Escándalo en Hollywood 20. Sofía
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20. Sofía

Sofía

G racias a Patrick, no solo tengo el informe de la intervención de los bomberos, sino también la lista de los clientes del hotel, proporcionada por la policía, con los correspondientes registros de entrada, y la de los empleados que estaban presentes en el edificio durante el incendio.

Llego a casa y me pongo manos a la obra sin tan siquiera cambiarme.

Me imprimo rápidamente los documentos para poder confrontarlos mejor y, en cuanto me zambullo en la lista de clientes registrados, enseguida observo que el nombre de Casey Jameson no aparece, pero en cambio sí consta el de Eve Prescott. Es decir, el de su representante.

Primer dato de interés: se ha registrado bajo una identidad falsa y le asignaron la habitación 224, doble para uso individual. Por consiguiente, estaba sola.

El resto de los huéspedes no me suena de nada, así que no puedo relacionarlos con ningún miembro del star system , aunque es posible que, en caso de encuentros clandestinos, empleen nombres ficticios:

Manual del joven reportero 101 : estudiar a los huéspedes uno por uno y evaluar quién podría tener algún vínculo con nuestra Casey.

¡Dios bendiga a internet!

En mi lista aparecen:

Arthur Mitchell, enfermero de Santa Bárbara, habitación 201.

Annette y Thomas Smithson, 39 y 45 años, pareja, propietarios de una pizzería en Lake Balboa, habitación 116.

Paula Baker, 28 años, abogada de Arleta, habitación 116.

Chloe y Rob Hutton, 48 y 53 años. Ella es contable y él dirige una empresa de alquiler de coches, junto con sus dos hijas, Ginny (8) y Fiona (12), de Encino, habitación 119.

Willow y Janine Granger, 42 y 44 años, hermanas, productoras de muesli, de Wilmington, habitación 203.

Seanna Pitt, 44 años, bióloga de Pasadena, habitación 218.

Briony y Tyron Kelly, 35 y 39 años. Ella es profesora de danza y él fisioterapeuta. Tienen un hijo, Peter (7), y son de Boyle Heights, habitación 302.

Irene y Petra Moskovitz, 43 y 68 años, arquitecta y maestra de jardín de infancia jubilada, de Reseda, habitación 205.

Benjamin Folger, 58 años, ginecólogo, Montecito, habitación 217.

Arno y Louisa Franklin, 41 y 40 años, pareja de excampeones de culturismo, de San Bernardino, habitación 107.

Cuanto más miro la lista, más me pregunto qué pintaba aquí una celebridad ganadora de un Oscar.

¿Tenía una aventura con Arthur, el enfermero de Santa Bárbara? ¿Con Benjamin, el ginecólogo?

No logro dar con un motivo plausible por el cual ella hubiera interactuado, ni aunque fuera mínimamente, en toda su vida con estos desconocidos; o quizá había decidido abandonar el domicilio conyugal y desaparecer del mapa —en realidad, de no ser por el incendio, nadie la habría buscado allí, y encima habiéndose registrado con un nombre falso—.

Pero no dejan de ser ideas que flotan en el aire, con las que no pudo hacer gran cosa.

Paso al informe de los bomberos y hojeo las páginas que describen las operaciones llevadas a cabo: desde dónde encontraron a cada huésped y cómo intervinieron en cada salvamento, hasta la valoración de las posibles causas que desencadenaron el incendio.

No se mencionan las famosas causas ambientales, pero sí se habla de un posible cortocircuito.

El epicentro del incendio: segunda planta, compartimento 15.

¿Qué narices hay en la segunda planta, compartimento 15?

Hurgo en mis páginas impresas para recuperar uno de los planos del hotel y veo que se trata de la habitación 215. Pero en el registro del hotel consta como no ocupada… ¿Cómo demonios puede haberse desatado un incendio en una habitación vacía?

Habrá que volver sobre el tema.

El informe también habla del mal funcionamiento del sistema antiincendios, que provocó la consiguiente ausencia de alarmas.

Esta es una pésima noticia para la dirección del Livingston Inn, porque el seguro no pagará un céntimo, y la empresa tendrá que reembolsar de su propio bolsillo la indemnización que corresponda a las víctimas.

Llegados a este punto, solo me resta hablar con el personal del hotel que estaba de servicio durante el incendio, empezando por el recepcionista del turno de noche, que por fuerza estará familiarizado con todos los huéspedes y sabrá si Casey interactuó con alguno de ellos.

En mis apuntes tengo anotado un nombre, «Jimmy», y empiezo a revisar la lista de empleados del Livingston Inn uno por uno.

No aparece ningún Jimmy. Tampoco un Jim, ni un James. ¿Quién narices es el tal Jimmy?

Me rasco la frente con la goma del lápiz. Son las cuatro de la noche —o de la mañana—, y estoy como al principio.

De pronto, escucho una voz maliciosa en mi cabeza que me atormenta con el siguiente pensamiento: «Me encantaría tener los conocimientos y los contactos de West».

