Escándalo en Hollywood 1. Hayden #2
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1. Hayden #2

—Sí, soy yo —confirmo sin poder disimular mi pánico.

—¡El rey del chismorreo! —exclama entusiasmado, ahuyentando con ello todos mis temores—. Gracias por darles una buena tunda a esos bravucones de los Pacific Storm.

Sin añadir nada más, se levanta una pernera del pantalón y me enseña un calcetín con el escudo de los San Francisco 49ers.

Puede que Los Ángeles sea mi ciudad adoptiva, pero el equipo que llevas en el corazón no lo cambiarías por nada.

Y, en cualquier caso, si los hinchas de los Storm, de los Voltage y de los Tornado me quieren ver muerto, todos los aficionados de los equipos rivales me querrían hacer presidente.

—Solo he hecho mi trabajo.

—Mi mujer lo adora, ¡si supiera que usted está aquí…! ¿Me permitiría el atrevimiento de pedirle un autógrafo?

—Voy a llegar tarde al programa.

—Tengo el periódico de hoy —dice, agitando la página que me ha dedicado Los Angeles Times , y me tiende un bolígrafo —. «Para Robyn».

Al parecer no tengo escapatoria, de modo que accedo.

—«Para Robyn» —repito, concentrado en escribir la dedicatoria en diagonal sobre mi foto, que aparece en el centro de la página—. «Con afecto de Hay…».

—¿Puede firmar como «Wild Wild West»?

—Hum, Wild Wild West es el nombre de mi página —objeto.

—Así se entiende mejor.

—Ya está —le digo, devolviéndole el bolígrafo y el periódico—. ¿Puedo irme ya?

—Necesito ver su documentación —me recuerda.

—Yo diría que mi identidad está más que confirmada.

—Si por mí fuera no habría problema, pero esta mañana se ha colado un intruso fingiendo que era un técnico del aire acondicionado que venía a hacer el mantenimiento de las oficinas de Bracknell & Bradbury.

Y resulta que, cuando ha llegado, el abogado Bracknell ha dicho que no esperaba a ningún empleado de mantenimiento.

—¿Por eso el equipo de seguridad está en alerta?

—Sí. No lo hemos visto salir, de modo que aún debe de estar en el edificio.

—Vaya, pues se ha metido en la boca del lobo. —Le paso mi carnet de conducir, consciente de que ahora ya se está haciendo muy tarde, y mi elegante retraso se ha convertido en un retraso grosero—. Hasta luego.

Antoni me pasa una tarjeta de esas que se cuelgan del cuello, con la palabra «visitante».

—Planta veinticinco.

Entro en el ascensor bajo la amenazante mirada del personal de seguridad, pulso el botón 25 y espero a que suba. Las puertas se cierran, pero la cabina no se mueve.

Pulso varias veces el botón, que sigue rojo, sin que en la pantalla aparezca la cuenta atrás del ascenso. Puede que no necesiten un técnico para el aire acondicionado, pero sin duda sí que necesitan uno para los ascensores.

Doy un brinco del susto que me provoca un estruendo inesperado que resuena en la caja del ascensor, seguido de un golpe y la consiguiente sacudida que hace temblar la cabina.

Un terremoto, ahora, no. Quienes viven en California saben que lo hacen en una zona sísmica, están acostumbrados, y todos sabemos que, durante esta década, o en la próxima, habrá «uno muy bestia», pero esperárselo no significa que este sea el mejor momento para verificarlo.

Existen tres lugares en los que nadie querría encontrarse durante un terremoto: en la última planta de un rascacielos, sentado en el váter o atrapado en un ascensor. ¿Y dónde estoy yo? Exacto.

En cuanto cesa el temblor, la cabina empieza a ascender, pero, una vez que llega a la planta, las puertas no se abren. Fantástico.

Pulso el botón de emergencia para que alguien me saque de aquí. Ya tengo un mensaje de Corey en el móvil.

«¿Dónde narices estás? Elsie empieza a impacientarse».

«El terremoto ha bloqueado el ascensor», respondo.

«¿Un terremoto? No me vengas con gilipolleces».

Corey está al límite de sus fuerzas.

Me dispongo a responderle cuando uno de los cuatro paneles del techo del ascensor se mueve, cae a mis pies y lo esquivo de milagro. Por un centímetro, no me da en la cabeza.

Pero mi sorpresa aún es mayor cuando una persona aparece en el hueco del techo.

Bueno, sería más correcto decir media persona, puesto que está colgando cabeza abajo, debatiéndose como si hubiera quedado encallada: es un tío con sombrero, bigote y un peto azul de Super Mario, que farfulla para sí frases tipo «Mierda», «Joder», «Ya casi lo tenía».

—¿Necesita que le eche una mano? —le pregunto.

—Todo bien, gracias —responde con una voz que suena muy poco masculina.

—Si usted lo dice…

Que conste que yo me he ofrecido.

Super Mario se sacude de nuevo para tratar de liberarse, pero lo único que consigue es que se le salga el pelo de la gorra, dejando al descubierto cuando lo hace una larga cabellera castaña. ¿Quién soy yo para juzgarlo?

Se le acaba de caer el móvil del bolsillo frontal del peto.

A modo de salvapantallas lleva una foto de Katherine Graham, la histórica directora del Washington Post .

Solo conozco a una persona tan obsesionada con Katharine Graham como para llevarla de fondo de pantalla en el móvil. Una persona con una larga melena castaña. Y es la segunda catástrofe más destructora de Los Ángeles después de un terremoto.

—¡Cortez! —exclamo—. Veo que después de todos estos años por fin has decidido dejarte crecer el bigote. Te queda bien. Puede que un poco demasiado a lo Groucho Marx, pero al menos te hace parecer mayor de edad.