Epílogo
Elsie
Hay algo profundamente sospechoso en una cena donde nadie está discutiendo.
Lo pienso exactamente en el momento en el que dejo la copa sobre el mantel y observo al grupo reunido alrededor de la mesa en la sala privada del Lumière.
Los observo con la incómoda sensación de que, probablemente, alguien debería haber provocado ya una pelea, una discusión absurda o, como mínimo, una amenaza elegante, pero eso no ocurre y me inquieta bastante.
Brock lleva casi diez minutos sin discutir con nadie y Amara, que está sentada a su lado, ni siquiera intenta corregirlo.
Devon parece relajado, que en su caso equivale a no querer despedir a nadie durante los próximos sesenta minutos, Elara se ríe con la tranquilidad propia de las mujeres que han conseguido domesticar a hombres emocionalmente complejos sin perder la paciencia ni el sentido del humor.
Y Max Hammond... bueno, Max sigue teniendo cara de estar revisando contratos funerarios, aunque esté bebiendo un carísimo whisky de veinte años.
—¿Por qué tienes esa cara? —me pregunta Elara desde el otro lado de la mesa.
Levanto la vista hacia ella.
—¿Qué cara?
Brock arquea una ceja.
—La de alguien que está buscando dónde está la salida de emergencia más cercana.
—No necesito una salida —respondo mientras vuelvo a coger la copa—. Solo me cuesta confiar en grupos donde, de repente, todo el mundo parece emocionalmente funcional.
Dorian Griffiths suelta una pequeña risa desde su silla, aunque no le miro, porque no hace falta, porque reconocería esa voz en cualquier sitio, lo cual me fastidia infinitamente.
—Eso explica muchas cosas —murmura.
Esta vez sí alzo la mirada y lo encuentro apoyado contra el respaldo de la silla, con una copa entre los dedos y una expresión insufriblemente cómoda que lleva semanas sacándome de quicio.
Dorian es demasiado atractivo, tiene demasiada seguridad en si mismo y es demasiado consciente del efecto que provoca y, sinceramente, eso le hace estar excesivamente cerca de convertirse en un problema para mí.
—No te emociones, Griffiths. No estaba hablando de ti.
La comisura de su boca se curva un poco.
—Qué decepción —ironiza, aunque aparto la mirada tan rápido como puedo para no darle la satisfacción de ver cómo me afecta.
La cena sigue entre conversaciones, bromas, negocios, dinero y promesas que probablemente ninguno de los que estamos aquí reunidos cumple siempre.
Intento participar, de verdad que lo intento, hasta que la música cambia…
Solo son unas notas de una melodía suave que sale de unos altavoces en mitad del restaurante.
Pero, en cuanto la escucho, noto cómo algo dentro de mí se bloquea, se me altera la respiración y la copa que tengo en mi mano queda suspendida a medio camino entre mis labios y la mesa.
Durante un segundo, que se me hace más largo de lo normal, dejo de estar en el Lumière y en mi mente solo veo una puerta que se cierra, un pasillo de hotel, una risa que ahora reconozco como mía, una camisa blanca deslizándose hasta el suelo, unas manos sujetándome la cintura con firmeza, mi espalda chocando con una puerta cerrada, una voz demasiado cerca de mi cuello.
.. y una voz grave e imposible de confundir.
«Quédate».
El cristal de mi copa golpea el mantel cuando la dejo a sobre la mesa.
—Elsie.
Escucho a Amara desde muy lejos que me llama. Alzo la mirada y al otro lado de la mesa, veo que Dorian Griffiths me está mirando. No parece confundido, ni sorprendido sino algo peor… Parece un hombre que acaba de recordar exactamente lo mismo que yo.
Siento la boca seca y me pongo de pie sin pensarlo demasiado.
—Voy un momento…
No espero respuesta y camino hacia el pasillo del restaurante con el corazón desbocado en el pecho y una cantidad preocupante de imágenes desordenadas explotándome dentro de la cabeza.
Cuando llego al baño y apoyo ambas manos sobre el mármol del lavabo intento ordenar el caos que hay dentro de mi mente y que ahora mismo no tiene ningún sentido. Clavo la mirada en el espejo y veo que estoy muy pálida.
—Fantástico, Rogers —murmuro—. Una canción, una copa de vino y de repente tu memoria decide arruinarte la noche.
—Técnicamente, llevas meses haciéndolo tú sola.
Cierro los ojos al escuchar esa voz a mi espalda. Levanto la vista hacia el espejo y en el reflejo veo que Dorian está apoyado contra el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos y la expresión más seria que le he visto desde que lo conozco.
Me giro despacio hacia él antes de decirle nada.
—Empiezas a tener un problema bastante serio con el concepto de espacio personal.
Dorian no sonríe.
—Empiezas a tener un problema bastante serio con seguir fingiendo que no recuerdas nada de lo que pasó aquella noche.
—No sé de qué hablas —le respondo mientras noto cómo mi pulso vuelve a dispararse.
Da un paso hacia mí despacio, aunque no llega a tocarme, pero se queda lo suficientemente cerca como para que mi cuerpo reaccione mucho antes de que mi cabeza encuentre una mentira decente para decirle.
—La mañana después de la boda... —empieza y veo cómo se le tensa ligeramente la mandíbula—. No fui el único que se despertó sin saber cómo había llegado hasta aquella habitación.
Se me corta la respiración, porque al escuchar lo que me acaba de decir, la imagen vuelve mucho más clara a mi cabeza: una cama deshecha, mi espalda contra su pecho, sus dedos entrelazados con los míos, mi risa demasiado cerca de su boca…
Doy medio paso atrás, pero él no se mueve, ni intenta tocarme.
—Dime que no pasó lo que creo.
Durante unos segundos me sostiene la mirada y cuando por fin habla, su voz suena mucho más grave de lo habitual.
—Créeme... —Hace una pausa—. Ojalá fuera tan fácil.
Lo miro sin saber qué responder y justo en ese momento noto un pequeño mareo que me obliga a apoyar una mano otra vez sobre el lavabo.
Solo dura un segundo, nada importante probablemente, pero cuando vuelvo a levantar la vista hacia el espejo.
.. Dorian ya no me está mirando con deseo, ahora me mira como si acabara de entender algo que todavía yo no llego a ver.
Y, por primera vez desde la boda... eso me asusta de verdad.
Hasta esta noche pensaba que el peor error de Manhattan había sido sobrevivir a aquella boda, pero no tenía ni idea de que el verdadero desastre... acababa de empezar.