No es que a él le interese lo que yo estoy indagando. A West solo le importan los escándalos turbios, no las actas burocráticas sobre incendios desatados en hoteles de segunda de la periferia.

Juego mi última carta, esto es, envío emails a todos los empleados del hotel donde les pido poder entrevistarme con cada uno de ellos lo antes posible, y acabo con la cara pegada a los papeles, vencida por el sueño.

Me despierta el sonido del móvil.

Estoy adosada a la mesa del comedor, y apenas puedo enderezarme después de haberme pasado tantas horas encorvada.

—Mamá, hola.

—Patrick y yo estamos desayunando en el Republic: ¿pasamos por tu casa y te llevamos unos gofres?

—Estamos, pasamos, llevamos… ¿A qué vienen todos esos plurales?

—Ah, hum, Patrick quería saludarte como es debido. ¿Sabes?, el otro día en el centro comercial, nuestro encuentro fue un poco accidentado.

—Oh, Dios mío, ¿estás hablando en serio?

—Y así podrías darle las gracias en persona por los informes —comenta, dejándome helada con su tono de voz, cortés pero firme—. ¿Qué me dices? ¿Fresas y sirope de arce te va bien?

Por unos gofres de Republic con fresas le abriría la puerta al mismísimo Satanás.

—Y con granillo de almendras tostadas —añado—. Perdona, mamá, me están llamando, te espero.

El número es desconocido.

—Sofía Cortez al habla, dígame.

—Buenos días, esta noche he recibido un email suyo, creo —responde una voz masculina y joven—. Soy Emilio Suárez. Me ha escrito para que le hable del incendio del Livingston Inn.

Salgo de mi sopor y empiezo a remover los papeles que hay encima de la mesa en busca de la lista de empleados.

—Sí… Aquí está. «Emilio Suárez». —Lo marco con una «V»—. Ante todo, quisiera saber si está bien y en qué condiciones se encuentra.

—Estoy estupendamente —responde medio sorprendido.

—Me alegro de que así sea. Entonces, si le parece, podríamos pasar a la parte más peliaguda: el incendio. ¿Cómo es posible que nadie se percatase hasta que las llamas envolvieron el edificio?

—No lo sé, yo no estaba de servicio. La he llamado precisamente para aclarar este punto. Me llamaron poco antes de que me dirigiera al hotel y me dijeron que me cambiaban el turno, y que esa noche me reemplazaría mi compañero Jimmy.

—El compañero del turno anterior también me dijo que un tal Jimmy estaría en la recepción durante el turno de noche, pero no aparece en los registros —le hago notar, mientras vuelvo a repasar la lista para asegurarme. Pero sí aparece su nombre: Emilio Suárez.

—Para registrarse hay que pasar la tarjeta por el escáner de la recepción. No solo es que no estuviera allí, es que, además, hace dos días me robaron la cartera y firmo el registro a mano.

Esto me parece extraño.

—¿Sabe usted el apellido del tal Jimmy? ¿Es un apodo o un diminutivo?

—No sabría decirle. La empresa tiene cientos de empleados en todos sus hoteles, y dispone de ellos en función de sus necesidades. A menudo trabajo con compañeros a los que veo una sola vez y son transferidos a otro destino.

—Ya veo, el error ha sido mío. Ahora ya está aclarado. Gracias, y disculpe las molestias —me despido antes de colgar—. Todo claro, ha sido una confusión —murmuro para mis adentros—. Ahora toca llamar a Recursos Humanos de la Livingston Inn Company.

Marco el número de sus oficinas y la mujer que me responde deja poco margen para las dudas

—El único Jimmy que tenemos contratado en nuestras instalaciones de Los Ángeles trabaja en el Livingston Inn de Harbor City, donde ayer por la noche cubrió el turno que le correspondía, y no se cambió por nadie del Inn de El Monte.

Hay otros Jimmy, pero pertenecen a otras áreas, y, para que un empleado pueda cambiar de turno fuera de la propia área, primero ha de pasar por el seguro.

Conclusión: en el Livingston Inn, durante el turno de noche, un tal Jimmy —si es que ese era realmente su nombre— trabajó en la recepción sustituyendo a Emilio Suárez, pero al parecer este Jimmy no trabaja para la compañía, y en sus oficinas no consta que hubiera un cambio de turno.

Esta no es una buena noticia, aunque sin duda es una noticia. Sin embargo, hay piezas que no sé cómo encajar, y el instinto me dice que haga la única cosa que no quiero hacer.

Me desmaquillo con una toallita, me quito el vestido de anoche antes, arrugadísimo después de tantas horas de trabajo, y, a modo de venganza, cojo una camiseta de la pila de ropa limpia de Michelle —que por fin se ha decidido a hacer la colada—.

Me pongo unos shorts vaqueros, unos zapatos, cojo mis hojas impresas y voy hacia la puerta.

—Sofía, los gofres —protesta mi madre mientras se baja del coche de Patrick, al verme salir corriendo de casa.

—Ponlos en la nevera, me los comeré esta noche.