3. Hayden
Hayden
E lla, que aún sigue cabeza abajo, me mira fijamente, boquiabierta, y murmura:
—¡Ay, Dios…!
—Tampoco hay que exagerar; con Hayden es suficiente.
—Que te jodan, West —me suelta, con ese aire aguerrido que es su marca registrada.
—Ahora sí te he reconocido
A causa del calor y del sudor, el bigote postizo se le despega del labio y revolotea hasta el suelo como una mariposa negra.
Nuestro amistoso reencuentro se ve interrumpido por el equipo de seguridad, que fuerza la puerta del ascensor.
—¡Aquí está el intruso! —exclama el primero que entra, señalando a Sofía—. La intrusa.
Sumo dos más dos y ya lo veo claro.
—¿Técnico de aire acondicionado? —le pregunto—. Has tardado lo tuyo, pero por fin has decidido renunciar al periodismo y emprender una carrera sólida y seria.
—¿Tú, precisamente, me hablas de seriedad? ¿Con tu página web de clasificación de residuos?
—Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo.
—Le pido disculpas, señor West —me interrumpe el segundo miembro de la seguridad, aún más confuso que el primero—. Pero… ¿Se conocen?
—¡NO! —exclama ella.
—De la universidad —respondo—, pero creo que miss Cortez preferiría quedarse en ropa interior antes que reconocer que me conoce.
—Puedes apostar lo que quieras, West.
—Entonces ¿no es su cómplice? —trata de aclarar Seguridad 1.
Doy un paso atrás y alzo las manos.
—Jamás.
—Sigo aquí arriba, por si no lo habéis notado —protesta ella.
—¿Te has metido ahí tú sola, o me equivoco? Entonces no sé de qué te quejas. Bajas, y punto, ¿no?
—¡Estoy atascada! La cinturilla del peto se me ha enganchado en las molduras de metal del techo del ascensor.
—Adelante, bajémosla —se dicen entre sí los otros dos miembros de seguridad. La sujetan por la cintura y tiran de ella, sin resultados—. Está muy atascada.
—Ya os lo dije —comenta ella con un suspiro.
—Démosle un tirón fuerte y seco, a la de tres —ordena el jefe del grupo.
—Uno, dos… ¡¡¡Tres!!!
¡Raaasss!
Sofía aterriza en el suelo, tras oírse un ruido de tela rasgada, solo con la mitad superior del peto puesta, totalmente deshilachada. La parte inferior, que sigue en el techo, ahora cuelga del agujero.
Sofía trata de estirar todo lo que puede los jirones que aún conserva de la prenda, pero resultan insuficientes para cubrirle las bragas.
«All you can eat» —Come cuanto quieras—, reza una inscripción bordada en la zona del pubis, sobre una fresa situada estratégicamente.
Miro a Sofía, Sofía me mira a mí, y se sonroja hasta las orejas. Sabe que lo he leído.
—Vamos, señorita Cortez, el director quiere verla —le ordena Seguridad 2—. Por favor, entréguenos su móvil para que podamos revisar el contenido.
—No lo tengo, lo he perdido —miente ella—. Registradme, si no me creéis.
Esa es la Sofía Cortez que conozco: altiva y desafiante, incluso con el culo al aire.
Me agacho, recojo el teléfono del suelo y se lo paso a los agentes.
—¿No será este, por casualidad?
Seguridad 1 lo coge y lo examina.
—Conque lo había perdido, ¿eh? Vamos, tenemos algunas preguntas que hacerle, y será mejor que las responda —le advierte mientras tira de ella para sacarla del ascensor.
Sofía se vuelve hacia mí.
—Capullo —masculla entre dientes.
—De nada —le respondo guiñándole un ojo antes de que abandone la cabina, en la planta veinticinco.
Detrás de aquel caótico grupo distingo a Corey, que me mira perplejo.
—¿Qué estabas haciendo en el ascensor con una tía en bragas? Espero que tengas una buena explicación.