¡Fans!
Al día siguiente, las horas en el instituto pasaron sin pena ni gloria.
Goa no estaba tan abatida como el día anterior, pero tampoco era la alegría de la clase.
Había intercambiado pocas frases con Leo y ninguna era relevante, y Gabriela le había vuelto a copiar una combinación de pantalón y camiseta que ella había llevado hacía unos días.
Esta vez, sí que le dio rabia de verdad.
—Ana, estoy flipando con Gabriela. ¡¿Te puedes creer que he perdido la cuenta de las veces que me ha copiado un outfit ?! ¿De qué va? —A Goa ahora ya le parecía un poco premeditado. No podía ser tanta casualidad.
—Ya…, ayer lo pensé. Se ha comprado la misma camiseta que tú.
Se notaba que la suya era nueva porque no se la había visto nunca.
¿Y hoy? Es que es un poco descarado, ¿no?
Y el pelo, que vale que no tiene tus rizos, pero ahora se debe de poner algún producto porque de repente le queda rizado como el tuyo.
—¡Pues mira que eso yo se lo regalo! ¡Y ahora aún más, con este calor!
—Goa estuvo contenta de que Ana se hubiera dado cuenta y le diera la razón—.
Que se puede comprar lo que quiera, ¡eh!
Pero, bro, que se lo combine distinto, ¡que no me copie todo lo que llevo!
¿No tiene gusto propio o qué? —Cuanto más hablaba, más rabia le daba a Goa.
—¿Sabes qué dice mi madre? Que cuando te copian es porque estás haciendo las cosas bien.
Si no molara lo que llevas, no te copiaría.
O sea… que ¡tienes una fan, bro! ¡Enhorabuena!
¡Yo no tengo ninguna! Ja, ja, ja, ja, ja…
—¡Ana había conseguido echarle un poquito de humor!
—. Además, por mucho que Gabriela te quiera copiar, ¡tú eres única, Goa!
—Yo no quiero tener fans. No quiero que la gente se fije en mí. Que pasen, que me ignoren. No quiero ser más el centro de atención… Ya he tenido suficiente. ¡Quiero pasar completamente desapercibida! ¡Ya! —Goa lo decía de todo corazón.
—Menos con Klausito…, ¿eh? —Ana giró la cabeza y puso una cara que a su amiga le pareció absolutamente ridícula.
— ¡PA-RA! Y no lo llames «Klausito»…, ¡por favor! ¡Qué cringe que me has dado! ¡¡¡Es horrible cómo suena!!! —dijo Goa, con cara de asco.
—¡Klausito, Klausito…! ¡Ja, ja, ja! Sí que da un poco de cringe … ¡Suena fatal! Ja, ja, ja… ¡Cuando te quiera hacer enfadar, ya sé lo que te voy a decir!
—Como lo llames otra vez «Klausito», ¡me borraré de ser tu amiga, que lo sepas!
—¡Eso no te lo crees ni tú! —Ana la abrazó con tanta fuerza que Goa pensó que la iba a asfixiar.
Al cabo de unas horas, cuando Goa llegó a casa de su padre, pues ese día tocaba cambio, vio encima de la mesa unos folletos con publicidad de Menorca .
Alguien debía de haberlos dejado en el buzón, pensó Goa sin más.
Comió en un abrir y cerrar de ojos y se fue a su cuarto a estudiar para los exá menes que le quedaban esa semana y ese curso: solo dos. Era el último empujón.
Justo cuando empezaba a concentrarse, llegaron Carla y Martín, muy acalorados y con las mejillas rojas.
—¡Hola, preciosa! ¿Cómo vas? —le preguntó Carla mientras dejaba a su hijo en el suelo para que gateara.
— ¡Hola! ¡Hola, Martincito…! ¿Cómo está mi hermano favorito del mundo mundial? —Goa lo cogió en brazos y le dio besos hasta que él le agarró un mechón de pelo y le dio un tirón—. ¡Ayyyyyy! ¡Me haces daño!
Los acompañó al comedor y entonces preguntó como quien no quiere la cosa:
—¿Qué es toda esta propaganda de Menorca?
—Ah, ¿tu padre no te lo ha contado? Iremos ahora, para el puente de San Juan.
¿Qué?
¿Sin ella?
¿A Menorca?
—No, no me lo ha contado. Ah… —Goa se sintió MUY ofendida , pero intentó disimular delante de Carla.
—Era una oferta muy buena y, si hubiéramos esperado hasta julio o agosto, habría salido mucho más caro…
O sea: era más barato si ella no iba, claro.
«Ya les vale» , pensó Goa por dentro. Puso cara de póker y se fue a su cuarto.
Aunque lo hubiera querido disimular, la verdad es que a Goa se le notaba todo y Carla supo, sin un ápice de duda, que la hija de su pareja se acababa de indignar y que tal vez ella no había elegido las mejores palabras para contárselo…
«¡Qué difíciles son estas cosas!» , pensó Carla.