Escándalo en Hollywood 1. Hayden
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Escándalo en Hollywood

Escándalo en Hollywood

Por Felicia Kingsley

© inepub.com

1. Hayden

Hayden

L a verdad no existe, solo es la versión de los hechos que escogemos creer. Y, por lo general, suele ser la que más nos gusta.

Mi trabajo consiste en seleccionar las versiones que gustarán, en complicidad con un tempo impecable y una red de fuentes fidedignas, todo ello sin ensuciarme las manos.

Que soy bueno, no es que solo lo diga yo, lo dicen las cuatro semanas seguidas que mi libro — El Un -Holywood, las confesiones inconfesables de las estrellas — lleva en lo más alto de las listas de superventas; lo dicen los millones de entradas diarias en mi sitio web y lo dice el récord de oyentes de mi pódcast.

Lo dice Los Angeles Times , que en la edición de esta mañana me ha dedicado una doble página en la sección de Cultura. Los intelectuales ya han puesto el grito en el cielo, pero tengo una mala noticia para ellos: el gossip también es cultura.

Que soy bueno, también lo dirá Elsie Kepler, cuando me entreviste dentro de una hora en Show Don’t Tell , su programa de televisión, siempre en la cima de los índices de audiencia. Cuando la Kepler te convoca como invitado principal, quiere decir que lo has conseguido.

Siempre que llegues a la hora.

Biii-biiip. Biii-biiip.

El plasta que tengo detrás no para de tocar el claxon. No debe ser de Los Ángeles. Si lo fuera, sabría que no sirve de nada.

—¡Mueve el culo! —grita asomando la cabeza por la ventanilla.

Confirmado, no es de Los Ángeles.

Se calcula que un angelino pasa una media de sesenta y dos horas en embotellamientos, con lo cual tienes dos opciones: o sufres una crisis nerviosa cada vez que te pones al volante, o te adaptas al ritmo de la ciudad y le sacas el mayor provecho.

Mi receta para sobrevivir es medio litro de iced coffee para llevar, playlist de música para entendidos y la capota del coche bajada: de este modo, hasta el infierno de la Harbor Freeway resulta soportable.

Pero una llamada entrante interrumpe «Break On Through», de The Doors, y la voz de Jim Morrison es sustituida por la de Corey, mi representante.

—Solo buenas noticias —le respondo.

—Pues sí que te parezco previsible. ¿Ni siquiera un triste «Hola, ¿cómo estás?» o un «¿Qué hay de nuevo?»?

—¿Necesitas mimitos, Corey?

—Me conformo con los preliminares.

—Seguro que me perdonas si te llevo a cenar fuera.

—No me parece un gran sacrificio, teniendo en cuenta que lo incluirás en la cuenta de gastos.

—Eso no es cierto —miento.

—Pusiste en la cuenta de gastos hasta mi regalo de cumpleaños, Hayden.

—Soy un hombre práctico —respondo a modo de justificación.

—Pues si eres tan práctico, ¿por qué aún no has llegado a los estudios de Show Don’ t Tell ? Elsie y yo llevamos media hora aquí esperándote —me regaña, impaciente—. Estoy seguro de que ni siquiera has salido.

—Eso no es verdad, voy de camino. Ya tengo el rascacielos en mi campo visual.

—Seguro que acabas de salir —se reafirma, cortante.

—La culpa es tuya, te pedí que no concertaras citas antes de mediodía —le recuerdo—. Yo trabajo de noche.

—Según el navegador, de Santa Mónica al Downtown se tarda media hora. No te pongas dramático, cualquiera diría que estás atravesando el Gobi a lomos de un mulo.

—¿Aún no entiendes que no debes guiarte por los tiempos que marca tu navegador neoyorquino?

Aquí se necesita el tiempo que se necesita, y llegaré cuando llegue —le replico armándome de paciencia, mientras tomo un sorbo de café.

Corey hace tres años que vive en California, y aún razona como si siguiera en Greenwich Village.

—¡Podrías coger el metro!

—El metro es para los ratones y para quienes viven en una ciudad húmeda, oscura y apestosa como Nueva York.

—¿Me estás llamando ratón?

—Te estoy diciendo que no existe ningún motivo para enterrarse en el subsuelo prematuramente, cuando puedes gozar del sol, del azul del cielo, de la sombra de las palmeras y del perfume del mar.

—Si tengo que seguir oyéndote declamar versos de tercero de primaria, te aumentaré la comisión. Es que lo tuyo es cosa de locos, ¿de qué te sirve conducir un Porsche si siempre acabas metido en un atasco de tráfico?

—En un atasco de tráfico, pero al lado de un Corvette con dos chicas en biquini —puntualizo mientras las saludo con un gesto que ellas me devuelven.

—En cualquier caso, te llamaba por dos temas importantes: número uno, la Octagon Media quiere comprar espacios publicitarios en tu sitio web.

—Ya tenemos un contrato estupendo con Amazing Streaming —le recuerdo—. Más que estupendo. Con lo que me pagaron en publicidad me he comprado el apartamento en The Palm, una de las zonas residenciales más lujosas de Santa Mónica, con vistas al mar.

—Sí, pero el año que viene vence el contrato, y la Octagon nos ofrece una cifra de seis ceros por promocionar su plataforma.

—Ya sabes que soy un sentimental, y no sé decirle que no a un cheque como ese. —No hace falta insistir mucho para convencerme—. ¿Y el segundo?

