce al paraíso, mientras balancea las caderas al ritmo de la música.

Se lleva las manos a la cabeza, se quita el pasador y, una vez libre, su larga melena cae en cascada por su espalda, bailando al mismo son que ella.

Menos mal que estoy sentado.

Se sujeta a la barra, la aprisiona entre sus muslos y empieza a girar alrededor.

No puedo dejar de pensar en cómo me gustaría ser esa barra.

Sofía ralentiza el giro y se deja caer hasta el suelo, abriendo las piernas en un split perfecto.

Ahora se oyen silbidos entre el público, pero esta vez de aprobación.

Sofía viene hacia mí, con paso sinuoso, grácil y audaz, mientras sus labios exhiben una sonrisa pícara. Entrelaza los dedos en el cordón que cierra el corsé de cuero y tira de él hasta deshacer el nudo.

Un momento… ¿Se está desnudando?

Tira con fuerza del cordón y lo libera del primer ojal, después del segundo, del tercero…, hasta que se desprende del corpiño y me lo lanza al regazo, arrancándoles un grito de júbilo a los presentes.

Ya sin corsé, Sofía reanuda su danza, deslizando las manos por la cintura entre una pirueta y otra. A continuación, se sujeta la orilla del top y empieza a subírselo lentamente, milímetro a milímetro.

Se ha propuesto matarme, no veo otra explicación.

En la sala, la gente bate palmas al unísono, animándola a que se lo quite del todo. Y, unos segundos más tarde, el top blanco también sale volando.

En el escenario empiezan a llover billetes, señal de que no soy el único que aprecia lo que tengo ante mi vista.

Sofía se arrodilla y empieza a desplazarse a gatas por la plataforma, con la espalda enarcada y el andar felino de una depredadora, pasando revista a los exaltados de la primera fila que siguen cubriéndola de billetes.

¿Quién puede culparlos? Yo mismo estoy arrepentido de llevar encima solo las tarjetas de crédito. Ahora mismo sería capaz de hipotecar mi casa.

Sofía tiende el brazo hacia uno de los hombres y le coge el sombrero de vaquero. Se lo pone, vuelve a la barra y realiza una serie de piruetas velocísimas alrededor del poste.

La canción habla de mí. Dice: «Hazme sufrir, hazme lo que quieras, porque sé que como tú no hay nadie», y en este momento cada fibra de mi cuerpo está sufriendo.

Tras una sucesión de giros, vuelvo a tener en frente a Sofía. A continuación, se pone de espaldas a mí y empieza a desabrochar el cierre de la falda, que hace caer al suelo con un movimiento de cadera, obsequiándome con una despiadada panorámica de su trasero.

Si así es como he de morir, adelante, pues.

Se suceden los aplausos, la lluvia de billetes y en el escenario ya no queda un centímetro libre.

Sofía se vuelve y me mira con descaro, segura de sí misma como nunca, mientras sigue bailando solo con las bragas, el sujetador, las botas y el sombrero vaquero puestos. Es imposible que no se esté percatando del efecto que me produce.

Me pone una mano en el pecho, se contonea delante de mí, encima de mí, se gira y apoya las caderas en mi regazo, moviéndolas de un modo que me hace agradecer que al menos yo siga vestido.

—¡Móntalo, guapa! —grita alguien del público.

«Tranquilos —me gustaría decirles—, sabe lo que se hace, no necesita consejos».

—Sofía, estás poniendo a prueba mi autocontrol —le susurro al oído.

—Recuerda lo que ha dicho Steve: no puedes tocarme, o los de seguridad te echarán a la calle —me responde ella en tono provocador.

De nuevo en pie frente a mí, se lleva las manos a los hombros, dispuesta a bajarse primero un tirante y después el otro. ¿No estará… a punto de quitárselo?