—He hablado con el brazo derecho de Larson, el mandamás de ABS. Quiere tenerte como colaborador fijo en su programa estrella del viernes por la noche. Está al corriente de lo que haces, tus profecías sobre quién se casará, quién se divorciará…

—No —respondo tajante—. Las profecías solo son para mi pódcast. Si prescindo de ellas, todo se vendrá abajo.

—¡Pero estamos hablando de Thank God It’s Friday ! ¡Tiene casi la misma audiencia que Saturday Night Live !

—No —repito.

—Solo diez minutos por programa.

—Ni aun así.

—Mira que te lo pagarían muy bien.

—Solo faltaría que me pidieran hacerlo gratis.

—Hayden, piénsatelo: televisión, cobertura nacional.

—No y no.

—Me acabarás provocando una gastritis, Hayden.

¿Qué digo?, pero si ya la tengo. Mi trabajo es hacerte saltar a la fama, no dedicarme a recolectar ofertas de los anunciantes, como el párroco al final de la misa.

Hoy son diez minutos en televisión, mañana puedes ser el copresentador, y dentro de dos años tendrás tu propio programa…

¿Quieres seguir siendo un personajillo de la web todo el tiempo?

Vale, solo tienes que decírmelo, y entonces sabré para quién estoy trabajando.

Yo vine a Los Ángeles por ti, te descubrí, te he hecho crecer, pero, si ahora me niegas esa posibilidad, será mejor que haga las maletas y vuelva a Manhattan.

Ya estamos, el viejo truco de la tentativa de chantaje por dimisión.

—Me lo pensaré —le indico, ventilando el asunto del único modo indoloro que conozco, es decir, sin darle una respuesta.

—¿De verdad? —Su voz suena cargada de esperanza.

—De verdad. —Por fin la fila de coches empieza a circular; fuera cual fuese la causa, el atasco se ha disuelto—. Ya vuelvo a circular; enseguida estoy ahí.

—¡Eh, Míster 911! —grita una voz femenina a mi izquierda. Es una de las chicas en biquini, que se asoma por la ventanilla del pasajero. Extiende un brazo y me lanza un paquete de chicles.

Me subo las gafas de sol hasta la frente, la miro indeciso y ella me indica con un gesto que lo abra. Tras lo cual, el coche, que ya tiene el camino despejado, me adelanta, y las dos chicas desaparecen entre el tráfico.

El paquete no contiene chicles, sino una nota con dos nombres, acompañados de unos números de teléfono. Bethany y Fiona.

¿Esta mañana ya os he dicho que soy el amo de Los Ángeles?

Otro motivo para amar Los Ángeles, aparte de las chicas en biquini, es lo fácil que resulta aparcar.

O puede que yo sea un tío con suerte, porque, las pocas veces que dejo que Corey conduzca, nunca encuentra una plaza y se pone paranoico.

Aprecio a Corey, pero creo que tendré que buscarle un nuevo psicólogo —el regalo de cumpleaños del que hablaba—, porque tengo la impresión de que no lleva bien lo de su estrés.

Los estudios de Show Don’t Tell están ubicados en un rascacielos que perfora el terso azul de la mañana con su punzante aguja, en la única área de la ciudad donde los edificios crecen en vertical, en lugar de en horizontal.

Al haber nacido y crecido en San Francisco, estaba acostumbrado a ver los rascacielos pegados los unos a los otros, muy juntos, para aprovechar al máximo la lengua de tierra que se extiende sobre el mar, y en la que se agolpan casi diez mil personas por kilómetro cuadrado, pero, cuando llegué a Los Ángeles para estudiar Comunicación y Periodismo en la Escuela Annenberg, adscrita a la USC —la Universidad del Sur de California—, tuve la sensación de que por primera vez entendía lo que realmente significaba respirar.

Esto, entre otros motivos, me indujo a quedarme.

Con mi café en una mano y los números de Bethany y Fiona en el bolsillo de la camisa, me dirijo a la recepción del edificio para obtener una acreditación.

El vestíbulo está atestado de gente que va y viene, dentro y fuera de los ascensores, y subiendo y bajando las escaleras mecánicas, pero me percato de que el equipo encargado de la seguridad se mueve como una masa compacta, en formación de asalto.

—Buenos días —saludo a uno de los vigilantes—. West, para Elsie Kepler. Soy uno de los invitados al programa.

El hombre —en la tarjeta que lleva prendida de la solapa del uniforme pone «Antoni»— consulta el ordenador.

—West… West… Necesito su documentación. Hayden West. —En cuanto acaba de pronunciar mi nombre completo, abre los ojos de par en par y los clava en mi rostro—.

¡¿ Hayden West?! ¡¿«Ese Hayden West?! —Señor, te lo ruego, ojalá no haya puesto en ridículo a alguno de sus ídolos.

Cuando lancé la primicia del escándalo que habían protagonizado los jugadores de la NFL, por poco pierdo el pellejo, con todos aquellos hinchas enfurecidos.

Mi post les costó la descalificación a tres jugadores de los equipos que iban en cabeza, y los Pacific Storm, sin su quarterback estrella, perdieron la Super Bowl.

Estoy vivo de milagro.

Pero yo no tengo la culpa de que unos jugadores que cobran verdaderas fortunas sean codiciosos hasta el punto de amañar los resultados de los partidos para ganar aún más, haciendo apuestas ilegales.